El rugido de los cañones cesó en 1953, pero la Guerra Coreana no acabó ahí. Sus efectos trágicos se seguían sintiendo en toda la coreana, ya que la diáspora bélica y la separación de las familias se convierten en constantes de la continua división nacional. Ya no como suceso del pasado, sino como pesadilla sempiterna y como contradicción fundamental de la sociedad coreana, esta división dejó profundas cicatrices en la psique de todo el pueblo coreano. Sin que resulte sorprendente, el tema seguía captando la imaginación de las distintas generaciones de escritores durante el período de posguerra. Durante los años 1950, cuando el humo de cañones aún flotaba en el aire, los escritores se ocuparon con frecuencia de la conciencia y la vulnerabilidad de los sacrificados, tratando la división de Corea con cierto grado de abstracción y utilizando metáforas de enfermedad e impotencia. Sin embargo, en torno a 1970, los escritores pudieron empezar a tratar la guerra y la división con cierta distancia y objetividad, yendo más allá de las confesiones personales sobre los traumas sufridos, hacia una mayor contemplación de las crueldades de guerra desde una perspectiva humana no empañada por prejuicios ideológicos. Sirviéndose de sus propias experiencias personales como fuente de energía creativa para abandonar el pasado e ir más allá del presente, escritores como Kim Wonil, Ch Chongnae y Chun Sangguk dieron fe de las contradicciones de la división y otearon el horizonte en busca de soluciones.
La Guerra Coreana y la división nacional resultante han servido como tema central para la obra de Kim Wonil (1942-:) durante toda su carrera. Basándose en su experiencia personal, Kim Wonil recuerda las heridas de una generación que era demasiado joven como para alistarse al Ejército durante la Guerra Coreana. Como hijo de un hombre que se marchó al norte durante el conflicto, se enfrenta con la pobreza y la discriminación social, así como con la dura disciplina de una madre austera.
En El espíritu de oscuridad (1972) Kim Wonil ilustra el desorden de la sociedad coreana poco antes de la erupción de la guerra a través de los ojos inocentes de un joven muchacho llamado Kaphae. El espíritu de oscuridad detalla el proceso por el cual un padre de ideología izquierdista conduce la familia a la destrucción. Mientras que la cuestión ideológica de Kaphae no se dilucida en toda la obra, el problema físico del hambre y del sufrimiento humano queda retratado con viveza. De hecho, la hambruna se convierte en la lente a través de la que el autor observa el mundo y se convierte en el foco temático consistente de la ficción de Kim Wonil: la cuestión de cómo el ser humano sobrevive en situaciones extremas. Para el joven Kaphae, su padre es la causa del hambre sufrida por la familia, y, por tanto, se convierte en objeto de su odio. Sin embargo, al ver el cuerpo inerte de su padre tras ser ejecutado, Kaphae es invadido por el temor y duda sobre el mundo, que ahora se convertirá en todo un enigma para el joven, cuyos ojos inocentes permiten al autor exponer la brutal realidad de la guerra sin estar sujeto a cuestiones ideológicas. Para Kim Wonil, la ideología es sinónimo de ‘oscuridad’, imposible de verificar, pero con un enorme potencial para destruir la vida.
Puesta del sol (1977-78) plasma la vorágine de la guerra en paralelo al nuevo orden social que se deriva de ella. El argumento narrativo viene dado por las fortunas cambiantes de las clases sociales altas y las más humildes, conceptos que definieron la sociedad coreana durante siglos. Con la desintegración de la sociedad premoderna, la novela demuestra cómo el deseo de superar el estado de “hijo de esclavo”, más que la ideología en su sentido más abstracto, puede llevar al individuo a identificarse con el eslogan comunista de una sociedad sin clases. Por ejemplo, las actividades izquierdistas de Kim Samcho en la novela tienen más que ver con la profunda consciencia de su estado como carnicero, la ocupación más despreciada en la sociedad tradicional Chosun, no tanto con otras consideraciones ideológicas que, no obstante, alaban a otros tipos de carnicero, ya no de ganado sino de personas humanas, como es el caso de los guerreros revolucionarios heroicos. De forma algo irónica, Kim Samcho se convierte en cordero de sacrificio ideológico sin conocer siquiera el significado de dicho concepto. Finalmente, se suicida y, con su muerte, Kim Wonil aborda la guerra, no en clave de grandes eslóganes retóricos, como la liberación nacional o la lucha por la causa de liberación del proletariado, sino centrándose en las vidas individuales y ocupándose de la desintegración de la sociedad feudal. El mensaje que subyace en la narrativa de Puesta del sol es que, como víctimas que somos todos, debemos superar la división de la guerra mediante el amor y el perdón.
La terrible masacre del Ejército comunista en Kochang, ubicado en el sur tras el armisticio, fue la consecuencia de la dura política de Seungman Rhee, el primer presidente de Corea del Sur. Este acontecimiento sirvió como telón de fondo para El valle en invierno (1985-87). En lugar de enfrentarse directamente a la falsedad oculta en la retórica ideológica empleada por Seungman Rhee, Kim Wonil ilustra la violencia generada por dicha política en el ámbito particular de la realidad vivida. La novela, que consta de seis capítulos, alterna narraciones de combatientes abandonados en las montañas de Corea del Sur con descripciones de la vida en los pueblos. La vida en la montaña se observar desde la perspectiva de Mun Handuk, de 19 años de edad, mientras que la vida en la aldea pasa por el prisma de su hermano mayor, Mun Handol. Al igual que Kim Samcho en Puesta del sol, Handuk es un personaje que abraza el comunismo no porque esté enamorada de la ideología sino por la crueldad de su vida y la dificultad de sobrevivir. Los detalles viscerales de la lucha comunista contra el hambre y el frío, así como la muerte d Soong, comandante de la compañía que sigue fiel a la ideología hasta el final, sirven al autor para tildar la ideología de mera ilusión.
En Meditaciones (1979). Kim ilustra la tristeza de la gente que ha perdido su pueblo natal al examinar conflictos domésticos de una familia norteña que se mudó al sur durante la guerra. En Festival de fuego (1980-83) se recurre a un amplio abanico de personajes para explorar las causas de la guerra y la división mediante un enfoque integral. En busca de la desilusión (1983) narra una historia marcado por el sufrimiento y la impotencia generados por la carta de un familiar residente en el norte. El tema de la misiva es la desilusión con el socialismo de Corea del Norte. Por su parte, Una casa con un extenso jardín (1988) ofrece retratos cariñosos de una refugiada y de las personas cercanas en condiciones difíciles. En todas estas obras, Kim Wonil mantiene una mirada de compasión, comprensión y reconciliación con sus personajes, buscando abrazarlos a todos como víctimas de la ideología.
La colección La cordillera Taebaek (1983-89), escrita por Cho Chungnae (1943-:) tras una exhaustiva investigación histórica, nos ofrece un estudio de dimensiones monumentales sobre los acontecimientos políticos que tuvieron lugar inmediatamente después de la liberación coreana de 1945. Esta obra en diez volúmenes abarca el tumultuoso período comprendido entre la liberación y el estallido de la Guerra Coreana. En el ámbito físico, la obra abarca desde el área de la provincia de Chula a las montañas Chiri, extendiéndose luego a toda la península coreana por la cordillera de Taebaek. Elementos clave de la colección son las campañas comunistas conocidas como Rebeliones de Yusu y Sunchun. Cho sigue la pista de las actividades de aquellos guerrilleros comunistas que se vieron arrinconados a la fuerza en las montañas Chiri por las tropas de Corea del Sur. Aquí, Cho Chungnae trata de mostrar el fondo ideológico por el que distintos grupos de coreanos arriesgaron su vida. A tal fin, el autor entreteje vidas de personajes históricos actuales con aquellas de personajes ficticios, mostrando en todo momento un excepcional rigor histórico en la descripción de sus vidas y trasfondos socioeconómicos.
Como cabe esperar en tan amplio panorama novelístico, aparecen un gran número de personajes, aunque solo dos son los principales: Yum Sangchin, hijo de un esclavo, que combina ideologías izquierdistas con un fuerte sentido de la misión histórica, y Kim Pumu, vástago de una familia terrateniente que, a pesar de ello, adopta una postura progresista. Yum Sangchin constituye una figura idealizada que renuncia gustosamente a su vida en pro de la creación de una sociedad justa marcada por la ausencia de explotación. A través de este personaje, el novelista enfatiza la inevitabilidad y justificación de tanto el movimiento izquierdista posterior a la liberación en general como la lucha del Partido del Trabajo en Corea del Sur en particular.
En contraposición a Sangchin, Kim Pumu antepone democracia a revolución socialista. Su moderada perspectiva política, sin embargo, lo excluye tanto de la izquierda como de la derecha. Kim Pumu se presenta en último término como personaje nihilista o ligeramente idealista. Ambas figuras se mueven en un paisaje poblado de personas procedentes de distintos trasfondos y perspectivas políticas. Entre ellos, destaca la base de poder antinacionalista, compuesta por viles propietarios, capitalistas, y oficiales mezquinos que colaboraron con los japoneses. La actitud de las distintas gentes denota un amplio espectro ideológico entre los polos extremos de la izquierda y la derecha. La tridimensionalidad de la obra es fruto de la voluntad del autor, que no quiere menospreciar la complejidad y la variedad de posiciones adoptadas por las distintas personas: guerrilleros comunistas intelectuales o plebeyos; la derecha reaccionaria y la derecha concienzuda; los socialistas y defensores del humanitarismo atrapados entre ambos extremos; y, por último, los nihilistas, conforman esta amplia gama ideológica. Sin embargo, el mayor éxito de La cordillera Taebaek reside en esta confrontación directa con el problema bélico e ideológico, superando los estereotipos del complejo de rojo, o anticomunismo promovido por el Gobierno surcoreano, que reprimió durante la época de posguerra la imaginación de la que hacían gala los escritores coreanos.
La obra más conocida de Chun Sangguk (1940-:), La familia de Abe (1979), demuestra que la herida de la guerra de Corea sigue abierta, a través de la historia de la vida destrozada de una mujer. Solo dos meses después de contraer matrimonio, estalla la guerra y pierde a su marido, que se alista en el Ejército como voluntario. En su ausencia, embarazada, es violada por varios soldados extranjeros junto a su suegra. Debido al trauma que esto le provoca, da a luz a un niño con anomalías físicas y mentales, al que llamará Abe porque la única palabra que sabe pronunciar es ‘a-a-a-b-e’ y que encarna las grotescas consecuencias de la guerra, imposibles de erradicas. La madre de Abe acaba casándose con un ex soldado que siente devoción por su hijo, devoción que supone un esfuerzo de expiar sus propios pecados durante el conflicto, por las vidas de tanto soldados como paisanos inocentes que cayeron víctimas de su escopeta. Aunque ambos consiguen formar una nueva familia y tienen tres hijos, Abe, un niño retrasados en todos los aspectos menos en el sexual, se vuelve una pesada losa, cada vez más difícil de soportar por la familia, convirtiéndose al mismo tiempo en un monstruo detestable para los niños. Con el pretexto de tratar de escapar de su precaria situación, la familia se dirige a Estados Unidos y abandona a Abe. Allí, arrestada por delito, la mujer se vuelve a convertir en una mujer desdichada. El narrador, uno de sus hijos, se entera del secreto de Abe al leer el diario de su madre y, en un intento de encontrarle, se alista en el Ejército de los Estados Unidos y se ofrece como voluntario para la guerra de Corea.
La obra no se limita a tratar la tragedia de lucha interna o las brutalidades de guerra, sino que en su lugar retrata la vida de una mujer destrozada violentamente por dichas fuerzas. El escritor subraya el hecho de que la Guerra Coreana siga viviéndose actualmente en agonía y siga afligiendo todavía a los coreanos. Abe, quien a sus veinte años solo ha desarrollado los genitales, es a la par símbolo grotesco de la herida abierta por el conflicto bélico y semilla de infortunios. Buscarlo de nuevo es, pues, un intento de tratar de encontrar el origen de la violencia que dividió al país. Así, el sentimiento de pecado, odio e impotencia que sienten algunos personajes de la novela hacia Abe refleja el sentir de los coreanos de hoy en día hacia la experiencia bélica.
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