Durante los 90, la disolución de las grandes narrativas como, por ejemplo, la perspectiva teleológica de la historia o la retórica nacional, asociada con el postmodernismo, puso gran énfasis en el valor del individuo. Gran parte de las obras de ficción coreanas contemporáneas reflejan este valor. Los críticos identifican la diversificación, descentralización e individualización como tres características propias que han dado a la narrativa de los noventa un sabor muy diferente a la anterior: desde el intento por parte de Shin Kyungsuk de captar las experiencias profundamente personales lejos del reconocimiento compartido hasta el atrevido vuelo de la imaginación por parte de Kim Yungha, las obras narrativas de esta década exploran los deseos del yo personal en un mundo rápidamente cambiante.
En un ensayo autobiográfico, Shin Kyungsuk (1963-:) define el acto de escribir como acción motivada por el deseo de hablar “de lo inefable”, de dar aliento a “presencias perdidas, mundos más allá del alcance de la razón y la ciencia, vidas anónimas no reconocidas por nadie y amor totalmente incapacitado por el tiempo”. Son estos temas evasivos por naturaleza, lo que constituye una característica fundamental en la prosa de Kyungsuk, quien prefiere alejarse de la realidad social para, en su lugar, enfocarse en dimensiones internas de la conciencia individual, demasiado modesta quizá para atraer demasiada atención. Por lo general, esta conciencia suele pertenecer a mujeres que han sufrido alguna crisis psicológica, por un amor no correspondido o por añoranza del pasado. En algunos pasajes, el estilo de Kyungsuk puede resultar vago e incluso demasiado sentimental, aunque en su esplendor literario Kyungsuk combina una delicada susceptibilidad con una aguda capacidad de observación que produce documentos de dolor memorables. Entre sus novelas cortas, merece mención especial Dónde estaba el armonio (1992) y Una mujer que juega (1992).
El carácter confesional de la esmerada documentación de Kyungsuk sobre experiencias privadas alcanza su máximo esplendor con Una habitación aparte (1995), un cuento semiautobiográfico sobre el proceso por el cual Kyungsuk se transforma en escritora. La obra repasa los cuatro años que pasa Kyungsuk trabajando en una fábrica de aparatos electrónicos durante el día y yendo a clases nocturnas en el barrio industrial de Kuro. Una habitación aparte hace mención al espacio físico del dormitorio laberíntico en el que la protagonista pasa su adolescencia hasta abandonar finalmente el barrio industrial para ingresar en la universidad. Sin embargo, este marca también el espacio psicológico que debe penetrar, como rito de paso, para llegar a adulta. Las paredes de la habitación están pintadas con memorias de pérdida y dolor personales, -siendo la más vivaz de ellas una memoria inconsciente, en la que la protagonista juega en la muerte con un compañero sentimental-, mientras que en el exterior de la habitación la sociedad asiste a turbulentos y violentos cambios, como manifestaciones laborales, protestas políticas o masacres como la de Kwangchu en 1980. No obstante, estos acontecimientos se limitan a servir de fondo al drama principal que se despliega en la habitación; la lucha de la protagonista por convertirse en escritora. Finalmente, se demuestra que las cicatrices de las paredes y los turbulentos cambios que agitan la habitación desde el exterior forman parte de la educación necesaria para que esta muchacha pueblerina y tímida se convierta en la escritora de gran sensibilidad con que tanto soñaba en su fuero interno.
Podría afirmarse que la fidelidad a la que llama el yo interno en la narrativa de Shin Kyungsuk supone una característica importante del nuevo ethos surgido en la década de los 90. Observamos también estas características en las obras de Eun Heuikyung (1959-:), Chun Kyungnin (1962-:) y Cho Kyungnan (1969-:), tres escritoras que exploran los sueños femeninos de manera notablemente distinta. El punto de partida común a todas ellas es el reconocimiento de que la comunicación con los demás es en sí imperfecta, aunque la imposibilidad de comunicación no sirve sino para acuciar aún más el ansia de conseguirla. Además, este abismo se manifiesta de forma concreta en la problemática sexual. En la narrativa de Eun Heuikyung, el sueño de perfecta comunión se presenta frecuentemente como el mito del amor romántico; sus personajes pueden rechazar este mito o regocijarse en él durante un momento, solo para despertar bruscamente. Amantes, inimitables y magníficos (1997) señala con tono burlesco las extravagancias e ilusiones inherentes a toda relación romántica, mientras que en Cajas de mi mujer (1998) se describe la vida de un matrimonio que se rompe cuando la pareja, a pesar de parecer amarse, no puede seguir ocultando por más tiempo la soledad que reside en el seno de su relación. Al abordar estos temas, Eun Heuikyung combina un sofisticado cinismo con una prosa ligera, casi flotante. Por su parte, Cho Kyungnan comparte también en Mi sofá marrón (1999) el tema de la imposibilidad de comunicación en la vida moderna.
Los deseos de las mujeres que aparecen en la narrativa de Cho Kyungnin son puros y salvajes, ya que la escritora considera que la esterilidad de la vida moderna, ejemplificada por complejos urbanísticos similares a gallineros y por la rutina irreflexiva y mecanizada de la vida matrimonial, no solo enajena al individuo de los demás, sino también de sí mismo. En una de sus obras siguientes, Chun Kyungnin, con el objetivo de liberar a la protagonista de su vida agobiante, emplea la poderosa imagen de una casaca negra ubicada en el blanqueado ambiente urbano de los elevados rascacielos. La memorable última escena del relato, donde la protagonista sale del complejo urbanístico atravesando los viejos sicómoros con una cabra berreante, es otro símbolo de la visión poética de Chun Kyungnin. El deseo femenino no debe ser apacible sino furioso, primario en lugar de materno; debe ser el coraje de renunciar a la comodidad que entumece la vida establecida y de arrojarse a la esencia misma de uno mismo, con los ojos cerrados y sin miedo a atravesar el camino obstruido.
La narrativa de Yun Taenyung (1962-:) se aproxima a los hombres de treinta y pocos años que vagan espiritualmente sin rumbo en un mundo de materialismo exacerbado. “Sonámbulos que han perdido la capacidad de soñar”, llevan vidas de riqueza material pero sufren de deficiencia ontológica. Incapaces de poner fin a este sentimiento de vacuidad vital, buscan recobrar la autenticidad existencial en encuentros místicos o en sueños. Con frecuencia, el camino que les conduce a estas experiencias se ofrece a través de una figura femenina desconocida; el encuentro de anónimos sirve, de hecho, como motivo recurrente para la obra de ficción de Taenyung, que brinda a sus personajes la oportunidad de no solo desviarse de la realidad diaria, sino también de volver al nivel más profundo y esencial de la existencia. Este tema del eterno retorno aparece ya en su primer y extenso relato, Fui a ver una vieja película (1995).
Sin embargo, Taenyung se preocupa menos de presentar el reino místico que de aprovecharlo para insinuar la profunda fragmentación de sus personajes en el mundo actual. Perspicaz observador del estilo de vida de los noventa, Taenyung capta en su cuento breve Memorando de la pesca de peces de plata (1994) tanto la superficial imagen urbana de neón como la soledad melancólica que esta esconde. El protagonista, un fotógrafo autónomo de treinta y tantos, vive a solas en un apartamento, va de compras a una tienda de ultramarinos y se divierte escuchando a Billie Holiday entre latas de cerveza y haciendo el amor con mujeres efímeras. La cultura es aquí también un objeto de consumo. Lejos de reflejar el gusto personal, los nombres de artistas y escritores, que abarcan desde Edgard Munich hasta Roland Barthes, representan etiquetas que aseguran la participación de los protagonistas en cierto estilo de vida. Taenyung, al asociar con maestría las personas a aquello que consumen, deja entrever la crisis del individuo en la sociedad consumista: es decir, Memorando de la pesca de peces de plata aborda una de los problemas principales de su realidad social.
Por otra parte, el estilo de Taenyung es conocido por su gran esteticismo: su prosa combina el lenguaje poético con metáforas espléndidas y esmeradas yuxtaposiciones de imágenes sorprendentes. Al mismo tiempo, Taenyung emplea el lenguaje del staccato, con rápidas pausas que reflejan preocupaciones sobre la vida moderna, rápida y espectacular. Además, sus tendencias postmodernas se demuestran claramente en su acercamiento híbrido a la técnica narrativa. Con el objetivo de intensificar la participación del lector en el argumento, Taenyung combina distintos modos narrativos de novelas de misterio y mitos antiguos, incluso en aquellos casos en los que trata temas conceptuales. Estos factores han contribuido a que Yun Taenyung sea considerado una de las personalidades literarias más influyentes y populares de la década.
Sung Suckche (1960-:) gusta de contar historias a la antigua usanza, dotadas de imaginación narrativa y oralidad. Cualquier estilo narrativo, incluida la miscelánea literaria del periodo anterior a la novela moderna, le sirve de materia temática: desde cuentos fortuitos a relatos biográficos, sobre todo aquellos ambientados en la periferia del mundo ordinario (ladrones y gánsteres, bribones, vagabundos o criminales), que utiliza para ampliar de forma vivaz las fronteras de su mundo narrativo. Combinando hábilmente mentira y verdad, imaginación y realidad, pasado y presente, Suckche muestra grandes dotes de narrador. Si examina las tribulaciones de la vida y el intolerable peso de la existencia, utiliza un tono ligero con toques de humor para facilitar la asimilación de temas tan profundos; reconstruye tendencias logocentristas y proporciona espacios de libertad narrativa y humor; y, a través de su agudeza vivaz, depurado estilo narrativo y flexibilidad lingüística, construye un texto abierto, con historias que resultan familiares a la vez que extrañas.
En su novela picaresca, En busca del Rey (1996), y en otros títulos como El pájaro del palacio (1998) y Corazón puro (2000), que narra las venturas y desventuras de un ladrón, Sung Suckche exhibe una notable energía verbal y construye historias dinámicas. Corazón puro es la historia de un niño de turbia familia que fracasa en el amor a edad adolescente; con el tiempo se hace ladrón, prospera en tan dudosa actividad y acaba arruinándose. El escritor relata la historia con tono humorístico y, a pesar de su sencillez argumental, la novela resulta admirable por la singular energía verbal y exuberante vitalidad del autor. La astucia, el humor, la exageración, las mentiras y los desenfrenados juegos de palabras contribuyen a crear una obra de constante placer literario; Sung traspasa con facilidad cualquier rígido principio de realismo y expresa una burla con maestría narrativa. Sin embargo, no todo es diversión y juego: el pathos de la vida real sirve como corriente subterránea a su ficción. La risa y los sentimientos se combinan de forma armoniosa en sus obras, aunque sin perder la tensión. Una risa ligera sin caer en ligerezas, combinada con la carga del pathos pero sin despreciar la energía dinámica de la vida, su flexibilidad y tensión cómica: así podríamos resumir el efecto producido por la narrativa de Sung Suckche.
Kim Yung-ha (1968-:) es el escritor de la era digital. No solo viven sus personajes en un mundo donde la comunicación se realiza de forma electrónica – siendo estos protagonistas prototípicos, como el en caso de El viento sopla (1998), que narra la vida de un traficante de copias piratas de videojuegos– sino que sus mismas obras narrativas son productos de dicha simulación. Consciente en todo momento de su carácter ficticio, las obras de Yung-ha adoptan una estrategia retórica, más parasítica que mimética, basándose en el entendimiento de que la realidad ya no puede monopolizar el reino de la experiencia ni servir como único garante de la verdad. En su lugar, la realidad se entiende como algo que se hace, que incluso se realiza digitalmente. La distinción absoluta entre lo virtual y lo real ya no es posible.
Así, la comunicación se vuelve estrictamente solipsista para los personajes de Kim Yung-ha. El escritor castrado de El Buscador (1997) se consuela pensando que tendrá una relación con una hermosa modelo, pero acaba dándose cuenta de que su contacto con ella se limita a tener su número de teléfono almacenado en el buscador. En un plano mucho más extremo, el protagonista de El lagarto (1997) mantiene una relación sexual con una mujer formada el humo de su propio cigarrillo. Evidentemente, la mujer no existe, pero es capaz de afectarle físicamente, tanto que su protagonista sufre un infarto de miocardio consecuencia de un intenso estímulo sexual. El sexo es, de alguna forma, una variante elaborada de masturbación.
En estas historias, donde se traspasa el extremadamente poroso límite entre fantasía y realidad, la semiótica del deseo suplanta a la preocupación por la realidad como corriente dominante. Mientras que las innovaciones previas supusieron intentos concienzudos de rechazar o superar los géneros anteriores, la narrativa de Kim Yung-ha lleva a una transformación radical de los paradigmas y producen un cortocircuito en todo programa narrativo existente. Al leer sus cuentos en prosa sobre la guía de un suicida (Tengo derecho a destruirme a mí mismo, [1996]) y sobre un pararrayos humano (Pararrayos [1999[) -personajes nada ‘representativos’ en el sentido tradicional- tenemos la impresión de que para Kim Yung-ha, lo pasado no es algo que deba ser rechazado sino descartado por irrelevante. El sentimiento de liberación que los lectores alcanzan en su narrativa, proviene precisamente de la falta absoluta de preocupación por los temas considerados tradicionalmente pilares de la actividad literaria. Aunque sus precursores son Chang Chung-il y Yun Taenyung, no encontramos en Kim Yung-ha la malicia espiritual del primero, que centra su interés en meditaciones sobre la hamburguesa, ni el retrato del consumismo cultural del segundo. Su narrativa sugiere que la cultura imitativa no debe lamentarse ni celebrarse: simplemente las cosas ya no son de esa manera.
Etiquetas:
Compartir
Facebook
¡Necesitas ser un miembro de Coleccion de Literatura Coreana para añadir comentarios!
Join Coleccion de Literatura Coreana