Alejandro Zenker

III. Literatura de la sociedad en proceso de industrialización (1970-1990)

La sociedad coreana de la década de 1970 estuvo marcada por los disturbios políticos y por una enorme rigidez en la atmósfera social. En 1971, el presidente Park Jung-hee anunció la puesta en marcha de las Reformas de Yushin por las que se suspendía toda forma de democracia, convirtiéndose así en presidente vitalicio. Estas medidas provocaron una fuerte resistencia y, durante los años siguientes, muchos escritores, intelectuales y líderes religiosos disidentes fueron arrestados y aprisionados, incluyendo a Kim Chija y Ko Eun. Sin embargo, el 1 de octubre de 1979, el asesinato del presidente Park puso fin a su régimen. En otro orden de cosas, los 70 fueron también años de rápido crecimiento en el sector económico. En lo que fue considerado por algunos el milagro sobre el río Han, las exportaciones de Corea superaron los diez mil millones de dólares en 1977, un crecimiento de alrededor del mil por cien en tan solo seis años.
Gracias a las estrictas políticas de desarrollo económico del Gobierno de Park, la modernización industrial se llevó a cabo con éxito, pero a muy alto coste. El sector agrícola de la sociedad prácticamente se vino abajo, la diferencia entre ricos y pobres se agravó aún más y la rápida urbanización provocó nuevos males, como la contaminación del medio ambiente, la pérdida de la tradición o la corrupción de las costumbres. Particularmente grave fue el caso de los trabajadores, que tuvieron que soportar los pesares y adversidades del proceso de industrialización pero se vieron excluidos de la redistribución económica. Al mismo tiempo, surgía una nueva cultura joven que, con sus guitarras acúscticas y vaqueros, sus melenas y faldas cortas, creó un ambiente de libertad y protesta.
A finales de 1979, año en el que el régimen de Park Chunghee llegaba a su fin tras dieciocho años de gobernar con mano de hierro, se creyó que la sociedad coreana alcanzaría por fin la democracia. Sin embargo, esta esperanza se vio frustrada una vez más. Otra dictadura militar llegó al poder y, en 1980, una manifestación masiva de los ciudadanos de Kwangju contra el Gobierno totalitario fue disuelta con extrema violencia. Más tarde crecería las voces de protesta de intelectuales, trabajadores y estudiantes, mientras que aumentaba la ansiedad de democracia entre el pueblo coreano. La opresión política era severa, pero la autoridad y la estructura de poder se desmoronaba en muchos sectores de la sociedad. Finalmente, en 1987 la reforma constitucional y las nuevas elecciones presidenciales proporcionaron, en cierta medida, las bases para la construcción de un orden político democrático. En el ámbito internacional, Corea ganó mayor reconocimiento como anfitriona de los décimos Juegos Asiáticos en 1986 y los vigésimo cuartos Juegos Olímpicos en 1988. En las postrimerías de la turbulenta década de los ochenta, la sociedad coreana podía por fin enorgullecerse de un crecimiento económico y la notable mejora en todos los niveles. En el ámbito cultural, los coreanos podían esperaban la década siguiente y soñaban con mayor libertad de expresión individual.

El rasgo definitorio de la narrativa coreana de los setenta es su enfoque de los problemas relacionados con el proceso de industrialización: la brecha entre ricos y pobres, la enajenación del trabajo, el materialismo creciente y la corrupción de las costumbres, así como el constante derrumbe de la sociedad agrícola. Hwang Sugyung, Yun Heunggul, Cho Sehee, Yi Mungu, Choe Ilnam y Pak taesun son algunos de los escritores que examinaron dichos problemas en sus obras. La narrativa proporciona también un medio para explorar las consecuencias de la división nacional de Corea. Las obras de escritores como Kim Wonil, Cho Chongnae, Chun Sangguk, Yi Tongha, Yu Chaeyong o Hyun Kiyung tomaban las experiencias personales de la Guerra Coreana y la división del país como elemento de reflexión sobre las consecuencias trágicas, buscando al mismo tiempo formas de superar esta herencia de pesares y contradicciones.
Mientras que las narraciones cortas tendían a ofrecer concisas instantáneas de aspectos limitados de la vida contemporánea, las novelas históricas de mayor extensión buscaban reflexiones microscópicas y transgeneracionales sobre el pasado. Basándose en las fortunas cambiantes de una familia en particular, escritoras femeninas como Pak Kyungni, Pak Wansu y Choe Myunghee reflexionaron sobre la turbulenta historia de Corea durante la edad moderna, que había afectado especialmente a la vida femenina. En otra dirección, Choe Inho, Cho Haeil, Cho Sunchak, Han Susan, O Takpon y Pak Pumshin prestaron mayor atención a las nuevas costumbres sociales emergentes, con una sensibilidad urbana que apelaba a los gustos populares, lo que permitió ampliar la base de lectores de narrativa en general.
Muchos poetas sentían también la necesidad de criticar la sociedad coreana actual. Entre ellos, Kim Chija, Shin Kyungnim, Ko Eun, Cho Taeil y Yi Sungbu trataron de hacer renacer el espíritu del pueblo mediante formas artísticas tradicionales como el pansori y el romance como medio para denunciar las persecuciones políticas. Caracterizados por un lenguaje menos emocional y su experimentación con las formas expresivas, otro grupo poético centró su interés en el proceso humano de deformación de la sociedad industrial. Por otra parte, poetas como Hwang Tongkyu, Chung Chingyu, Chung Hyunchong y O Kyuwon mostraron nueva sensibilidad del lenguaje al contar las ambigüedades de vida y las contradicciones de su tiempo desde sus propias perspectivas personales.
En los 1980, refugiándose en un movimiento más radical de democratización, se popularizaron tanto en narrativa como en poesía los enfoques fuertemente críticos con los problemas sociales. En narrativa, Kim Yonghun, Chung Tosang y Pang Hyunsuk trataron los conflictos entre empresarios y sindicatos, a través de los cuales exploraron el proceso de alienación de los trabajadores, tendencia que siguieron poetas como Pak Nohae, Kim Chunghwan o Kim Myungchin. Existieron, además, escritores que se apartaron de las perspectivas sociales radicales y ofrecieron un tratamiento más sutil de los problemas de su tiempo. Un buen ejemplo es Yi Mun Yul, escritor de gran imaginación y estilo suntuoso. Fueron muchos los escritores que contribuyeron también a enriquecer la narrativa coreana de esta década. Pak Sangnyung y Kim Wonu trataron el problema de la existencia humana, mientras que Han Seungwon y Kim Chuyung se comprometieron con lo que era considerado el espíritu tradicionalmente coreano. La narrativa lírica de Yun Humyung recurrió a imágenes y matices, más que a la propia narración; Pak Yunghan exploró con humor mordaz el problema del individuo en una sociedad colectiva; Im Churu intentó refinar su imaginación política al examinar las consecuencias contemporáneas de la división coreana; Yi Insung y Choe Suchul consiguieron modificar por completo la gramática narrativa tradicional. En poesía, Yi Sungbok, Hwang Chiu, Choe Seungho y Pak Namchul rechazaron las convenciones establecidas en lírica y se atrevieron a adoptar un lenguaje quebrado y desconocido para mostrar sus contradicciones. Este periodo fue también testigo de la gran actividad de numerosas escritoras femeninas, hasta entonces situadas en la periferia de los círculos literarios coreanos. Entre las más notables, se encuentran O Chunghee, Kang Sugyung, Yang Kwcha, Kim Chaewon o Su Yunggun, mientras que en poesía cabe resaltar a Choe Sungcha, Kim Hyesun, Kang Eungyo, Kim Seunghee y Ko Chunghee.

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