Por: Edgar René Pacheco Martínez
México, DF a 31 de Octubre del 2008.
Rugidos de guerra lejanos, muy lejanos
Cuando mis hermanos y yo vivíamos en casa de nuestros padres, todos los domingos desayunábamos y comíamos reunidos en familia. Y aunque esto no era una obligación, estábamos de acuerdo con el trato tácito de encontrarnos todos para compartir no sólo los alimentos, sino también nuestros tiempos, nuestras vivencias de la semana, nuestros planes a corto plazo, etcétera. Y a complementar esos domingos familiares, de vez en cuando, llegaban mis dos abuelos maternos.
Una mañana, cuando ya todos estábamos sentados haciendo la sobremesa, salió a colación el tema de aquel momento: la invasión de Iraq por el ejército de los Estados Unidos. Los más jóvenes a la mesa, es decir mis hermanos y yo, dábamos nuestra opinión que era un total desacuerdo con las intervenciones de un país en un segundo.
Y nuestra discusión parecía desenvolverse en un ambiente en el que todos compartíamos la misma opinión, hasta que mi abuelo habló: “pero hijos, esa guerra será buena para el desarrollo de México, que buena falta que le hace”. Todos los presentes, hasta nuestro perro “Jaguar”, nos sumergimos en un silencio muy profundo. Sin duda, tratábamos de entender el comentario del abuelo. Y ya estábamos preparando nuestras respuestas para reiniciar la discusión, cuando la abuela nos recordó a todos: “en la mesa no se habla ni de política ni de religión”. Así, todos respetamos su orden y la discusión quedó en el olvido.
Pero la aseveración de mi abuelo me dejó pensando mucho tiempo, pues mientras para mis hermanos y para mí la guerra entre Estados Unidos e Iraq era y es una abominación, desde la perspectiva de mi abuelo era benigno para los mexicanos. ¿Cómo podría pensar él que una guerra -sin tomar en cuenta las terribles consecuencias tanto para la sociedad como para los individuos- en una tierra tan lejana podría beneficiar a México aun no participando en ella?
Está de más decir que considero a mi abuelo un hombre muy inteligente, pragmático y, sin duda, sabio. Sobre todo esto último, que es una característica que sólo se obtiene tras largos años de vida. Por tal razón, para mí era imposible conciliar las dos imágenes del abuelo: el belicista al que no le importan los efectos de la guerra si el fin último es la obtención de un beneficio material, en contraste con el hombre sabio que siempre nos ha aconsejado , con cariño, para enfrentar la vida. ¿El abuelo se habría convertido en otra persona de un momento a otro?
Tras un rato de reflexión, comprendi por qué el abuelo había concebido una idea de esa clase. Si había nacido en el año de 1928, su adolescencia había transcurrido durante los años de la segunda guerra mundial. El presidente de México en turno era Manuel Ávila Camacho (1940-1946). México tenía veinte años de haber salido de los conflictos bélicos de la revolución y no tenía más de 10 años de haber salido de la guerra de los cristeros. La estabilidad política en nuestro país a duras penas había sido instaurada y ésta se consolidaba paulatinamente y no sin muchos esfuerzos.
Aunque México enfrentaba algunos problemas económicos -tales como el reclamo de indemnizaciones a las compañías estadounidenses afectadas por la expropiación petrolera de 1938, la exigencia por parte del gobierno de ese mismo país para devaluar el peso frente al dólar -gracias a lo cual las compañías fabricantes de armamento podrían comprar materias primas a un precio más bajo-, la renegociación de la deuda externa, entre otras cosas-, hubo un crecimiento económico acelerado.
Muchos mexicanos tuvieron la oportunidad de trasladarse a los Estados Unidos con el objetivo de trabajar de manera legal, pues el país vecino requería de una gran cantidad de fuerza de trabajo para cumplir exitosamente las tareas de una guerra a la que acababa de entrar. Y en nuestro país, la población gozaba de un estado de pujanza nunca antes visto: en la ciudad toda compañía solicitaba personal, se abrían escuelas para formar técnicos, los comercios prosperaban; en el campo se construían presas, canales de riego, etcétera. En pocas palabras, a México le iba bien una guerra que ocurría en frentes muy lejanos. Mientras México prosperaba, otros países -entre ellos, Corea- sufrían las graves consecuencias de la guerra.
Esa era la razón, comprendí posteriormente, por la que mi abuelo tenía la certeza de que la guerra en Iraq sería ventajosa para México, aunque no participara directamente. Desde el punto de vista de mi abuelo, al entrar en guerra el país vecino volvería a necesitar de nuestro país, lo que reactivaría la economía mexicana como había ocurrido décadas atrás. Pero de lo que mi abuelo no se había percatado era que en tantos años las cosas habían cambiado totalmente.
De hecho, como mi abuelo mismo me confesaría después, él en su juventud veía la guerra como algo muy romántico, como un lugar a donde el joven acudía a fin de convertirse en “hombre” para luego regresar a su tierra y ser admirado por todos a su alrededor. Y no supo que la segunda guerra mundial había sido una carnicería, un perfecto teatro dantesco, hasta que comenzó a leer libros y a ver documentales años después de terminado ese evento histórico. A pesar de esto, seguía siendo natural para mi abuelo que, si la segunda guerra mundial había hecho crecer la economía mexicana, la guerra de Iraq haría lo mismo comenzado ya el siglo XXI.
En aquel entonces, mirando la televisión conocí la opinión de Alan Greenspan, economista estadounidense, que señalaba a los comienzos de la guerra en Iraq que el motivo principal de ésta había sido el petróleo, aunque también había sido una necesidad imperante remover a Saddham Hussein del poder en el país de la antigua Mesopotamia para llevar a ese lugar la democracia. Esta misma persona emite opiniones en torno a la crisis que ha estado sufriendo la economía de Estados Unidos en este último trimestre del año 2008, declarando que los descensos ocurridos en la economía mundial no significan que el mundo llegue a su fin, pues a pesar de todo el mundo sigue girando.
Parcialmente de acuerdo, pensé yo. Que la economía de un país sufra, no significa que la vida de una nación y de sus habitantes termine ahí. Pero esa visión, la visión del observador lejano, del que estudia los fenómenos desde los libros, desde la tranquilidad de su oficina, desde la distancia prudente y cobardemente salva de una página de internet o de una pantalla de televisión, no deja de incomodarme.
Cuando Greenspan sostiene que las pérdidas de las compañías que participan en las bolsas no son el fin del mundo, no toma en cuenta que esas compañías quebradas despedirán a un sinnúmero de empleados. Greenspan no se ha preguntado, por lo menos no públicamente, cuántas personas dependen económicamente de aquellos que tendrán que soportar, a pesar de que el mundo no se acaba, las penalidades del desempleo en una economía sumergida hasta el cuello de problemas debido, además, a la irresponsabilidad de terceros.
Lo mismo ocurre, pues, con aquellos que analizan la guerra y la ven como un fenómeno mediante el cual las sociedades se renuevan, reacomodan o reactivan. Esta perspectiva no hace otra cosa más que lograr que el observador se aleje del evento, a mirarlo a través de una tela gruesa que funciona para velar su visión, para deshumanizarla, y que no le permite percatarse de que en los detalles también hay grandes cosas. Si para observar la totalidad del bosque es necesario subir a la cima de la montaña, para observar la belleza de cada árbol y oler el perfume que exhala debemos descender de la cima, bajar del monte y caminar entre los árboles.
Quizá ésta es la belleza mayor del libro de Kwon Jeong-saeng, Monsil (1984), el alejar al lector del dato frío y acercarlo al individuo, a sus experiencias y vivencias, a sus pensamientos, deseos y temores, y a sus sufrimientos. La guerra para una sociedad como la coreana es algo vivo en tanto que las generaciones que la experimentaron la recuerden, en tanto que el paralelo 38 continúe bajo vigilancia en ambos lados, en tanto que no deje de escribirse sobre ella. Y es la labor de la escritura uno de los medios por los cuales una sociedad busca aliviar el trauma de la guerra y cerrar sus heridas tras la rememoración de lo vivido.
En la literatura mexicana presenciamos un fenómeno algo cercano. A partir de los años veinte hasta los años sesenta, un largo periodo, varios escritores desde Mariano Azuela (Los de abajo, 1913) y Martín Luis Guzmán (La sombra del caudillo, 1929), por ejemplo, hasta Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz, 1962) se retoma el tema de la revolución mexicana. Los primeros autores de la novela de la revolución hablaban sobre ésta y trataban de encontrarle sentido, en tanto que autores de segunda generación, como Carlos Fuentes, se enfocaron más bien en sus efectos, específicamente en la sociedad mexicana de su tiempo.
El andar de la novela coreana siguió un camino un tanto similar, pues las novelas surgidas inmediatamente después de la guerra de Corea recurrían, sin poder evitarlo, a ese tema. Se trataba de reelaborar las experiencias vividas durante la guerra, encontrar una explicación racional a la serie de sinsentidos que una guerra civil acarrea, a toda la serie de vejaciones e injusticias sufridas y hechas sufrir entre hermanos de una misma nación. Encontramos en este periodo a autores como An Su-kil (Pukkando, 1959), Oh Sang-won (Revolt, 1957), Son Chang-sop (Artificial man, 1958), Pak Kyong-ri (The age of mistrust, 1957), Chong Kwang-yong (Captain Lee, 1962), entre otros.
Junto a estos autores encontramos a otros tantos que vivieron la guerra siendo niños o bien que escucharon hablar de ella a sus padres. Ese es el caso de Kwon Jeong-saeng, quien tenía trece años al comenzar la guerra de Corea, y de otros autores, como Lim Chul-woo que, aun siendo un autor que no vivió en carne propia la guerra de división, experimentó directamente las consecuencias de ésta, pues su padre desapareció durante el conflicto.
Lim Chul-woo, nacido literariamente del movimiento por la democracia del año 80 contra el golpe de estado de Chun Doo-hwan, en su relato La tierra de mi padre narra la historia de un joven que, durante el servicio militar, encuentra junto con su batallón de práctica el cadáver enterrado de un hombre asesinado, cuyo cuerpo manifiesta las marcas de una tortura terrible. Este suceso habré en el joven protagonista las heridas que dejó la guerra de Corea en su vida, la duda sobre el destino de su padre: ¿fue asesinado? ¿Sobrevivió y vive en Corea del Norte sin poder regresar? ¿Volverá a casa algún día? Y, tristemente, la respuesta que surge de la narración de Lim Chul-woo continúa siendo una interrogación, una eterna incertidumbre.
Kwong Jeong-saeng, como Lim Chul-woo y otros autores, habita una Corea de turbulentos movimientos de protesta para conseguir una democracia efectiva en su país en una lucha que abarca casi la totalidad de la década de los ochenta. Y es este contexto histórico-social el que da a luz a Monsil, la protagonista de su novela, que desde mi punto de vista bien podría constituir la personificación de la madre patria, de la nación Coreana que no deja de nutrir y de cuidar a todos sus hermanos por igual, sin importar si son de diferente padre o madre, pues lo verdaderamente importante es que a todos los une un lazo sanguíneo. Incluso, Kwon Jeong-saeng va más allá de los lazos de sangre, pues para Monsil no es necesario saber si un individuo es del Ejército Nacional o del Ejército Popular, si es blanco o negro, puesto que al final de todo la gente, en el fondo, es en esencia igual: todos somos seres humanos. Aquello que ocasiona la separación, sin poseer una existencia verdadera, es la ideología. Pero esta perspectiva se analiza en un apartado posterior.
Dentro de la guerra
Monsil, la hermana mayor que se ocupa de sus hermanos y lucha por ellos aferrándose a la vida, es un personaje que expresa con claridad las durezas que implica vivir en tiempos de guerra: separación de los padres, falta de alimento, enfermedades, carencia de educación, abusos de los mayores, etcétera. Monsil es una niña a la que la vida toma por sorpresa con todo su peso, sin que por ello deje de experimentar algunas alegrías. Y a pesar de ser considerado un libro para niños, esta obra de Kwon Jeong-saeng es una lectura que contiene una enseñanza profunda incluso para un público adulto e igualmente es un documento que atestigua el estado de la sociedad coreana antes, durante y después de la guerra de división.
Para Kwon Jeong-saeng, la guerra es el espacio donde el ser humano pierde la vista y la memoria: se deja de ver a los demás como a semejantes y se olvida que tanto unos como otros desean ser felices y sufren por idénticas razones. Sin embargo, para el autor de Monsil el estado de parálisis emocional en que la guerra sumerge al individuo no es permanente, sino que existe la posibilidad de poder ver al otro -al pariente, al vecino e incluso al enemigo- como lo que es, es decir, un ser humano que si actúa dañando a otros no es por que sea malo en sí, sino porque las circunstancias del mundo lo han orillado a hacerlo. Recordemos a la madre de Monsil, la señora Myliang, que abandona al esposo y se une a otro señor con el objetivo de tener algo que comer para ella y para su hija; o el mismo padre, el señor Chung, quien se ve obligado a dejar a esposa e hija para buscar un trabajo lejos del pueblo natal y de su querida familia.
La guerra, a través de esta novela, asume su verdadero rostro ante el lector y abandona sus viejas máscaras. Ya no es la guerra que convierte a los niños en hombres; la que beneficia económicamente a un pueblo distante; de la que se narran noticias de victorias y de multitudes que alegres dan la bienvenida a los aliados libertadores; la que es necesaria y moralmente buena para implantar democracias donde no las hay; o la que necesita toda sociedad para renovarse. No.
En Monsil la guerra aparece con toda su crudeza: bebés que mueren por la falta de alimento o que mueren golpeados en un basurero por una multitud sin tener culpa alguna más que haber nacido con una piel más oscura; hombres que mueren de infecciones causadas por heridas de guerra mal curadas; niños que aprenden a robar alimentos para sobrevivir; asesinatos a sangre fría por parte de bandos con ideologías contrarias, etcétera. La lista de horrores de una guerra es interminable.
En India, país que vivió también el trauma de la separación, nació una literatura que hablaba en términos parecidos sobre las atrocidades del proceso de separación. El Hindustán -antiguo nombre de lo que ahora es India, Paquistán y Bangladesh- tenía que ser dividido, de acuerdo con los ideólogos comunalistas, en dos regiones: una para los musulmanes -Paquistán al oeste y Bangladesh al este- y otra para los hindúes -India-.
De este modo, los hindúes de Paquistán y Bangladesh fueron obligados a migrar a India y los musulmanes de India a trasladarse a Paquistán o Bangladesh, abandonando parientes, amigos, vecinos y todo tipo de bienes materiales. Además, el proceso de división estuvo acompañado de saqueos, violaciones y asesinatos entre hindúes y musulmanes, motivados por odios y prejuicios. Y fueron varios autores los que, tras vivir esta experiencia traumática, decidieron hacer de éste el tema central de sus obras.
Uno de los autores más importantes que escribieron sobre la división fue Sadaat Hasan Manto (1912-1955), nacido indio y muerto paquistaní. Su estética se enfocaba en acercar al lector a la violencia, es decir, que la violencia de la división del Hindustán fuera experimentada por quien leía sus obras de manera inmediata. La violencia es, para los personajes de Manto, una realidad cotidiana. Asi, su objetivo consistía en que sus relatos fueran como un espejo que reflejara con total fidelidad la fiereza con que hindúes y paquistaníes se destrozaban. En el cuento “Reformed”, Islaah, los personajes son victimarios y a la vez víctimas de la violencia que parece reinar en su realidad cotidiana:
“¿Quién es usted?”
“Pero, ¿quién es usted?”
“¡Har Har Mahadev! ¡Har Har Mahadev! ¡Har Har Mahadev!”
“¿Cómo podemos comprobarlo?”
“¿Comprobarlo? Pero si me llamo Dharamchand.”
“Pero eso no prueba nada.”
“Estoy educado en los cuatro Vedas. Pregúntenme sobre ellos.”
“Pero nosotros no conocemos los Vedas. Queremos una prueba.”
“¿Qué?”
“Quítate la ropa.”
Un sonido de sorpresa se escuchó al mismo tiempo que su ropa descendía.
“¡Mátenlo! ¡Mátenlo!”
“Esperen, esperen. Yo soy uno de ustedes. Lo juro. Soy uno de ustedes.”
“Entonces, ¿qué es eso?”
“La localidad donde vivía estaba llena de enemigos. Por eso fui forzado a hacerlo para salvar mi vida. Éste fui mi único error. Por todo lo demás, estoy bien.”
“Córtenle el error.”
El error fue extirpado. Entonces ya era Dharamchand.
(India Partitioned, 1995:95)
En este cuento la ideología tiene un papel central: los guardias, quienes no tienen claro cómo definir a un hindú, buscan los rasgos más visibles: el musulmán está circuncidado y el hindú no. Así, Dharamchand podría presentar todas las pruebas de ser un brahman, pero todas ellas son inútiles puesto que no son visibles: el conocimiento de los Vedas, la casta y el nombre no pueden palparse en la realidad.
Saadat Hasan Manto fue muy criticado por sus cólegas contemporáneos, pues lo culpaban de ser un mercenario que lucraba con la violencia de sus tiempos al considerar que sus personajes y situaciones de la literatura tenían como único objetivo crear en el lector morbo a partir de una temática gratuitamente violenta, lo que era repugnante. A estas objeciones, Manto respondía que, si sus cuentos eran repugnantes, se debía a que la realidad era repugnante ya que sus cuentos trataban de ser retrato fiel de lo que acontecía a su alrededor.
Aquí encontramos una divergencia, entonces, entre la visión de Saadat Hasan Manto y Kwon Jeong-saeng. Para el primero, la degradación de su tiempo no radica en nada. Esta postura de Manto se debe, probablemente, a que no tenía intención alguna por escribir una literatura que adoctrinara ni que aconsejara nada al lector. Simple y llanamente que éste mirara la realidad como el propio Manto la observaba. Para el autor coreano, la existencia de la guerra, de la violencia, de las desgracias o todo aquello adverso tienen, sin duda, un origen.
Kwon Jeong-saeng señala, en la introducción a Monsil, que aunque el ser humano realice acciones en apariencia malas, se debe tratar de comprender -como hace la protagonista de la novela- que siempre hay una gran causa para cada pequeña desgracia:
“A veces veo que los niños mayores hacen pelear a los menores en las callejuelas o patios de recreo. Detrás delos pequeños, los grandes malquistan y los azuzan hasta lograr que se peleen.
Resultan más odiosos quienes provocan las peleas que quienes se golpean. Llamamos “ladrones” a las personas que roban cosas o dinero y hablamos mal de ellas.
Los niños se burlan de Monsil, la protagonista, porque cojea a causa de una herida en la pierna. Monsil nunca buscó lastimarse ni quedar coja, pero sufre al ver que es objeto de la burla de los demás.
De la misma manera, las personas que se apropian de lo ajeno no lo hacen por el gusto de ser ladrones, sino porque atraviesan por una situación difícil o por alguna otra causa de fuerza mayor. Al igual que los niños mayores que hace pelear a los pequeños, alguien los indujo a robar.
El resto de las personas ignora tales causas y por eso afirman que los ladrones son malos y los castigan.” (Monsil:5)
Pero, en este punto, conviene preguntarnos a quiénes se refiere Kwon Jeong-saeng con “los niños mayores” o con los que inducen a robar a los otros. Volviendo a la idea planteada al final del primer apartado, por el contexto histórico y social en que Kwon compone esta novela, considero que podría referirse a Chun Doo-hwan, líder golpista que derrocó a Park Chung-hee el 26 octubre de 1979. Los ochenta fueron, para Corea, años de gran activismo político para conseguir que se instauraran gobiernos civiles, elegidos a través de elecciones populares. Pero la represión del gobierno contra los movimientos opositores fue más agresiva que el ánimo de los protestantes.
Interpretando la perspectiva de Kwon Jeong-saeng, no habría razón valedera para que los militares y los policías asesinaran a aquellos compatriotas que se manifestaban en contra del régimen político. Pero el autor de Excremento de Perro los exculparía al encontrar que el responsable directo estaba en la cabeza del gobierno: Chun Doo-hwan. Los soldados y los policías eran, pues, los niños pequeños obligados por los niños mayores, los dirigentes políticos de aquel entonces.
De esta manera, el personaje de Monsil podría entenderse desde tres puntos de vista: en el primero, Monsil es la personificación de la nación coreana, la que acoge en su regazo a todos sus hermanos -coreanos nacionalistas y coreanos comunistas- sin hacer distinciones; en el segundo, Monsil representaría al pueblo civil de Corea del Sur que no comprende por qué militares y civiles se enfrentan, siendo todos ellos los niños menores bajo el control de uno mayor; en el tercero, a un nivel individual, Monsil podría funcionar como el ideal humano con que Kwon habría deseado que cada individuo se condujera por la vida.
La guerra de Corea, según el narrador de Monsil, fue causada por la avaricia de los más ricos, mientras que los campesinos y los habitantes pobres de las ciudades, fueron conducidos contra su voluntad a una guerra que ellos no provocaron y que, además, no entendían bien a bien. Monsil, por ejemplo, pregunta a una integrante del ejército comunista: “¿Por qué el Ejército Popular [el ejército de Corea del Norte] mata al Ejército Nacional [el ejército de Corea del Sur] y el Ejército Nacional mata al Ejército Popular?” ( Monsil:75)
Asimismo, Monsil no comprende por qué el abuelo de la casa del cerezal del Valle Rocoso es arrestado por las autoridades del pueblo cuando lo única culpa es darle comida a su hijo, un guerrillero comunista. El padre de Monsil, el señor Chung, responde que el anciano debe ser castigado por apoyar a los rojos, a lo que Monsil replica: “Aunque sea rojo, papá e hijo no pueden ser enemigos. Si mi papá se fuera de la casa por rojo, yo también le prepararía pastel y pollo.” (Monsil:41)
Frente a tal respuesta, el señor Chung sólo atina a mover la cabeza sin pronunciar palabra. Desde el punto de vista del padre, las razones de esta enemistad están claras: los comunistas roban a los aldeanos. Pero desde el punto de vista de Monsil, no existen razones demasiado fuertes para que familias, vecinos y amigos se enemisten. ¿Cuál será la razón, pues, para que los adultos se enemisten contra su propio hermano, su propio vecino o su propio paisano?
Las banderas de la ideología no nos dejan mirar el azul del cielo
Cuando una potencia militar invade a una nación de menor fuerza, se da el caso que los invasores tratarán de dominar varios niveles de la sociedad subyugada. Durante la conquista española en el México prehispánico, ocurrió que la dominación de los pueblos nativos tuvo que ser tanto material como mental. Así, se derribaron templos, escuelas y palacios con el fin de obtener materiales para construir en su lugar los templos, las escuelas y los palacios de los conquistadores.
El espacio, pues, dejó de ser propiedad del nativo para convertirse en propiedad del recién llegado, quien asumió el poder de transformar el espacio y lo evidenció desacralizando los sitios santos de los nativos para darles una función diferente -por ejemplo, sobre el Templo Mayor, en la ciudad de México, se construyó un palacio que servía de residencia para personas privadas-. En el nivel mental, los misioneros hicieron su parte desestructurando el sistema religioso de las culturas prehispánicas con la desmantelación de los templos, la quema de libros sagrados, la captación del sistema educativo para el adoctrinamiento intelectual y espiritual, etcétera.
Habiendo perdido el dominio del espacio, en algunos casos el intelecto y el espíritu se levantan como dos fortalezas que se niegan a ser dominadas, de lo que da clara muestra la comunidad judía que, después de la destrucción del Templo de Jerusalén a manos de las tropas romanas bajo el mando de Tito en el año 70 e. c., decide llevar el culto al interior de cada persona. El resultado de esta decisión es que la comunidad judía, en la actualidad, continúa siendo uno de los grupos humanos con identidad cultural fuerte.
Es, entonces, que la conquista del ámbito interno de cada individuo enraiza con mayor profundidad y es la manera más efectiva para controlar a otro ser humano. Claro está que los intentos de dominar a otros no ocurre sólo en el caso de una conquista militar o de una invasión, sino que ocurre constantemente, siempre y cuando exista un grupo que desee dominar sobre otro.
En la historia de Monsil encontramos a varios personajes cuya visión de la vida está obnubilada por las ideologías. Entendiendo que una ideología es una representación simplificada del mundo y de sus procesos construidos a partir de supuestos sobre la realidad, de existencia prolongada y no demostrables, es comprensible que algunos personajes de Monsil realicen actos crueles y que Monsil aun logre encontrar una justificación para sus actos, pues las ideologías también desempeñan el papel de los “niños mayores” que azuzan a los menores a pelear, a robar o a matar.
Ésta parece ser la principal razón por la que los seres humanos, siguiendo a Kwon Jeong-saeng, no pueden verse como lo que son y, por el contrario, etiquetan al prójimo con categorías de clase, de raza o de ideología. La partisana comunista explica a Monsil que tanto en el ejército nacional como en el popular existen personas buenas y malas, y que las diferencias entre dos personas desaparecerían siempre y cuando se vieran como seres humanos. Habla Choi Geum-sun, la militar comunista:
“...cuando se piensa en posición social, en clase y en lograr un beneficio, [todos] se vuelven malos. El ejército Nacional y el Popular intentan matarse cuando se encuentran porque son enemigos, pero si se encontraran como seres humanos, no podrían hacerlo.” (Monsil:75)
Son, desde esta perspectiva, las etiquetas con que uno califica al mundo los instrumentos de control de la esfera espiritual y mental, las marcas que impiden a toda persona darse cuenta de que la realidad es diferente a como comúnmente la percibimos. Un individuo, si lo dejamos de calificar por su peso, por su estatura, por el color de su piel, por su forma de vestir, por sus opiniones políticas, por todo lo accesorio, se revelará ante nuestros ojos como un simple ser humano que esencialmente no es diferente de uno mismo.
Esto lo entiende perfectamente Monsil, de manera que cuando llega a la puerta de su casa un chico de 16 años, con apariencia de mendigo, exigiéndole agua, a ella le vuelven a la memoria las palabras de Choi Geum-sun. Así que trata de verlo como un ser humano, para llevarse bien con el recién llegado. Pero éste se enfada cuando es cuestionado por Monsil sobre sus aptitudes para la guerra, a lo que el chico responde que lucha para el pueblo y remata con las palabras propias del adoctrinado: “Tenemos que matar a los elementos reaccionarios que persiguen a la gente” (Monsil:79).
Para Monsil queda claro que en los dos bandos, en el ejército nacional y en el popular, hay “elementos reaccionarios”, por lo que interroga enseguida al muchacho que contesta, en esta ocasión, con amenazas de matarla. Sin embargo, Monsil toma valor y resiste firmemente sabiendo que el jovencito no se atreverá a asesinarla. Al final del encuentro, él da media vuelta, corre sollozando y llama a gritos a su madre.
El argumento presentado aquí por Kwon Jeong-saeng es que, a fin de cuentas, nadie desea estar en una guerra, nadie -en su sano juicio- desea matar a otro, nadie desea abandonar familia hogar y amigos para luchar en un lugar desconocido contra un enemigo que, en esencia, es construido por la imaginación, por las etiquetas con que el adoctrinamiento social, cultura e ideológico, equipa a las personas para clasificar a los demás.
Kwon Jeong-saeng, en esta postura, demuestra su fe en las personas. La humanidad no es mala por naturaleza, sino que son dos los factores que la orillan a actuar en detrimento de sus prójimos: el primero es el control de la esfera interna, cuyo responsable es en Monsil el niño mayor sobre los niños pequeños. El segundo factor lo constituyen las circunstancias, determinadas por la sociedad misma.
La individualidad se encuentra profundamente dominada por la sociedad. A lo largo de la novela encontramos que el temor al rumor público, el “chisme”, debe ser evitado a toda costa. ¿Por qué si no la madre del bebé negro lo abandona en un basurero? Esto puede ser explicado por las características de la sociedad coreana.
Rhie Won-bok, en su libro Korea unmasked, señala que la sociedad coreana es más confuciana que China (y que, incluso en los últimos años, se está convirtiendo en un país más cristiano que los tradicionalmente seguidores de la fe cristiana). Según el confucianismo, el estado debe ser reflejo de lo que es la unidad de la familia. La sociedad, en consecuencia, debe construirse de la misma manera como se construye el núcleo familiar, y las jerarquías que en él encontramos deben repetirse a una mayor escala en toda la comunidad.
Al poner a la familia en el centro del ordenamiento social, ésta asume una estructura rígida en la que las jerarquías no deben ser transgredidas y cada quien debe aceptar y desempeñar el papel que se le ha asignado. De este modo, los roles sociales están definidos por la función que deben desempeñar en la sociedad. Si una mujer madura no se ha casado, entonces no está cumpliendo con la sociedad o si es una prostituta, debemos suponer que sus hijos no pertenecerán a ningún núcleo familiar bien definido y, en consecuencia, estarán fuera de la sociedad.
Es por esto que, en Monsil, cuando nuestra protagonista descubre al bebé abandonado en el basurero, encuentra las razones socialmente suficientes para justificar a la madre que lo hizo: un bebé negro sería mal visto por la comunidad, que sancionaría a la madre por no participar en el bienestar de su comunidad y por buscar el beneficio propio, en este caso, acudir a los soldados estadounidenses para recibir a cambio de su cuerpo, alimentos y dinero. Sin embargo, Monsil no la descalifica sino que la comprende. Sabe que la madre no encontró, dentro de las circunstancias particulares de su vida, una opción mejor para salir de su conflicto.
Monsil grita, entonces, a la muchedumbre que golpea al bebe sin cesar: “No hagan eso. Cualquiera puede ser puta y princesa extranjera cuando se tiene hambre”. (Monsil:114) Y, lo más importante, su nueva percepción del mundo, es decir, ver a todos los demás como seres humanos, hace que vea en el bebé un ser necesitado de cuidado y amor, por lo que lo rescata de la multitud furibunda. Frente a la acción de Monsil, la gente la llama “loca”.
El personaje de Monsil representa, pues, el ideal humano de Kwon Jeong-saeng: el individuo que pueda desprenderse de los prejuicios sociales, ideológicos y culturales, tendrá la capacidad de encontrar en los otros verdaderos seres humanos, necesitados de amor y cariño. La igualdad no puede comenzar por la igualdad política ni social; debe comenzar por ver al vecino, al amigo o al pariente como seres humanos que en la realidad no están tan alejados de uno mismo.
A lo que te truje Chencha
¿Existe alguna otra frase que manifieste con la mayor claridad la violencia que ejerce el varón sobre la mujer en el contexto de la sociedad mexicana? Esta expresión continúa en uso, lo que evidencia el hecho de que la mexicana sigue siendo una sociedad patriarcal, una sociedad en la que -desvirtuando a Martín Lutero- sólo existen “Dios y Hombre”. Para este apartado utilizaré el testimonio de una mujer, de nombre Natalia, en el cual ésta relata su infancia, su adolescencia y su primera adultez. (Walker, Catorce estampas:549-645)
Natalia, nacida en el pueblo de Grajales, en el estado de Puebla (México), fue la octava hija de un total de diez. Sus padres, de origen humilde, llevaban una vida un tanto peculiar: su padre tenía dos esposas, ambas en diferentes pueblos y ambas con numerosos hijos. La primera esposa del hombre era varios años mayor que él y su matrimonio había ocurrido muchos años antes de que conocer a su segunda esposa. Según el relato de Natalia, cuando nació la primera hija de su segundo matrimonio, el padre ya tenía más de 50 años. Y con el paso de los años, sin separarse de las dos esposas, el padre vivió entre dos familias.
Cuenta Natalia que su padre era un hombre seco de emociones, que acostumbraba ser muy severo con ella y sus hermanos, que era alcohólico y golpeador. Así, cuenta Natalia que la figura de su padre, cuando ella era una niña, le infundía temor. Ella fue creciendo con pesadillas en las que el padre la llamaba al patio de la casa donde le pedía que le ayudara a matar un cordero. Ella, a regañadientes, sostenía con fuerza las patas traseras del animal pero de repente éste, que estaba a punto de perder la vida, se convertía en un Jesús crucificado. Entonces ella veía con horror el cuerpo ensangrentado de la figura religiosa que la miraba desde su cruz con ojos que la aterrorizaban. Natalia entonces lo soltaba llena de pánico y el Jesús crucificado se levantaba de los maderos, ya sin manos ni pies, y comenzaba a perseguir a Natalia y a su padre. Y esa era su mayor pesadilla. Para Natalia, su padre era más que una persona a la que se le tendría cariño y amor, una figura que representaba un tirano, un ser que dominaba las vidas de su madre, de sus hermanos y de ella. Narra Natalia:
“Mi papá era lo opuesto de ella, era bien egoísta y aunque no quieras y digas es mi papá y olvídalo todo, es bien difícil olvidar la infancia al lado de un padre alcohólico y deja lo alcohólico, yo conozco mucha gente ahí en el pueblo, alcohólica, pero él tenía un chorro de broncas, era bien egoísta, tenía otra familia, nunca nos apoyó en nada, nada”. (Walker:567)
El padre de Natalia, asimismo, creía que una mujer no debía estudiar puesto que su destino final era casarse. Que una mujer asistiera a la escuela era “una perdida de tiempo”. Además, las condiciones de pobreza en que vivía la familia de Natalia impedían que ella y sus hermanos recibieran educación escolar. El padre no estaba dispuesto a aportar dinero para útiles escolares ni para uniformes. Todos sus recursos económicos eran destinados para adquirir bebidas alcohólicas.
La vida con un padre alcohólico fue en extremo difícil para Natalia, pues obtener de él apoyo moral como económico era imposible, pues su padre era un hombre que se cerraba dentro de sí mismo a causa de su enfermedad:
“No había otra fecha que estuviera contento más que cuando estaba borracho, las navidades, el Año Nuevo, las fechas así importantes, él se hacía el occiso [sic.] y se dormía temprano, entonces nos amargaba la existencia porque no podíamos hacer ruido, no podíamos cantar, no podíamos hacer fiesta porque se enojaba. Esas fechas no se emborrachaba, no sé si porque no tenía dinero o le entraba sentimiento o qué sé yo, pero no tomaba en esas fechas y se hacía el enojado y ahí teníamos que rogarle como tres horas: levántate a cenar.” (Walker:568)
El retrato que hace Natalia de su padre, coincide en algunos puntos con el del padre de Monsil. El señor Chung no tiene empleo, es alcohólico y es violento. Otro hombre que aparece en la novela y que podrían llenar la necesidad de Monsil por un padre, el señor Kim, segundo esposo de la señora Myliang, mata también todas sus esperanzas por llenar el vacío que el padre legítimo ha dejado. El por un arrebato de ira del señor Kim, además, por el que Monsil sufre la fractura de su rodilla que inmovilizará su pierna por el resto de sus días.
Los hombres, tanto el señor Kim como el señor Chung, se niegan a críar los hijos que no son de su sangre. Por un lado, Kim se niega a mantener a Monsil y el señor Chung se niega a que Monsil lleve a vivir a Young Deuk y a Young Sun, hijos de Myliang y Kim, a su casa. De forma muy parecida, el padre de Natalia se niega a hacerse cargo de ella y de sus hermanos tras el fallecimiento de su madre con el argumento de que ninguno de ellos era su hijo legítimo puesto que no se parecían físicamente:
“Cuando mi mamá murió, mi papá dijo: no que ya no hay nada que nos una, ya se murió Ángela [la madre], ahora se van a quedar ustedes ahí [...] se las va a cargar la chingada, se van a morir de hambre y se quedan ahí.” (Walker:587)
En la novela de Kwon Jeong-saeng, las figuras masculinas no muestran sus emociones más que en casos muy extremos, en que la tensión emocional es muy difícil de resistir. Así, Chung expresa un odio profundo por Myliang, que lo ha abandonado por el señor Kim. Cuando Monsil le comunica que aquélla ha muerto, su primera reacción es alegrarse por la muerte de “esa puta”. Y no sabemos cuánto era el amor del señor Chung por su antigua esposa hasta que, sin poder ocultarlo, Monsil lo ve sollozando de espaldas y acostado sobre el suelo.
El confucianismo, que promueve la devoción por el Estado, la piedad filial por los padres, por los hermanos y por los mayores en general, y la lealtad por la comunidad, permea a la sociedad coreana y hace que quienes en ella habitan actúen de forma automática y correspondiente con los ideales confucianistas. De este modo Monsil, aun sufriendo los maltratos del padre, continúa profesando un amor y un cariño especiales por su padre. Cuando el señor Chung regresa de la guerra con la pierna herida, Monsil busca a toda costa conseguir dinero y comida para mantener a los tres integrantes de su pequeña familia, el señor Chung, su media hermana Nannam y ella misma.
De manera similar, a pesar de los regaños y golpes que recibe de su padre, Natalia continúa respetándolo porque es el jefe de la familia. Sin su aprobación no hay acción que los hijos realicen. Aún hoy todavía puede encontrarse en México este tipo de educación tradicional, según la cual el padre es el que debe decidir por los hijos, puesto que es él el que sabe qué necesita cada miembro de su familia. Al faltar el padre, es el hijo mayor quien se hace cargo de los asuntos familiares. Y en caso de faltar éste, será el hijo inmediato. Pero, por lo general, es un hombre el que debe llevar la guía de la familia.
Esta forma de organización social se encuentra en Corea también. Una prueba de esto es la “Ley para el cabeza de familia” que continúa vigente aún en nuestros días. Esta ley estipula que si el cabeza de familia -por lo general, el esposo- fallece, debe sucederlo el hijo primogénito. Faltando aquél, entonces lo sucederá un nieto, pero nunca una mujer. Dicha ley también ordena que la mujer, al casarse, pierda su apellido y deba registrarse con el apellido de su marido. En Corea es una ley vigente, mientras que en México es una costumbre que en ocasiones se sigue y en otras se ignora. Sin embargo, esto delata cómo ambas sociedades aún siguen siendo patriarcales, tendientes a la conservación de las formas de dominación masculina.
En su relato, Natalia explica que en opinión de su padre la educación de las mujeres era algo a lo que no valía la pena poner atención ni recursos. Siendo ésta la forma de pensar en muchos lugares de nuestro país, son muchas las niñas que no tienen el apoyo económico para ingresar a un colegio y, con ello, para aumentar sus oportunidades de trabajo en las etapas de madurez. Mantener fuera de la instrucción escolar a un conjunto de la sociedad de considerable tamaño ha ocasionado que la sociedad mexicana reduzca la capacidad de su capital humano y, por tanto, de su productividad material e intelectual.
La vida de Natalia es un ejemplo de lucha contra los estándares que la sociedad le impone: como el padre la priva de su apoyo económico, ella tiene que procurarse por sí sola los recursos para asistir a la escuela, aunque se supera también gracias a la ayuda de sus hermanos mayores que ya trabajan y que entienden que, sin educación, no puede haber un mejoramiento real en la vida.
Por otro lado, la vida de Monsil, aunque pertenece a una obra de ficción, nos hace echar un vistazo a la situación de la mujer en la Corea de los tiempos de la división. Es el varón el centro en el cual giran las vidas de los miembros femeninos de la familia. Una mujer soltera y en edad núbil no está completa si no depende de un hombre. De este modo, es comprensible también que Myliang buscara unirse con un segundo esposo puesto que sola, según la sociedad coreana, no podría sobrevivir.
Sin embargo, Monsil, igual que Natalia, se niega a adecuarse al papel que la sociedad le aplica. Y esta inconformidad con las normas sociales la hace declarar que ella no se casará nunca, pues a lo largo de las calamidades que ha tenido que experimentar se ha dado cuenta de que por sí misma es capaz de superar cualquier obstáculo: recuerda frecuentemente a la niña que vende flores en el mercado y que se niega a recibir de Monsil más dinero por el costo real de sus ramos, puesto que sus padres le han enseñado que no debe vivir de regalos sino de su propio esfuerzo. Esta posición ante la vida la utiliza Monsil para construir su propia idea del camino de su vida, tal como le enseñara el maestro Choi. La hija mayor del señor Chung debe salir de las situaciones difíciles a partir de sí misma y no dependiendo de otras personas. La dependencia conduce al hambre. La independencia da alimento para quien trabaja.
Monsil, entonces, se yergue como un individuo que ha alcanzado la fuerza interna. Ya no es un hombre el que la sostendrá anímica y materialmente, sino que será ella misma la que, tras vislumbrar el camino de su vida y asumirlo, se mantenga de pie ante las adversidades y en torno a quien giren las vidas de su padre y de sus hermanos Nannam, Young Sun y Young Deuk.
En el último capítulo, cuando descubrimos que Monsil es una adulta ya, que está casada y que es madre de dos hijos, ella continúa siendo el pilar de su familia: su hermana Young Sun le escribe una carta agradeciéndole todo lo que su hermana mayor ha hecho por ella y por su hermano, Young Deuk. Y la misma Nannam, que prefiere ser adoptada en su infancia por una familia rica que seguir viviendo junto a Monsil, se comporta como una niña al lado de su hermana mayor cuando ésta la visita en el hospital.
Monsil representa la transmutación del ser desprotegido en el protector. Ella ha dejado de necesitar los cuidados para convertirse en la que vive para cuidar. Al final del capítulo veintidós, cuando Nannam se ha ido de la casa de la señora Keum-nyun, Monsil sale de ahí para buscar a sus otros dos hermanos, hijos de Myliang. La necesidad de Monsil por tener a alguien a quien dar su cariño es mayor a cualquier otra fuerza en su interior. Ella es, pues, la madre por antonomasia; o bien, la madre Corea que ama a todos por igual y que llevará para siempre la marca de la división, exactamente igual que Monsil lleva consigo la marca del odio en su rodilla.
El final del camino
Kwon Jeong-saeng resume con una frase lo que me parece la esencia de su novela: “Si no desaparece la violencia en este mundo, el género humano jamás alcanzará una vida feliz.” (Monsil:173) Monsil, desde mi punto de vista, tiene como tesis principal la reconciliación por medio del abandono de la violencia.
¿De dónde proviene ésta? Tiene su origen en la visión equivocada del otro, puesto que cada persona tiene los ojos velados por las ideologías y las categorías socialmente construidas, como prejuicios de clase, de género o de raza. El remedio para una ceguera de este tipo es, de acuerdo con Kwon Jeong-saeng, descubrir en los demás lo que hay en nosotros mismos y esto es, en esencia, un ser humano.
Para alcanzar la igualdad política y la igualdad social, primero debe existir, como sustrato firme, la comprensión de que no existen enemigos ni adversarios reales, sino que todos nosotros estamos separados únicamente por ideas, conceptos e imaginaciones. Debajo de nuestras ropas, los seres humanos son idénticos: sienten hambre, sienten frío, sienten amor y necesidad de cariño. Alcanzando esa visión, los enemigos se disipan. Alcanzando esta visión, desaparece el “niño mayor” que controla desde arriba los hilos con que pretende controlar a los niños más pequeños.
Monsil es la narración del camino de una vida humana desde la oscuridad hasta la luz. Kwon invita al lector a unirse a esta travesía de forma que, al final, quien se haya sumergido en su libro elija la posibilidad de convertirse en eje y no satélite de su propia vida. Kwon sugiere al lector la idea de que la vida está hecha de responsabilidades y tal es el significado de elegir el camino propio.
Pero Monsil es también la metáfora de Corea del Sur, el pueblo civil que pide a los poderes opresores que se percaten de que están eliminando al hermano, al amigo y al vecino; que el enemigo es un maniquí al que se ha vestido con ropas ideológicas. Monsil es incluso la nación dividida que debe hacerse cargo de sí misma desprendiéndose de las ideologías y distinguiendo que al fondo del espejo, tanto la que aparece al otro lado como la que se encuentra aquí son una sola persona: ¿qué es el paralelo 38, pues, sino una línea imaginaria, un espejismo?
Bibliografía
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-Rhie Won-bok. Korea unmasked, Gimm Young International, Seúl, 2002.
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