La poesía coreana posterior a 1970 muestra una expansión del interés social con poetas como Ko Eun, Shin Kyungnim, Kim Chiua, Yi Sungbu y Cho Taeil, que permiten la expresión artística de la preocupación social y de la crítica a la opresión política consecuencia de la industrialización. Este grupo poético articula en sus obras el vehemente deseo de justicia social y tiende a veces al territorio ideológico, donde los anuncios propagandísticos incluyen palabras como nación, justicia, libertad y pueblo.
Los primeros poemas de Ko Eun (1933-:) suelen considerarse composiciones influidas por el budismo, ya que empezó a escribir en las postrimerías de la década de los cincuenta cuando era monje budista. Así, resultaba necesario acercarse al zen para entender su poesía, es decir, era necesaria una penetración intuitiva de la cosa en sí misma. Estos primeros poemas pueden considerarse también canciones sobre el carácter vacío y perecedero del destino. La preocupación por la existencia destinada a la muerte se aprecia en el trabajo poético de Ko Eun desde su primera colección, Sensibilidad de otro mundo (1950), a Cuando fui al pueblo de Muneui (1974). La respuesta del poeta a la muerte se expresa simbólicamente como añoranza de su hermana muerta (aunque él, en realidad, no tuvo hermana alguna). En sus primeros poemas, podemos vislumbrar ya señas de un profundo espíritu nihilista en la sombra de muerte. Ko Eun trató en realidad de suicidarse en 1970, aunque en 1974 cambió radicalmente.
Cuando fui al pueblo de Muneui
Cuando fui al pueblo de Muneui en invierno,
Vi cómo el camino que allí conduce
Apenas se encuentra sólo con otros pocos caminos.
Seguramente, la muerte quiere que el camino de este mundo
Sea tan sagrado como cualquier otra muerte.
Todo camino, que llena los oídos con un sonido seco,
Se extiende hacia la sierra helada de Sobaek.
Pero la vida, llena de pobreza y riqueza, desanda el camino,
Esparciendo cenizas sobre los pueblos que duermen
Y, cuando se detiene de repente, cruza sus brazos,
Y las montañas lejanas son demasiado cercanas.
Ah, nieve, ¿qué puedes tapar cubriendo la muerte?
Cuando fui al pueblo Muneui en invierno,
Vi cómo la muerte recibe cada fallecimiento con una tumba,
Abrazando la vida estrechamente.
Después de resistirse tanto al amargo final,
La muerte escucha el ruido mundano de este mundo,
Sigue unos pasos, mira hacia atrás.
Como flores de loto al final del verano
O la justicia más estricta,
Todos se agachan
Cuando cae la nieve en este mundo,
Con la esperanza de no verse sorprendidos por la muerte.
Pero, por muchas piedras que se tiren, no dan con la muerte.
¡Muneui en invierno! ¿Qué más ocultarás
Al haber cubierto la muerte?
El poeta se sirve del espacio físico de Muneui como lugar de encuentro, donde se realiza el contacto entre la vida y la muerte, y donde la muerte individual converge con la muerte universal. En último término, el pueblo de Muneui es un espacio vital donde se acepta la muerte como parte de la vida.
La publicación de Cuando fui al pueblo de Muneui a mediados de los 70 marcó un hito en la visión poética de Ko Eun, ligada hasta entonces a su compromiso con la lucha contra la dictadura del Gobierno de Park tras la Reforma Yushin de 1971. Dejando atrás el nihilismo que permeaba su obra poética desde Sensibilidad de otro mundo a Dios, el último pueblo de lenguaje (1967), Ko Eun empezó a escribir poemas en los que solía abordar problemas políticos contemporáneos, ya fuera la división de Corea o los abusos de la dictadura militar, y expresó una fiera determinación para superar esta historia trágica.
Su profunda creencia en el poder de historia le condujo más tarde a proyectar un esquema poético más amplio y extenso, incluyendo las series de poemas Diez mil vidas (15 volúmenes desde 1987) y el poema épico Mr. Paek-u (7 volúmenes desde 1987). Diez mil vidas reúne con un lenguaje lírico retratos de muchas vidas diferentes que engloban la historia de la Corea moderna y que conoció a través de sus propias experiencias personales. Los cambios en la poesía de Ko Eun están íntimamente relacionados con su reacción ante aquellos producidos en la sociedad coreana contemporánea, aunque algunos críticos han apuntado con acierto que su búsqueda poética en obras posterior no está al mismo nivel que su estética anterior, marcada por el tema del destino perecedero. Al mismo tiempo, sus obras más recientes en verso y en prosa, entre las que cabe destacar tanto una serie de poemas zen como las novelas Hwaom-kyung (Avatamsaka Sutra) y Sun (Zen), tratan temáticas budistas de forma mucho más abierta que antes. A pesar de ello, Ko Eun, rechaza el calificativo de “escritor budista”.
Shin Kyungnim (1963-:) obtuvo su primer éxito de crítica con Danza de campesinos (1973), una serie de retratos realistas sobre el campesinado coreano y los obreros inmigrantes que, debido a la rápida industrialización, pasan a formar parte de la amplia masa social que vive empobrecida y en sufrimiento. La voz poética tiene carácter predominantemente físico: apartándose de la corriente poética anterior, cuyo intento de plasmar pueblos de campesinos se traducía en poemas paisajísticos o pastorales, para Kyungnim los pueblos rurales son, ante todo, un lugar de vida. Danza de campesinos, obra llena de elementos narrativos –descripciones concisas pero altamente precisas de la vida del campesinado y observaciones perspicaces que captan su forma de pensar-, nos transmite una poderosa resanción de realidad. En la poesía de Shin Kyungnim podemos apreciar el sentimiento de solidaridad que es compartido por las clases marginadas en el proceso de industrialización.
Ya cerrada la feria
Nosotros gente plebeya estamos felices solo con mirarnos el uno al otro.
Al pelar melón chamoi de pie ante la barbería,
Al tragar makguli sentados en el bar,
Todas nuestras caras, parecidas a las de los amigos,
Hablando de la sequía en el sur, o de las deudas de la caja rural,
Moviendo los pies al ritmo de la música de la guitarra del buhonero de hierbas,
¿Por qué echamos de menos Seúl todo el tiempo?
¿Iremos a algún sitio para jugar a los naipes?
¿Vaciaremos la bolsa e iremos a la taberna de rameras?
Nos reunimos en el corral de la escuela para disfrutar de tiras de calamar con soju.
Al atardecer del largo día tras ponerse el sol de verano,
Llevando en mano un par de zapatos de goma o tan solo una corvina,
Titubeantes camino a casa, ya cerrada la feria.
Otro aspecto significativo de la poesía de Shin Kyungnim es la combinación de elementos poéticos modernos con el ritmo tradicional del romance. Shin Kyungnim, que tomó parte activa en el movimiento del renacimiento del romance, compuso colecciones como El paso alto montañés (1979) y Crucemos la montaña (1985), poemas que no solo buscaban recrear la tonalidad del romance o imitar su estructura rítmica, sino, además, captar el espíritu indomable de la vida del pueblo encerrado en la forma. La métrica vivaz del ritmo folklórico en la poesía de Shin Kyungnim revela la vitalidad propia de las experiencias del pueblo común y de su respuesta ante la vida presente. Por este motivo, su uso de los elementos del romance se ha considerado no solo un aspecto formal sino también espiritual.
Esta preocupación dual de Shin Kyunnim, sobre la vida campesina y el ritmo del romance, converge en El río Han del sur (1987), poema épico que versa sobre la vida común y la visión del pueblo. Además de dar nueva vida a vocablos nativos y expresiones locales en desuso e incorporar ritmos propios del, capta la energía poética de las experiencias del pueblo y su espíritu. De ahí que los aspectos más característicos de que caracterizan la poesía de Shin Kyunnim se puedan resumir de la siguiente manera: una vívida representación de la vida de los campesinos y obreros, profundamente enraizada en la veracidad de las experiencias, combinada con el espíritu y el ritmo típico en el romance tradicional coreano que resulta de la poetización del lenguaje del pueblo llano.
Kim Chiha (1941-:) fue el poeta crítico por antonomasia durante la era de la dictadura militar. En Cinco ladrones (1970), obra a la que califica de “romance”, Chiha desarrolla una crítica contra la sociedad política contemporánea a la vez que experimenta con las formas poéticas. El poeta, que aporta al poema elementos orales tradicionales, como la gasa, el taryung y el pansori, prueba nuevas posibilidades híbridas. Por ejemplo, intervenciones apasionadas y sin control, aspecto de la narrativa oral que se contrapone con los valores estéticos modernos de control y tensión poética. Cinco ladrones combina una vivaz gama de géneros líricos y narrativos, así como matices jocosos con otros trágicamente bellos. Sus repeticiones, audaces omisiones y uso agresivos de jergas convierten al poema en un espacio de heteroglosia. Sin embargo, es su espíritu sátiro el que sirve como nexo de unión de los diferentes discursos para conformar un todo coherente. Poeta de conciencia crítica y agudo poder de observación, Chiha se centra en las contradicciones de la vida contemporánea y las examina sin piedad. El principal blanco de esta sátira es el autoritarismo político y la corrupción profundamente arraigada en la sociedad coreana. Los cinco ladrones son los chaebul (conglomerados empresariales), los diputados, los altos funcionarios, los generales militares y los ministros del Gobierno que, juntos, conforman el escalón más alto de la sociedad coreana. No obstante, para Chiha, no son más que un conjunto podrido que se nutre de la opresión y la corrupción. Cinco ladrones llevó a Kim Chiha a ingresar en prisión por haber violado la llamada Ley del anticomunismo, de la que el Gobierno coreano se sirvió para reprimir la disidencia política. Al mismo tiempo, le supuso un enorme reconocimiento internacional como intelectual crítico que luchaba contra la dictadura y como poeta cuya musa era la democracia, negada a Corea durante mucho tiempo.
La primera colección de Kim Chiha, Tierra amarilla (1970), es un lamento amargo por la historia de sufrimiento y vida estéril del pueblo coreano que acaba transformándose en un fuerte espíritu de resistencia. Su colección poética posterior, Sed ardiente (1970) supone una suerte de memorias que reflejan la década de 1970, que Chiha vivió entre rejas en su mayor parte. El denominador común de ambas colecciones es su conciencia crítica con la realidad social y su espíritu de protesta, como se revela en poema siguiente, donde la desesperación se transmite mediante la imagen de montaña vacía, en cuyo interior arde una llama de resistencia.
La montaña vacía
Ninguno
Sube la montaña vacía.
Jamás.
Sobre la desnuda montaña solitaria
El sol y el viento se chocan y lamentan.
Pero al morir,
Siquiera la carroza fúnebre puede llevarnos
De esta montaña vacía.
Demasiado fatigada y dura
Es la lucha del día.
Quién sabe
Si las ascuas de hoy se harán llama mañana,
Ardiendo ahora escondidas
En la profunda tierra de la montaña silenciosa.
Con un puñado de polvo en tu mano
Te lamentas
Junto a la montaña a la que volverás
Después de muchas muertes.
Mañana
Serás una llama
O un fresco pino verde.
La obra de Kim Chiha ofrece una extensa paleta de géneros, como la poesía lírica y épica, el romance, el teatro y el ensayo. En algunos poemas, como Amor vecino (1987), desarrollará su visión lírica, mientras que en otras obras desarrollará un género híbrido similar al de Cinco ladrones y las englobará en lo que llamó taesul (gran narrativa). En estos poemas tardíos, Kim Chiha muestra el movimiento del espíritu en rebelión y en confrontación con el problema sagrado del mundo y la forma poética. Chicha, que se mueve entre varias escuelas de pensamiento religioso y filosófico, incluyendo el catolicismo, las corrientes nativas de Tonghak y Cheungsan, o los budismos huayen, zen y maitreya, se centra en el concepto de vida como pilar de su filosofía. Este, lejos de ser místico, presta especial atención a la liberación de todo aquello que oprime la vida humana.
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