Coleccion de Literatura Coreana

Una colección de Ediciones del Ermitaño

La década de los 80 es también con frecuencia la del autoritarismo y la protesta en Corea. El ansía de democracia del pueblo enciende la acción política en amplios sectores de la sociedad coreana, siendo los estudiantes y los activistas quienes abren el camino. En el campo literario, aumenta también la preocupación por la difícil situación de la clase baja y por la posibilidad de una revolución social. No obstante, para muchos de los narradores de mayor éxito durante este período, la violencia política no fue un asunto que estudiaron de forma directa, sino al que se aproximaron indirectamente. En diversas obras se manifiesta un sentido creciente de incertidumbre sobre el futuro de Corea. Mientras que autores como Yi Munyul y Im Churu se mueven hábilmente entre el pasado y el presente, recurriendo a alegorías para profundizar en la situación sociopolítica contemporánea, otros como Pak Yunghan, Yang kwicha y Kang Sukkyung permanecen en un escenario fijo desde el que retratan el mundo de forma ultrarrealista.

Yi Munyul (1948-:) es un escritor muy versátil que combina un estilo elegante con argumentos imaginativos y reflexiones filosóficas sobre las cuestiones fundamentales de la vida. Estas cualidades son ya evidentes en El hijo del hombre (1979), la primera obra que le procuró reconocimiento por parte de la crítica. Gracias a su investigación intelectual desde un punto de vista existencialista sobre la cuestión de dios, la novela se abre a nuevas generaciones de lectores más jóvenes.
La belleza de juventud llena de agonía será el tema central de obras como El retrato de mi juventud (1981) y No podrás volver a casa (1980), basadas en la experiencia del propio escritor en su ciudad natal. La edad de los héroes (1984) y Frontera (1989), de marcado tono autobiográfico, se desarrollan en un contexto sociohistórico específico y tratan más ampliamente el sufrimiento de los coreanos durante su turbulenta historia. Saludo al emperador (1982) examina la irreconciliabilidad entre lo ideal y lo real en el ámbito político. El cerdo de Pilón (1980), Nuestro héroe retorcido (1987) y Kallepa ta Kalla (1982) plantean también cuestiones sobre el poder y sobre su relación con el pueblo para demostrar las fuerzas invisibles que controlan la vida humana y las organizaciones sociales. Estas reflexiones sobre la naturaleza del poder se vuelven más significativas cuando se realizan en el contexto de la política coreana de los años ochenta, cuando se propaga la violencia. En un registro distinto, Munyul medita sobre la esencia del arte en obras como El toro salvaje (1979) o El fénix de oro (1982), y en El poeta (1990) plantea la utilidad social de la literatura. Como vehículo para la crítica tácita, estas alegorías mantienen una compleja relación con el contexto contemporáneo: vagan libremente entre Oriente y Occidente, yuxtaponiendo el período clásico y la edad moderna. El poeta, por ejemplo, se basa en la vida de Kim Pyungyun, poeta vagabundo del siglo XIX más conocido como Kim Sakkat entre los coreanos. A través de un retrato certero y bello de un artista excluido de la sociedad por culpa ajena, El poeta encierra la filosofía política de Yi Munyul, así como el arte afianzado en la tradición intelectual y espiritual de Extremo Oriente. Munyul se sirve de su vasto conocimiento de los clásicos orientales y mira al pasado en busca de soluciones a los problemas de hoy en día.

Entre las primeras obras de Pak Yunghan (1947-:) se incluyen El río distante Song Ba (1978) y El alba de Hombre (1980), estudios ambos de las verdades humanas que se revelan en la pesadilla de la guerra de Vietnam. Yunghan vuelve al tema de la industrialización rural en los ochenta para explorar las costumbres de la sociedad coreana. Tanto La familia de Wang Lung (1988) como Amor en Umukbaemi (1989) se ambientan en una pequeña ciudad rural en las cercanías de Seúl. En la primera, el mayor terrateniente de Umukbaemi, Pilyong, es conocido por el apodo Wang Lung porque su personalidad y la historia de su vida se asemejan a las del personaje Wang Lung en La buena tierra de Peral Back, cuyos personajes también se reflejan en los protagonistas y personalidades de la obra de Yunghan.
Umukbaemi es un lugar marcado por las agudas contradicciones entre el vestido de casa y los zapatos negros de goma, siendo el vestido de casa de la nueva nuera de Pilyong un símbolo de sofisticada cultura urbana de Seúl y los zapatos negros de goma de Pilyong, la representación de la mentalidad rústica de una cultura rural. Víctima de dicha oposición, el pueblo de Umukbaemi se embebe poco a poco de una versión barata de la cultura urbana. Pilyong, que solo conocía su tierra, se entrega paulatinamente a un amorío tardío con una mujer de Seúl y se gasta muchísimo dinero en esta aventura amorosa. El narrador de novela, un escritor, pierde también todo su patrimonio al confiar en su comandante durante el servicio militar, que lo invierte en una aventura fraudulenta relacionada con el cultivo de pimientos. En la ciudad de Umukbaemi, llena ahora de engaño, vileza y materialismo, el amor desesperado entre dos obreros de fábrica, Pae Ilto y Min Kongnye, no es más que un asunto barato entre dos personas casadas. Por su parte, Eushilne, mujer sencilla e inocente, enloquece tras perder todo por un rufián llamado Kuwait Pak.
Umukbaemi, lugar también de corrupción sexual, se convierte en un infierno, donde los ladrones campan a sus anchas, y donde se esfuma la solidaridad entre los vecinos. Al describir este espacio, Pak Yunghan trata la problemática del cambio en la sociedad, que valora ahora más “el dinero” que “la tierra”. Umukbaemi crece y aumenta así la vileza de la ciudad. No obstante, el narrador se centra, más que en el cambio social en sentido abstracto, en la reacción de la gente ante este cambio. Así, aunque con un estilo realista y cómico, la obra plasma la creciente desolación de la vida humana bajo la modernización.

El barrio Wonmi, un lugar a las afueras de Seúl donde Yang Kwacha (1955-:) vivió durante varios años, representa un espacio que simboliza la pérdida espiritual en la sociedad coreana de los 80. El pueblo de Barrio Wonmi (1987) es una colección de historias que retrata la vida en una pequeña ciudad que, poco a poco, va adquiriendo formas urbanas a medida que se expande Seúl. Los habitantes del barrio Wonmi son ciudadanos fronterizos que no se han incorporado a la propia ciudad pero cuya vida ha depende ahora de la economía de la capital.
Entre ellos, un viejo terrateniente, ve cómo aumenta el valor de sus propiedades gracias a la expansión de Seúl, aunque, en contra de los deseos de su mujer e hijos, se aferra al último reducto de su hacienda. En otra de las historias, un trabajador de oficina, cabeza de familia y antaño en paro, toma un tren a la ciudad con la idea de convertirse en vendedor, solo para fracasar y convertirse en jornalero de la construcción. Yang Kwacha narra también la historia de un obrero de una fábrica textil que lleva una vida subterránea: trabaja todo el día en el sótano de la fábrica y, al acabar su turno, vuelve a otro sótano, esta vez el de su habitación alquilada, sin ninguna esperanza de ganar lo suficiente como para vivir sobre tierra. El pueblo de Barrio Wonmi recoge también la historia de un fotógrafo que se enamora de una mujer recién llegada al barrio, aunque aquí su amor solo sirve para poner de relieve el tremendo sentido de impotencia que impregna este periodo.
La actitud de Yang Kwacha hacia la vida de estas personas es de simpatía, las mira como personas normales que luchan por subir la empinada cuesta de su vida con la esperanza de alcanzar un día un “país mejor”. En esta colección aparecen también retratos de crueldad y egoísmo. En El poeta del Barrio Wonmi, un joven de corazón puro se convierte en victima de la indiferencia cuando sus vecinos evitan socorrerle. En El pan nuestro de cada día, los habitantes del barrio amañan una competición entre dos tiendas vecinas para sacar provecho. Hwang Sukyung, Cho Sehee y Yun Heungguil podrían haber escrito sobre el tema durante los setenta 1970, pero la vida de sus habitantes, como es el caso del barrio Wonmi de los 80, es más horrenda, aunque quizá menos pobre que la de sus predecesores. El fotógrafo del Estudio de Felicidad o el dueño del Mercado de los Hermanos, dos de las muchas tiendas que dan vida a la calle mayor del barrio Wonmi, no son los niños del enano que se enfrenta al desahucio, aunque sus vidas quedan igualmente desoladas. Los habitantes del barrio Wonmi que se pelean y engañan unos a otros, ya ni siquiera por grandes sueños o pingües beneficios, sino por provechos insignificantes, presentan una versión sobriamente destilada de la sociedad coreana de los años 80.

Una habitación en el bosque (1986), de Kang Sukyung (1951-:) es la novela sobre una estudiante universitaria cuya incapacidad de establecerse en un mundo lleno de contradicciones la conduce a suicidarse. Contemplativa y autocrítica por naturaleza, Soyang es un personaje que no puede participar activamente los cambios sociales ni acomodarse fácilmente a la vida burguesa. Así, agoniza entre sus dos amigas, Myungcha, estudiante activista del movimiento por la democratización y Kyungok, pragmatista conservadora cuyo credo en la vida reside en encontrar gratificación. Sin embargo, para Soyang, ni el sueño revolucionario ni el atractivo del capitalismo puede proporcionar la armadía sobre la que hacer frente a las tempestades de los años 80. Demasiado concienzuda para cerrar los ojos a la pesadilla diaria, Soyang opta por suicidarse a modo de crítica contra la polarización, más intensa si cabe debido a la complacencia hipócrita de la generación anterior y al exclusivismo justiciero del movimiento estudiantil por la democracia.
La confusión que Soyang también se plasma de forma espacial en la obra. El área de Chongno en el centro de Seúl, donde Soyang pasó la mayor parte de su vida, se describe como un lugar donde palpitan los deseos y las pasiones de la juventud coreana. Al atravesar sus calles, rebosantes de tiendas, cafés y discotecas, los jóvenes andan en busca de placer y liberación. El texto aclara, sin embargo, que Chongno no es una salida: la liberación que ésta promete es solamente temporal. Chongno es “el bosque”, un símbolo de juventud, pero también un laberinto de confusión. No hay en este bosque ni siquiera un pequeño espacio de refugio donde encontrar paz y reposo. “Chongno todavía me llena de ennui”, escribe en su diario; “los chicos vienen aquí para librarse de sus antiguas angustias y de los sorprendentes residuos de los sentidos. Pero todo lo que puedo hacer es aparentar”.
Como personaje que no pertenece a ningún lugar, Soyang se plantea cuestiones que escarban en la estructura binaria de su sociedad. Situando al personaje en un espacio específico y familiar que, sin embargo, funciona a modo de metáfora, Kang Sukyung explora la disensión y la agonía, que dejaron profundas cicatrices en la vida interior de la generación alcanzó la mayoría de edad en los ochenta.

A lo largo de su carrera, Im Churo (1954-:) ha examinado los efectos del poder abusivo y de la violencia política sobre los individuos. Sus personajes son a veces víctimas de la fuerza fuera de su propio control y sufren por un sistema que no entienden del todo. Su preocupación particular es la cuestión de la violencia histórica, como se hace patente en la división coreana y en la masacre de 1980 en Kwangchu. En La tierra de mi padre (1984), bosqueja el legado de la Guerra Coreana, que persiste sobre la generación que no la vivió directamente. El narrador en primera persona es un soldado joven que encuentra por casualidad un antiguo cadáver. Aunque este no puede ser identificado, el alambre sin herrumbre que todavía lo rodea sugiere que el muerto debió haber sido víctima de la lucha ideológica que corrió en paralelo a la Guerra Coreana. Para el joven soldado, este descubrimiento le hace recordar a su propio padre, cuya vida se vio truncada también por la violencia. La imagen de un hombre rodeado de alambre coincide con la de su padre según la conciencia del muchacho. Esta obra pone de manifiesto que las tragedias pasadas siguen viviéndose en el presente como el alambre que permanece sin oxidarse treinta años después de acabada la guerra.
El verano del nacimiento de un niño muerto (1985) se sirve de la alegoría del fracaso reproductivo para plasmar la tragedia ocurrida en Kwangchu en mayo de 1980, cuando la protesta civil fue violentamente reprimida por la fuerza militar. Escenas de locura generalizada, el nacimiento de un niño muerte, desapariciones sin explicación, invalidez física y calor insoportable: las imágenes de plagas y muerte que salpican estas historias crean una atmósfera ridícula que transmite una denuncia vehemente de la opresión política.
La violencia profundamente enraizada en la sociedad coreana es también el tema central de Espejo convexo (1986) y La habitación roja (1988). Ambientada en un campus universitario, Espejo convexo presenta un mundo de desconfianza, odio y fiera brutalidad. Bajo la niebla del gas lacrimógeno, los estudiantes se enfrentan a la Policía para reclamar el final de la dictadura. Se producen escisiones ideológicas en las aulas, tanto entre profesorado y alumnado, como entre los distintos grupos de estudiantes. Churo estudia todo el espectro ideológico que genera la actuación antigubernamental de estudiantes y profesores durante la década de los ochenta. La habitación roja (1988), por su parte, es el relato de una tortura que se alterna entre la perspectiva de una víctima inocente y la de un especialista de la tortura. La técnica narrativa obliga al lector a darse cuenta de que el torturador también es una persona normal, un ciudadano responsable, un padre bondadoso y un marido. Su habilidad de torturar a otros seres humanos sin sentido de culpabilidad es consecuencia no tanto de la quiebra moral del individuo como del fracaso del sistema en general. La habitación roja sugiere que ambos, torturador y torturado, son víctimas de la sociedad, que convierte la violencia en acto rutinario. En su novela Un día de primavera (1997), escrita tras la pérdida de intensidad de la censura política que limitó la publicación literaria durante décadas, Churo retoma la tragedia en Kwangchu y recuerda el suceso de 1980 de forma más franca y directa.

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