LAS PALABRAS DEL AUTOR SOBRE EL HUÉSPED
Empecé a escribir
El huésped en el año 2000, en el quincuagésimo aniversario de la guerra coreana. Justamente después de haber publicado esta novela, estalló el atentado del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, Estados Unidos. Como contrapartida a este suceso terrible, Corea del Norte fue señalada en el llamado ‘Eje del mal’ y la amenaza de provocar una guerra en la península coreana se hizo más grave. El atentado fue un desastre que nos hizo advertir, estremecidos, que la península coreana, pese a la destrucción del régimen de la guerra fría en el mundo, todavía seguía atada a un nudo débil del conflicto, completado con la guerra civil de Corea.
El huésped fue una obra que yo tenía esbozada desde hacía tiempo, a la vez que observé el derrumbamiento del muro de Berlín y el comienzo de la destrucción del régimen de la guerra fría, durante mi vida de exilio en la mencionada ciudad. En mi cuaderno de creaciones de aquellos tiempos anotaba cosas como lo siguiente:
-La forma del realismo antiguo tiene que ser reestructurada, después de ser destruida con más atrevimiento y abundandia. La vida es una acumulación de tiempos perdidos y de huellas. Ésta interviene en la historia o pasa en la vida como si fuera un sueño. Pienso que la historia y la vida cotidiana como un sueño personal se tienen que enlazar en la realidad. El sujeto y el objeto no tienen que separarse. El narrador no está determinado por un punto de vista de algún personaje o persona sino se cruzará con otro en conformidad con cada personaje y trazará la realidad a través del contraste de esos puntos de vista. ¿Un personaje y un asunto no se podrá definir por la diversidad del ángulo de pensamiento y de mirada, como un bordado? La descripción objetiva no consiste más que en trazar con verosimilitud la vida. Resulta que es imposible reproducir la vida actual como un estado real. Si la vida no puede ser calcada por la prosa, ¿no se podrá recuperar una prosa casi igual a la corriente de la vida real? Esta duda es el dilema sobre la forma de relatar.-
En Shinchon de la provincia Hwanghaedo, Corea del Norte, había un ‘Museo conmemorativo de la matanza ejecutada por las tropas estadounidenses’, a las que se acusaba de haber cometido una masacre. Cuando visité Corea del Norte, naturalmente fui guiado allí.
Mientras yo residía más tarde en Nueva York, escuché a un misionero testigo, de chico, de aquella masacre, y pude solucionar varias dudas que mantenía hasta entonces. Y además, en la ciudad de Los Ángeles, pude escuchar por casualidad, muy detalladamente, contar a la madre de un amigo mío, cristiana muy fiel, la situación de la provincia Hwanghaedo en aquella época de la guerra.
Cuando me encontraba en el sitio en que sucedió un cambio mundial brusco como el derrumbamiento del muro de Berlín, tenía una idea que me aseguraba más: es decir, que ‘yo miraría el mundo a mi propia manera’, y que ‘colocaría mi pensamiento realista al estilo del este asiático’. La verdad es que aquella terrible masacre se materializó ‘entre nosotros’, por lo cual la conciencia del crimen y el miedo se convirtieron en raíces del odio fanático que siguen siendo, aún hoy, igual que antes. Era una guerra internacional que se mantendría con la guerra fría y, por otra parte, una guerra interna. Después de haber escrito esta obra, fui atacado violentamente por los nacionalistas de Corea del Norte y del Sur.
Yo fui coleccionando datos y testimonios, pero dejé de trabajar por estar encarcelado. En la cárcel tuve oportunidades de darle varias formas a mi historia, hasta que mi esbozo maduró más, lo cual representó para mí más bien una suerte. Se puede decir que mientras la colonización y la división sucedían en la península coreana, el cristianismo y el marxismo no se modernizaron espontáneamente, sino que pudieron alcanzar una modernidad a través de la voluntad ajena. Las provincias de Corea del Norte, en las que había escasa herencia de los estratos tradicionales en comparación con las de Corea del Sur, recibieron con mucho afán estos dos conceptos bajo el pretexto de una ‘apertura’. Es decir, fueron dos ramas que tuvieron la misma raíz.
El pueblo del reino Chosun moderno –que se extiende temporalmente hasta mediados del siglo XX–, intentaba protegerse de la epidemia viruela, identificándola como una enfermedad proveniente del mundo occidental, y la denominaba ‘mamá’ o ‘huésped’. Se pretendía curar por medio de una práctica exorcista cuyo nombre era ‘exorcismo para el huésped’. De este hecho, tomé una idea y definí el cristianismo y el marxismo como el ‘huésped’, antónimo del ‘propietario’. El huésped es un exorcismo para apaciguar el resentimiento de las víctimas asesinadas, en el cual se revelaba aquella pesadilla de cincuenta días de duración. Escribí esta obra tomando la estructura fundamental y el estilo, doce madang , que forman parte del exorcismo de Chinogui en la provincia Hwanghaedo. En la obra, escenario del exorcismo, los vivos y los muertos se perciben mutuamente superando el límite entre el presente y el pasado, y sus recuerdos y relatos son distintos respectivamente. Yo entretejí una línea paralela, llamada ‘viaje en el tiempo’, que marcha hacia el pasado, con otra línea meridiana, la confabulación transmitida por vía oral, compuesta de muchos narradores y totalizada, como en una pintura o en un fresco, por la posición y experiencia de las vidas distintas de los personajes. Así que compuse mi obra utilizando las dos líneas, de la misma manera que se hace con un tejido.
Si fuera natural que los restos del recuerdo se consolidaran más cuanto más se intenta olvidarlos, ni los vivos ni los muertos se liberarían nunca del espíritu del pasado. Pero ese espíritu no es un fantasma simple, sino una carga histórica que la tragedia de la guerra nos heredó como karma que debemos resolver hoy día, y todavía es una realidad animada.
En este sentido, si ‘la historia misma fuera un fantasma que debemos expulsar, aprovechar, vencer y contra el que debemos luchar’, los fantasmas de ‘el huésped’ también serían un objeto reflejado de aquella situación.
La forma del exorcismo según la cual el espíritu del muerto, en términos divinos, desvía al mensajero cuyo deber es llevar el alma del muerto a otro mundo, y se encuentra con un ser vivo, atañe a una característica fundamental de la obra que intenta restituir el tiempo de los seres humanos, destruyendo la infalibilidad ciega de la historia que sacrificó numerosas personas, apreciándose su autoridad exagerada a nivel divino.
También fue, por otra parte, la intención original del autor empezar el nuevo siglo con una reconciliación y una coexistencia, tranquilizando con un exorcismo los espíritus engendrados por la guerra fría y las heridas ocasionadas por la contienda civil que todavía perduran en la península coreana. Si el ‘huésped’ de hoy fuera los Estados Unidos, aceptaría mi proposición .

La apertura del Salón Literario de la FIL Guadalajara 2008 se llevó a cabo con la conferencia magistral de HWANG Sok-yong, destacada figura literaria contemporánea de Corea del Sur, autor de El Huésped, un bestseller en Corea desde el 2002 y publicado ahora en México por Ediciones del Ermitaño.
Desplazamiento o pasando la frontera
Trabajando como escritor me preguntaron innumerables veces por qué escribía. Al responder a esta pregunta siempre me sentía confundido, y primero pensaba cómo se podía escribir, y a partir de entonces era fácil dar la respuesta a estas dos preguntas. ¿Cómo escribo? Es muy fácil. Escribo izquierda a derecha. Si esta respuesta fuera demasiado fácil y por eso muy sencilla, agregaría: ‘escribo con el culo’.
¡Este trabajo tan simple y poco refinado es el fundamento para escribir una novela! Resulta que no hay nada distinto acá a cualquier trabajo que se hace para sustentar la vida. Si la novela no fuera material, ¿qué otra cosa sería? El significado de escribir concluye en el cuerpo. Ahora se ha hecho fácil contestar por qué se escribe. Empecé a escribir como escritor profesional desde la juventud, y ahora vivo de esto. Sólo el que tiene una profesión relacionada con las letras, tendrá la responsabilidad de modificar las relaciones entre el ser humano y la sociedad. Llamamos esto una ética profesional.
Nací zurdo. Pero en el este asiático dicen que la mano izquierda es ‘mala’ y la derecha es ‘buena’, de modo que se les ha dado un nombre ético. Cuando yo utilizaba frecuentemente la mano izquierda, mi madre me pegaba a menudo en esa mano diciéndome que hay que escribir y comer con la mano derecha. Como consecuencia de la educación yo escribía tranquilamente y comía con la mano derecha. Pero parecía que la sangre llamaba a la mano izquierda. Cuando peleaba enfadado con un adversario, primero me salía el puño izquierdo, y también abrazaba con el mismo brazo a mi querida cuando estaba enamorado.
Cuando me hice escritor, mi costumbre de zurdo me prestó mucha ayuda en varios campos. La discordia que yo sentía con los materiales sólo para los diestros en el mundo era extraña e incómoda para mí, sin embargo por mi cuenta tenía que crear métodos para mantener el trato con el mundo. Mientras tanto, un día, después de mucho tiempo, descubrí que yo podía usar ambas manos. Cuando respiré aliviado pensando que la literatura también se encontraba en el mundo de los que usaban ambas manos, ya tenía mucha edad.
Cuando me decidí a ser escritor, tenía alrededor de diez años y era todavía alumno de la escuela primaria. La composición que entregué en la clase fue galardonada en el concurso de literatura de niños de toda la nación y publicada en un periódico. Por primera vez fui elogiado en virtud de mi escrito por los adultos y la sociedad. Por lo cual, a los que me preguntaban por mi futuro trabajo, les contestaba que quería ser escritor sin saber bien qué profesión sería la de ‘escritor’, a diferencia de los demás niños, que respondían que querían ser generales, bomberos o policías.
Cuando volvieron a casa, mis familiares, que se habían refugiado al sur de la península coreana después de residir en Seúl durante un cierto tiempo, encontraron la casa destruida por un bombardeo. Yo buscaba los víveres en la zona ocupada por la casa derrumbada y los libros enterrados entre escombros. Escribí este recuerdo bajo el título ‘El día en que volví a casa’. Mi composición empezó: “Desapreció mi casa. Ya se disipó el lugar a donde íbamos”, y siguió: “éste no pasa de ser más que un lugar provisional para nuestra residencia”. Ésta era la primera parte de mi escrito.
Nací en Manchuria, China, cuando era ocupada por el Japón imperialista. Hablando más exactamente, en la capital Changchun, de la nación Manchuria establecida por Japón. Después de la independencia de Corea, mi familia se trasladó a la capital Pyongyang, Corea del Norte, donde estaba la casa de mi abuela materna y vivió un cierto tiempo allí. En torno a la época en que empezó la división de la península coreana, mi familia pasó la frontera nacional de la línea paralela de treinta y ocho grados hacia el sur de Corea, y se estableció en los suburbios de la capital, Seúl. Cuando nuestra familia se vino del Norte al Sur de Corea, quedó completamente incomunicada con los familiares y parientes que aún residían en el Norte. Por lo cual mis padres no cambiaron su postura de creerse refugiados hasta que fui adulto. Ellos siempre habían pensado que las comidas de su tierra natal eran más sabrosas; el clima, mejor; la simpatía de la gente, mayor, etc. Ellos siempre me decían que el lugar de residencia por aquel entonces no era más que provisional y que algún día regresarían a su tierra natal. Cuando estalló la guerra coreana, nuestra familia deambulaba de un lugar a otro en el sur de la península en busca de una vida más segura. Por lo cual para mí, a diferencia de mis padres, no existía desde el principio un pueblo natal que pudiera abandonar.
Como consecuencia de los frecuentes traslados de mi familia de un pueblo a otro, yo solía quedarme marginado o mirar alrededor apartándome de las circunstancias centrales, sin pertenecer a ningún grupo ni organización. Por lo tanto, no tener pertenencia siempre garantizaba libertad para entrar y salir de algunos sectores.
En la época de la guerra fría, el imperialismo constituido por una gobernación directa también se disipó. Pero había muchos países que quedaban esencialmente bajo la influencia de las potencias. En el caso de nuestro país, los Estados Unidos ocupó esa posición en el lugar de Japón. Términos que se aplicaban en países latinoamericanos y otros asiáticos, tales como revolución, guerra civil, dictadura, pobreza, represión, etc., eran palabras que representaban la vida de los países marginados en esa época.
El poder político surcoreano, que alegaba como idea básica el anticomunismo y la amistad proestadounidense, superó la crisis algunas veces y se conectó con la dictadura militar. La primera resistencia fue la revolución estudiantil que estalló en abril del año 1960, y yo participé en la manifestación como uno de sus miembros. Durante la infancia me crié mirando detrás de los mayores la tragedia de la matanza fratricida, y durante la juventud yo pertenecí a la primera generación que se enfrentó con el orden ya establecido. Por esta razón, la mencionada generación fueron las personas que madruraron creyendo que su identidad consistía en vencer la división producida por la guerra fría y obtener la democracia, valores comunes desde la edad moderna. También tuve que resistir al gobierno dictatorial durante mi edad universitaria, y cuando fui reclutado al ejército tuve que ir a la guerra de Vietnam. A fin de cuentas, tuve que experimentar, desde la infancia hasta la juventud, la Guerra del Pacífico, la guerra coreana y la guerra vietnamita.
Durante la juventud estuve cautivado por el ‘yo’ y escribí unas obras breves que trazaban estéticamente mi mundo interior. Regresé a mi patria después de haber experimentado un cambio que surgió como una vorágine desde el fondo del corazón en Vietnam. Podría expresar esta situación diciendo que encontré a Asia y a la realidad del mundo. Estaba en una época en que era bueno hacer coincidir mi vida de escritor y mi obra, si fuera posible. A principios de aquel entonces empecé a escribir obras breves o medianas, cuyos personajes eran los que había conocido durante mi vagabundeo por las provincias meridionales del país, antes de alistarme en el servicio militar. Eran obreros vagabundos en la primera época de la industrialización, mujeres sirvientes que deambulaban, familias de la villa, campesinos, miembros de la pequeña burguesía, etc. En un personaje se duplicó el retrato de varias personas, o varios personajes verosímiles se crearon en mi imaginación. Escribí una obra titulada La tierra forastera, repleta de ficción en base a mis experiencias, que describía a los obreros que luchaban a través de una huelga en una fábrica establecida en la tierra desecada, pero los críticos confundieron esta historia de la obra con algo similar a un reportaje. En el caso de Una crónica del señor Han, describí la historia de mi familia en base a los recuerdos de mi madre y mis memorias; en cambio, los críticos literarios en este caso entendieron la historia de la novela como una completa ficción.
Durante una década, en la dictadura militar, escribí una novela histórica titulada Chang Guilsan, cuyo trasfondo es el siglo XVIII. En la novela mencionada, traté a un hombre real: nacido de una esclava que estaba en camino de fuga, actuaba como un ladrón benévolo, trabajando de payaso en el teatro de máscaras, y formó una banda de personas movilizando a los sacerdotes revolucionarios, mercaderes, artesanos, intelectuales, etc., con los cuales se sublevó en contra de la corte de aquella época, para después disiparse en la historia. Escribí esta novela entre los años 1974 y 1984, con doce volúmenes. Yo había tardado dos años en colectar los datos, leyendo una bibliografía de la corte real de la dinastía Yi y visitando las librerías de libros antiguos. Las incursiones directas de Chang Guilsan, registradas en la crónica de la dinastía, no eran más que una página, pero reproduje aquella época sirviéndome de datos agregados en torno de la dinastía mencionada.
Mientras escribía Chang Guilsan, a mediados de la década de los años 80, empecé a escribir acerca de la guerra vietnamita. La novela La sombra de las armas era una obra en la que trasladé el campo de batalla a un mercado negro, siendo a la vez una ‘novela de guerra en la que no se oyen disparos de fusiles’. Tuve que dejar de escribirla tres veces por la censura del gobierno militar. Casi más de la mitad de esta novela contaba las experiencias que había tenido trabajando como investigador entre la infantería coreana y un mercado negro vietnamita en el campo de batalla de Vietnam. Es verdad que los datos sobre Vietnam del Norte y el frente de independencia, llegados a través de Japón y EE.UU., me obligaron a rever mis experiencias desde un punto de vista objetivo.
Después de la resistencia para la democratización en la ciudad de Guangju, dejé de escribir la novela, escribí reportajes, declaraciones, guiones de teatro Pansori y organicé en todo el país grupos que producían grabados, canciones, películas breves, documentales, etc. En el proceso de preparar una ‘Federación para la unificación de la península coreana a escala de todo el pueblo coreano’, que abarcara no sólo Corea del Norte y del Sur sino también todas las organizaciones para la unificación peninsular coreana en los países extranjeros, visité Corea del Norte y, a partir de entonces, durante diez años, sufrí exilios y encarcelación. Todavía creo que el escritor es un ser que rompe fenómenos prohibidos o sistemas simbólicos en una sociedad y los generaliza. Tras el accidente de mi visita a Corea del Norte, los visitantes allí pasaron a ser un millón y medio de residentes civiles surcoreanos, incluidos los turistas.
Estos días me autodenomino voluntariamente escritor joven. Esto radica en mi proyecto de despedirme de las obras del pasado, ya que después de la publicación de La sombra de las armas, dejé de escribir 15 años, pasé el tiempo haciendo servicios sociales, exilios, prisiones, etc. Cuando empecé a escribir de nuevo positivamente, fue después de la excarcelación, por lo cual puedo considerarme un escritor joven que debutó en el mundo de letras en el año 1998.
En noviembre de 1989, ante la caída del muro de Berlín, ciudad en la que me exiliaba, decidí cambiar mi proyecto literario a futuro, y tardé diez años en llevarlo a cabo. Está anotado en mi agenda de este modo:
La forma del realismo antiguo tiene que ser reestructurada, después de ser destruida con más atrevimiento y abundandia. La vida es una acumulación de tiempos perdidos y de huellas. Ésta interviene en la historia o pasa en la vida como si fuera un sueño. Pienso que la historia y la vida cotidiana como un sueño personal se tienen que enlazar en la realidad. El sujeto y el objeto no tienen que separarse. El narrador no está determinado por un punto de vista de algún personaje o persona sino se cruzará con otro en conformidad con cada personaje y trazará la realidad a través del contraste de esos puntos de vista. ¿Un personaje y un asunto no se podrá definir por la diversidad del ángulo de pensamiento y de mirada, como un bordado? La descripción objetiva no consiste más que en trazar con verosimilitud la vida. Resulta que es imposible reproducir la vida actual como un estado real. Si la vida no puede ser calcada por la prosa, ¿no se podrá recuperar una prosa casi igual a la corriente de la vida real? Esta duda es el dilema sobre la forma de relatar.
El jardín viejo fue la primera novela que escribí después de ser excarcelado, en la que intenté una especie de deconstrucción de la prosa más allá del tiempo y la persona, y abandoné el método realista que había utilizado en el pasado. A decir la verdad, el título ‘El jardín viejo’ es una especie de paradoja con respecto a la utopía. He extraído este título de la fábula de una nación isleña como un sueño o de una nación escondida en la que, según una leyenda oriental, existiría un jardín hermoso entre montañas. En Berlín, lugar de mi exilio, mirando el mundo que cambiaba, me dije: “la revolución ya ha terminado”.
Al mismo tiempo que salí de la cárcel, se derrumbó un paseo de compras en un barrio donde los ricos viven agrupados. Fue un accidente que determinó el fin de la época del desarrollo dictatorial, y a continuación apareció un gran disturbio financiero en el que el FMI (Fondo Monetario Internacional) tuvo que intervenir. El ecosistema fue destruyéndose más terriblemente y en este nuevo siglo estallaron una guerra local y otra guerra civil, en conformidad con la religión y la raza. La guerra hegemónica, bajo la justificación del terrorismo o de antiterrorismo, hoy devasta el mundo. El llamado tercer mundo todavía sufre por la indigencia y el hambre, soportando por imposición la guerra civil, la dictadura, la resistencia y decepción. El sistema capitalista globalizado avanza solo, a la vez que el socialismo cayó, por lo cual muestra un presagio de incertidumbre, a juicio del sentido común y pone su esperanza en un futuro incierto.
Además de esto, la generación que resistió la dictadura militar de Corea del Sur en la península dividida, realizó la democratización, pero las fuerzas principales del conflicto, al entrar en la década de los años 90, se encontraron en la situación inevitable de experimentar, entre el fervor del pasado y la vida cotidiana en una realidad cambiada, una disgregación del cuerpo y la mente. La crisis del sujeto se profundizó más todavía con la rememoración de lo perdido con la caída de la ideología, que vino tras el derrumbamiento del mundo socialista “El jardín viejo” es una descripción relacionada con el “amor y la historia” que no coinciden en el tiempo. Esta narrativa tiene la forma de una novela rosa que trata las vidas separadas de dos personajes: un hombre y una mujer. Esta estructura de novela ha sido un armazón adecuado para exponer mi pensamiento. Un querido o una querida refieren en forma de ‘monólogo’, respectivamente, sus propios mundos internos. El mundo interior de cada uno, que interviene en la unión orgánica de la historia de la novela y la rompe, entra en la realidad y de allí sale, desde distintos puntos de vista entre sí. Primero, si vemos la historia como la línea temporal de una crónica, hay dos ejes de narración, que se tienen que conectar entre el principio y el final, que se anclan en la evocación en primera persona de un hombre y de una mujer. Estos describen su historia de vida, respectivamente, y al mismo tiempo se mantienen paralelos hasta el final de la novela. Lo cual significa que, durante el lapso de 18 años que se reproduce en las anotaciones de la mujer, el hombre estuvo encarcelado y, también, una expresión del aislamiento y el corte en el tiempo y el espacio: podía acercarse a ella sólo a través de cartas y diarios, recibidos tras la muerte del remitente. Las dos descripciones en primera persona de cada uno de los personajes mantienen su propia temporalidad, distinta entre sí, y aunque quedan separadas en la novela, el tiempo se completa en tercera persona mientras el lector va leyendo. El amor entre los dos protagonistas se concreta a través del acto de lectura: a través del lector. Por lo tanto el trabajo de conectar ‘aquí ahora’ los tiempos cruzados de la novela se hace posible sólo por el lector. El límite interno de la forma narrativa, el no poder encontrarse, provoca un conflicto cuando se entremezclan las experiencias que el hombre afrontó en la cárcel y la vida amarga que la mujer experimentó en el mundo. Se revela paulatinamente que este conflicto ocasionado por esta escisión, proviene de la decepción histórica que el sujeto del movimiento de reforma no puede menos que ratificar inexorablemente. El avance de la verdad histórica que hace vivir a los seres humanos, se lo puede experimentar más tarde, apartado de los signos, causados siempre por el límite del tiempo en la tierra, a los que se ha atribuido el significado de esta verdad. Todo el proyecto progresista, que no hace caso del hecho de que cada individuo tiene que hacerse cargo de su destino, ni del proceso de su encarnación, termina desmoronándose. La sabiduría siempre llega tarde. Nunca se podrá decir que la fuerza del recuerdo que reconoce ‘lo brillante en el polvo mundano’, aguantando el tiempo de cambios en la tierra, sea pequeña.
El jardín viejo era la primera novela que volví a escribir despidiendo el siglo XX, y me ayudó a curarme de las secuelas de la celda aislada, al tiempo que renací como escritor.
Empecé a escribir El huésped en el año 2000, en el quincuagésimo aniversario de la guerra coreana. Justamente después de haber publicado esta novela, estalló el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, Estados Unidos. Como contrapartida a este suceso terrible, Corea del Norte fue señalada en el llamado ‘Eje del mal’ y la amenaza de provocar una guerra en la península coreana se hizo más grave. El atentado fue un desastre que nos hizo advertir, estremecidos, que la península coreana, pese a la destrucción del régimen de la guerra fría del mundo, todavía seguía atada a un nudo débil del conflicto completado con la guerra civil de Corea.
Yo prestaba atención a una masacre que se ejecutó en un pueblo pequeño de Corea del Norte durante la guerra coreana. (Mi novela se publica esta vez en México, por lo que creo que tendré otra oportunidad de mencionar esto más detalladamente en el futuro.)
El pueblo del reino Chosun moderno –que se extiende temporalmente hasta mediados del siglo XX–, que intentaba protegerse de la epidemia viruela, identificándola como una enfermedad proveniente del mundo occidental, y la denominaba ‘mamá’ o ‘huésped’. Se pretendía curar por medio de una forma exorcista, cuyo nombre era ‘exorcismo para el huésped’. De este hecho, tomé una idea y definí el cristianismo y el marxismo como el ‘huésped’, antónimo del ‘propietario’. El huésped es un exorcismo para apaciguar el resentimiento de las víctimas asesinadas, en el cual se revelaba aquella pesadilla de cincuenta días de duración. Escribí esta obra tomando la estructura fundamental y el estilo, doce madang , que forman parte del exorcismo de Chinogui en la provincia Hwanghaedo. En la obra como un escenario del exorcismo los vivos y los muertos se perciben mutuamente superando el límite entre el presente y el pasado, y sus recuerdos y relatos son distintos respectivamente. En el exorcismo el que los conecta es el chamán, pero en la novela es el autor. Yo entretejí una línea paralela, llamada ‘viaje en el tiempo’, que marcha hacia el pasado, con otra línea meridiana, la confabulación transmitida por vía oral, compuesta por muchos narradores y totalizada, como en una pintura o en un fresco, por la posición y experiencia de las vidas distintas de los personajes. Así que compuse mi obra utilizando las dos líneas, de la misma manera que se hace con un tejido. También fue, por otra parte, la intención original del autor empezar el nuevo siglo con una reconciliación y una coexistencia, tranquilizando con este exorcismo los espíritus engendrados por la guerra fría y las heridas ocasionadas por la contienda civil que todavía perduran en la península coreana.
Simchong, el camino de loto, que fue publicada en el 2003, también es una obra, una fábula antigua taoísta, que se representaba en nuestra forma tradicional, ópera unipersonal, es decir, Pansori. La transformé a mi manera en una historia. Escribí acerca de los cambios del este asiático en el siglo XIX, con el eje de la prostitución y el mercado moderno.
En el Pansori la ‘Canción Simchong’, la chica Shimchong se vendió a sí misma a los comerciantes de la ciudad Nanking, China, a un precio de 300 sok de arroz , con el objetivo de ayudar a su padre ciego a abrir los ojos. Ella se convirtió en una ofrenda humana para garantizar la navegación segura de aquellos chinos, y se tiró a las aguas del mar llamadas Indangsu, donde se ahogó. De este relato me decidí a tomar el episodio de la fidelidad y la obediencia a los padres que sostenían la sociedad de aquella época. Este episodio es una construcción anecdótica para mantener el sistema feudal, y acerca de cómo los comerciantes chinos extranjeros, con el fin de usarlas como ofrendas, ahora igual que antes. Esto se puede imaginar considerando los asuntos mundanos que siempre se relacionan con la lucha por conseguir intereses. Al coleccionar varios datos advertí que había muchas anécdotas olvidadas, después de que las chicas se hubieran marchado vendidas a lo lejos en el mar, en el pueblo costero por el que salían fuera del país. La mayoría de ellas dejaron sus huellas con tablillas mortuorias en un templo budista. Las chicas nunca volvieron a su tierra natal. Para el caso de las chicas japonesas había información más verdadera.
Creí que ellas eran iguales a las chicas que se enterraron en las ciudades sin enviar a su casa noticias, después de haber salido de casa para Seúl a buscar trabajo en fábricas en la época de modernización, durante la década de los años 70. Sus padres o sus hermanos, que las esperaban, tal vez hubieran puesto el nombre de sus hijas o hermanas en la tablilla mortuoria en un templo budista, las que nunca regresaron a casa aunque hubiera pasado mucho tiempo después de que ellas dejaran de enviarles dinero.
El símbolo moderno del este asiático se expone en el libre comercio y la ocupación del mercado. Se formaron ciudades o calles modernas, y el producto del trabajo de todos los países se convirtió en nueva disciplina: la ganancia metálica por la labor y la prostitución. Sin embargo, en Shimchong no intenté analizar esta corriente desde el punto de vista histórico, sino que decidí concentrarme en el proceso de transformación del cuerpo y la mente de una mujer. Ocurre igual que en un loto, cuyo embrión empieza a abrirse absorbiendo las gotas de rocío de la madrugada, ve a los transeúntes que pasan, sufriendo por el viento y la lluvia, y pasa las estaciones, días y noches. La obra mencionada la he descrito siguiendo el ciclo de un loto. He tratado, como un trueno que pasa a lo lejos, la colonización del reino Chosun, la guerra entre Rusia y Japón, la guerra entre el país Ching que se llamaba en aquella época y Japón, la reforma constitucional Meiji y sublevación civil, la destrucción de Okinawa, India, Vietnam, la empresa de las Indias Orientales, la guerra de Opio, etc. La prostitución y las canciones amorosas entre queridos y queridas no son más que una crónica detallada de la vida de vagabundos. Cuando Shimchong volvió a casa después de un largo viaje por todo el este asiático, se fue aclarando paulatinamente en la niebla cuál fue su error en el pasado. Al tiempo que las potencias occidentales avanzaban con los ojos bien abiertos hacia el este en busca de alimentos, los reinos feudales del este asiático ya estaban podridos, a punto de derrumbarse, y el movimiento de la clase alta y baja, que intentaba destruirlos y establecer un nuevo orden, existía en cualquier lugar. Pero las voluntades de reforma desde abajo fracasaron sin excepción, y el este asiático está todavía en la vorágine de los experimentos sociales.
La princesa Bari, publicada en 2007, es una obra narrativa escrita bajo la idea de ‘mirar el mundo a mi manera’ y ‘poner en la representación al estilo del este asiático la realidad del mundo’ como declaré al volver a empezar a escribir literatura después de haber sido excarcelado.
La princesa Bari, después continuación de Shimchong, cuenta con relatos de desplazamiento y armonía. El contenido de aquélla es del siglo XIX y el de la otra, en cambio, contiene asuntos de hoy día, es decir, del siglo XXI, pero por igual el imperialismo del siglo XIX se conecta con el neo-liberalismo del siglo XXI.
Una chica pequeña en Corea del Norte, que perdió a toda su familia, deambula por China después de haber pasado la frontera norcoreana, y llega a Londres, Inglaterra, habiendo atravesado el mar, donde se encuentra con un joven islámico, con el que forma una familia. Este es el contenido de La princesa Bari.
He puesto este argumento en la estructura y forma de nuestro mito exorcista de la edad antigua, llamado ‘princesa Bari’. Hay muchos contenidos que pasan de la realidad a la suprarrealidad en cualquier mito o relato folclórico del mundo. La suprarrealidad que vivimos, igual que el sueño, es una metáfora o distorsión en base a la realidad. La fantasía como sombra de la realidad nos hace capturar la realidad más profundamente que la técnica artística y la lógica. En la narración utilicé parcialmente mi sueño. La escena en que aparece la abuela Bari como fundadora del exorcismo, la tracé con palabras de una figura que vi en mi sueño un día en que escribía en París.
El mito de la princesa Bari se transmite oralmente en Siberia, en el norte de Manchuria y en toda la península coreana, y tiene 47 clases de fuentes transmitidas por vía oral hasta ahora. Esta canción épica tiene origen, como el mito de Orfeo de Grecia o de Odín, en que la princesa visita otro mundo para salvar el espíritu. La princesa Bari nació con el destino de ir al extremo de otro mundo para conseguir el agua vital con la cual curar el mundo mortalmente enfermo. Los exorcistas consideran ‘Bari’ como el mito original y exponen que la abuela Bari es una precursora exorcista entre chamanes; sin embargo, no saben con qué razón Bari está, como paso inevitable, en todos los exorcismos. Pero me parece que quieren autodenominarse ‘curanderos de dolores que los demás experimentan’ o ‘los que resuelven las penas de los que sufren’, recitando el contenido relacionado con los dolores y las peripecias que la precursora de exorcismos Bari ha percibido. Se puede decir que la transmisión de ‘Bari’ por vía oral es un secreto vital gracias al cual el exorcismo ha sobrevivido en una península donde la religión y la cultura extranjera se arraigan con mucha intensidad.
La princesa Bari tiene por tema el desplazamiento, que es un nuevo fenómeno de hoy día. En un nuevo siglo de guerras y conflictos que se reiteran de nuevo, yo quería entrever una posibilidad de armonía multifuncional que superara la ideología de la diferencia entre la cultura, la religión, el pueblo y los ricos y pobres.
Los países tercermundistas que no se aclimatan a un nuevo sistema global que ha empezado tras la deconstrucción de la guerra fría, han caído en el hambre y en un nuevo conflicto dentro de la bipolarización internacional. Corea del Norte es uno de esos países. Con el extremo de que, a mediados de la década del año 1990, en Corea del Norte tres millones de habitantes, según la indicación de la ONU (Organización de las Naciones Unidas), murieron de hambre y por las secuelas de desnutrición tras una larga hambruna que duró más de diez años después del el derrumbe de Europa del este, lo cual produjo en el país vecino de Corea del Sur abundancia. Critiqué varias veces la lógica hipócrita de los derechos humanos de las potencias, que mantienen el sistema de división en norte y sur, junto con una reprimenda a la responsabilidad del gobierno norcoreano. Esta realidad de Corea del Norte estaba oculta en la llamada ‘conducción al derrumbe de Corea del Norte’, la irrealizable defensa estratégica e ideológica, por lo cual la realidad norcoreana estaba olvidada, o muchas veces se utilizó para difundir públicamente el aspecto anti-humanitario del gobierno norcoreano. Veo a los náufragos norcoreanos como una sombra de la globalización neoliberal y, aunque se ve una diferencia de grado, los países periféricos también sufren en un estado desastroso.
Todo el mundo debe tener el recuerdo de haber visto en el campo, en el cambio de estación, una bandada de aves migratorias que se marchaban hacia algún lugar.
Las aves vuelan formando grupos y se sientan en las ramas de árboles de determinada altura o en un largo cable eléctrico entre los postes que están de pie a distancia regular. Cuando los lugares están repletos y llega otra bandada numerosa de aves, se genera un problema. Las que están no les ofrecen espacio estrechando la distancia entre cada una, ni vuelan a otro lugar, sino que vuelan todas de una vez. Vuelan mezcladas con una nueva bandada de aves, en círculos varias veces, y en un momento conveniente forman de nuevo grupos y empiezan a posarse manteniendo distancias adecuadas.
Si alguien me pregunta cómo veo el mundo de ahora, le contestaré que estoy en ese momento en que ‘vuelan de una vez al cielo y dan vueltas en el aire’, y después, que espero que mi trabajo se relacione con ‘las aves que vuelven a posarse’.
Octubre de 2008
Hwang Sok-yong
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