Coleccion de Literatura Coreana

Una colección de Ediciones del Ermitaño

Laura Rojo Farber

Ensayo: "SOBRE EL PARALELO 38", acreedor a una mención especial en el 1er Concurso de Ensayo sobre Literatura Coreana basado en Monsil de KWONG Jeong-saeng

Por Diana de Lourdes Baptista

Sobre el Paralelo 38

Hogar, hogar, aunque he llegado a mi hogar, sólo el cielo que solía amar esta en lo alto y azul. (“Hogar”, Chong Chiyong )

Armonía Ausente
Ahí donde los tanques de guerra cruzan la tierra, mientras que el viento levanta el sucio polvo de su trayecto, se erige un cartel que lee, en letras estadounidenses, “Usted está cruzando el Paralelo 38”. Justo en ese punto empezó la guerra de 1950, marcando con su inicio la división entre dos Coreas. Es curiosa la manera en que un punto cualquiera en el plano ecuatorial de la Tierra nos separa, como si fuese el mismo destino el que quisiese a los humanos divididos en dos.
Mientras reflexiono, mi mirada recae sobre una pequeña niña (de aproximadamente siete años de edad, con una pierna más corta que otra) parada junto al cartel, sus ropas rotas y manchadas, su cara quemada por el sol y su espalda ligeramente encorvada, como si hubiese tenido que cargar con un gran peso durante un largo tiempo. Su mirada parece ausente, preocupada. Sus pies avanzan aunque, casi instantáneamente, vuelven a retroceder.
Entiendo que la pequeña está tratando de decidirse por alguno de los dos caminos, pero sin mucho éxito. Es extraño como la mayoría de las situaciones humanas son ambivalentes; así el Paralelo actúa sobre la niña: fina línea fronteriza entre Sur y Norte, bien y mal, Ejército de Liberación Popular y Ejército Nacional del Sur, Estados Unidos y URSS, mamá y papá…
Me acerco tímidamente, con miedo a asustarla y hacer que se vaya. Quisiera tomarla de la mano y demostrarle que cualquier camino es adecuado, puesto que no hay bueno ni malo. Cuando llego a donde está ella, voltea a verme con sus pequeños ojos negros, mucho más viejos que los míos; mucho más tristes y sabios. Al ver mi mano extendida no la rechaza, pero sé que no la tomará: es claro que ella entiende algo que yo no, como aquellos recién nacidos que observan fijamente- con sus hermosos ojos nuevos- el mundo, como si tuviesen la respuesta a todo.
La niña es una desconocida para mí. No sé quién es, de dónde viene o cómo llegó aquí. Sus rasgos son orientales, tan distintivos como sólo el pasado puede serlo. Ella inmediatamente se da cuenta de que soy extranjera: mi color y mis rasgos no pertenecen a las caras que ella reconoce y ama, así como tampoco se parecen a las demás caras extranjeras que ahora rondan por sus lares. No obstante, sé que no desconfía de mí: un halo inexplicable surca su cuerpo, uno que espera conocer a un humano bueno.
De pronto, yo tampoco soy capaz de elegir un camino. Si miro al Norte, veo la misma tierra vieja, llena de historia, que si miro al Sur. Las caras cansadas de los soldados me parecen igual de ambos lados; los tanques y las armas parecen igual de letales por las dos partes. Si ambas opciones parecen igual de terribles, ¿cuál es la mejor, en realidad? ¿No es mejor quedarse varado en medio, viendo las cosas suceder?
Desde entonces acompaño a la niña en su soledad, observando a los tanques pasar por la frontera, manejados por soldados nostálgicos. Yo a diario extraño mi hogar; la tristeza de la guerra es muy diferente a cualquier otra que yo haya sentido antes. Quiero irme, pero me siento ligeramente perdida. Aunque no conozco nada sobre la niña, sé que ella ya está en su hogar, el cual cambió tanto que ahora le parece lejano, distinto.
Ella no sabe mi nombre, así como tampoco sabe el tuyo. Pero su nombre me recuerda a valles y montañas, y a una historia poco contada; resuena entre las balas de noche y entre los llantos de los niños. Incluso ahora, cuando lo pronuncio, me inclino para susurrarlo en tu oído. Así de frágil parece Monsil...
* * *
Si algo buscó Kwon Jeong-Saeng a través del texto, fue demostrar las razones por las que Corea -y el resto del mundo- no puede coexistir armónicamente. Si habitamos un mundo tan violento, donde la estabilidad se ve afectada por guerras terribles, la humanidad no puede mantener un espíritu puro. Es debido a esta inestabilidad que los niños crecen acostumbrados a la violencia, tomando como normal el asesinato, las armas, las batallas. Pero tal vez no podamos, como especie, concebir un mundo sin violencia, ya que nos es imposible conservar la armonía.
Tal conservación se basa en una serie preceptos confucionistas, en los cuales cada persona debe aceptar su lugar dentro de la sociedad, así como responder correctamente en sus relaciones con los otros. Esto es porque las personas no son iguales en Corea: la posición y la responsabilidad difieren de persona a persona, dependiendo de su historia y su género.
La reciprocidad es indispensable, pues todos dependen de los otros para lograr una existencia feliz. La sociedad coreana, por principio, tiene en gran estima a los ancianos, quienes poseen mayor sabiduría por su edad. Las abuelas son mujeres importantes dentro de la comunidad, en ellas recaen las decisiones más importantes y a ellas se recurre ante cualquier emergencia.
En la relación padres-hijos, el papá tiene la responsabilidad de mantener, proteger y enseñar por medio del ejemplo a sus hijos, quienes deben obedecer estrictamente y cuidar de ellos cuando estén enfermos o viejos. La madre, por su parte, debe velar por los intereses personales de los hijos, así como llevar una administración óptima del hogar, de manera que su descendencia pueda disfrutar de una vida familiar sin mayor conflicto. Entre hermanos también deben cuidarse, pues el bienestar de uno es el del otro. Los mayores tienen mayor obligación hacia los pequeños, pues son quienes ponen el ejemplo en cuanto a la obediencia y la responsabilidad.
La relación marido-mujer es muy parecida: el hombre es quien debe proveer con todo lo necesario para la subsistencia del hogar, procurando a su mujer con todo lo que llegase a necesitar. Mientras, la esposa es la encargada de administrar y cuidar la vida doméstica, satisfaciendo al marido en todo, sobretodo con su obediencia. Una mujer no puede vivir sin casarse, por regla. Todas necesitan de un hombre que las provea, pues es la forma correcta de vivir. A pesar de que existe una relación sumisa hacia los hombres, hay algo en común en la relación: a ambos se les exige plena fidelidad; ni hombre ni mujer pueden abandonar a sus familias, ni dejar de proveerlas, ni cambiarlas por otras.
También está la relación entre amigos, en la que ambas partes deben mostrar solidaridad y apoyo hacia el otro, trabajando en equipo ante cualquier situación para salir adelante. De ahí el concepto de comunidad: cuando es época de cultivo del arroz, todo el pueblo necesita trabajar unido para salir adelante, ayudándose unos a otros para todos salir beneficiados. Dicha responsabilidad para con los demás permite que los pueblos convivan en paz y que cualquier tipo de violencia sea innecesaria.
La importancia de las relaciones entre individuos es un tema central en el libro, pues constantemente se muestra cómo una comunidad puede apoyarse incluso durante tiempos adversos. Un ejemplo sobresaliente es el de las abuelas, quienes demuestran una fortaleza increíble durante la guerra. La abuela Sun-dok y la abuela Chang-gol son personajes amables constantes, quienes aparecen siempre para socorrer a Monsil. Sin embargo, y como es costumbre en el autor, también se presenta el plano opuesto: la abuela Kim es un ser malvado, que no ama a los niños de la misma manera que las demás.
La parte triste del libro también sobresale cuando se habla de las relaciones filiales de Monsil. Los personajes son tan complejos, que clasificarlos como buenos o malos es injusto. Su padre biológico, Chung, es un hombre deficiente y que falla en sus responsabilidades. Desde un principio entendemos que no provee con todo lo necesario a su familia, haciéndolos pasar por hambre y miseria. Aunque trabaja diligentemente, es un padre y esposo agresivo, que agrava las situaciones con su temperamento irascible. Es esta realización sobre el carácter del padre Chung la que lleva a Monsil a perdonar a su madre, y a clasificar a su papá como un hombre malo.
Su madre Milyang es una mujer con conflictos que trata de sobrevivir, nada más. Al ver que Monsil y ella viven en la miseria, muriendo de hambre y controladas por un hombre deficiente, su mejor solución es buscar una nueva vida en un lugar lejano, con un nuevo esposo que la provea. Es por eso que se casa con el señor Kim, a pesar de que sus acciones la conviertan en una "puta" ante los demás; a pesar de arruinar la reputación de su hija; a pesar de abandonar sus valores y anteponer sus necesidades básicas. Y es que el coreano no suele ser egoísta: antes que su bienestar está el del otro, y por tanto siempre hará lo mejor para el más débil.
Lo verdaderamente bello es la actitud de Monsil y la manera en que adopta sus responsabilidades ante sus familiares. Respeta y cuida de su padre Chung, sintiendo pena por él cuando lo ve como sirviente, cuidándolo cuando está inválido, y trabajando junto a él para sacar a su hermana adelante. A pesar de las constantes groserías del padre, ella le obedece diligentemente, siguiendo sus palabras al pie de la letra incluso cuando su madre está moribunda y no puede ir a visitarla. Ante su madre Milyang, tiene una actitud de perdón y resignación, pues conoce las razones bajo las cuales su madre actúa, comprendiéndola al cien por ciento.
Es también sorprendente el papel que juega en la vida de sus hermanos. Al ser la hermana mayor, está consciente de todas las cosas que puede hacer para apoyar y enseñar a sus menores, aunque requiere enormes sacrificios de su parte. Young-sun y Young-deuk siempre están en su mente, recordándole que su familia está partida en dos. Trabaja sin descanso, pero encuentra tiempo para compartir con sus pequeños hermanos, quienes la necesitan más que nunca cuando su madre muere. No les guarda ningún tipo de rencor ni recelo, a pesar de que su madre biológica estuvo con ellos y los procuró hasta la muerte. Tanto es lo que hace por ellos, que al final su misma hermana se lo reconoce: Todo es gracias ti, hermana. Si no hubieras estado, mi hermano y yo habríamos llevado una mala vida y habríamos muerto.

Sin embargo, el mayor sacrificio se denota respecto a Nam-nam, su hermana huérfana de madre que, de no haber sido por Monsil, habría muerto desde recién nacida. Es la pequeña niña coja quien, a base de sudor y lágrimas, saca adelante al bebé. Incluso cuando todos los vecinos estaban seguros de que moriría; incluso cuando la comida era mala y la guerra estaba en su apogeo, Monsil logra ofrecerle una oportunidad de vida a Nam-nam, a costa de la suya propia. Si hay algo verdaderamente hermoso en el libro, es ese desapego y falta de egoísmo demostrada por la eterna hermana mayor, quien saca de su boca la comida para dársela a su débil pariente.

Y no sólo Monsil demuestra que el ser humano no es siempre egoísta. Los amigos que la quieren procuran ayudarla con lo poco que tienen; su tía se preocupa por ella y por su bienestar. Su madrastra, la señora Bukchon, la quiere sinceramente a pesar de que no es su hija biológica, siendo amable con ella y enseñándole cosas importantes.

Comparando la lógica de las relaciones familiares entre México y Corea, vemos que la diferencia es mínima. México es un país matriarcal por naturaleza, aunque con distintivos rasgos misóginos, que lleva por consigna el ayudar a la familia. Las madres representan el amor máximo del mexicano, puesto que ella es quien cría y protege. Si bien es considerado un país católico, las especificaciones de las relaciones sociales no son tan específicas dentro de la cultura.

Actualmente, la mujer independiente tiene mucha mayor aceptación social, pues se ha peleado fervientemente por la igualdad y la equidad. Una muchacha que decide quedarse soltera y sin hijos, no es más contemplada como un bicho raro. Más aún, las familias uniparentales son modelos familiares aceptados, los cuales no tienen que resultar en hijos problemáticos y con vacíos sentimentales. Las parejas ya no tienen que tomar el gran paso y casarse, sino que pueden salir adelante con el sólo compromiso moral.

Sin embargo, es un hecho que la sociedad no puede salir adelante si la mismísima base (la familia) no está correctamente estructurada. Si un padre no presta suficiente atención a un hijo, si es negligente con sus responsabilidades, es seguro que ahí los valores familiares se desvanecen y empiezan los conflictos sociales. Las comunidades mexicanas con deberes sociales y familiares bien distribuidos, logran salir adelante con éxito y sin violencia.

Lo anterior enseña algo importante: la armonía sí es posible, y no es tan difícil de alcanzar. Si cada quien aceptase sus responsabilidades, cada individuo tendría su porqué y para quién vivir. Entonces pues, ¿habría violencia si no hay envidias ni egoísmo?; ¿existirían los ataques y la agresividad cuando cada quien tiene lo que se merece? Si entendemos el concepto “armonía” como un balance perfecto- un justo medio donde todo es justo y toda persona está bien- creo que la aceptación de los roles sociales es algo indispensable y, sobretodo, aplicable en el mundo contemporáneo, el cual necesita urgentemente un estado de bienestar.

La Chispa

La Vida es una vela centelleante.
La Muerte un diamante brillante.
La Vida es una comedia de la tristeza.
La Muerte una hermosa tragedia.
“La Vida y la Muerte”, Chu Yohan.

Vivir en el Paralelo no era menos que terrible. Presenciamos batallas hórridas, cuyas bélicas melodías me enfermaban. Al poco tiempo me debilité: tenía fiebres altísimas, sudaba frío y no podía pensar bien. Mientras más enfermaba, Monsil más cuidaba de mí; creo que no hubiera logrado sobrevivir sin sus cuidados constantes. Yo la veía cansada y harta, pero era solidaria y jamás se quejaba. A nadie más le importó mi vida en ese momento.

Mi fragilidad aumentaba cada vez que había movimiento armamentista por el Paralelo. Ambos lados ostentaban sus aviones y sus tanques de guerra modernos, en una competencia por mostrarse más fuertes. Recuerdo un día en que, justo a lado de nosotras, pasó una caravana de camiones con bombas nucleares. Tuve tanto miedo que desmayé y no desperté en tres días.

No sé cuanto duraron los ataques. Había fuego por todas partes: el cielo, la tierra y el mar se quemaban al mismo tiempo; vi una cantidad inefable de soldados incendiarlos. Y ellos, los soldados, que terribles y hermosos eran. Había cabezas rubias, rojas, negras y cafés. Las pieles alcanzaban tonalidades diferentes unas de otras, pero todas eran igual de maravillosas. Vimos niños consternados disparar contra el enemigo, y vimos al enemigo destruir a la infancia coreana, como si acabasen con una futuro plaga. Había un aire dulzón de arrepentimiento, ira, rencor y coraje.

Mientras más brutalidad veía, más me acostumbraba a ella. Pronto la sangre derramada ya no me impresionó tanto como en un principio, sin importar que las batallas cada vez fueran peores. Sin embargo, Monsil seguía cerrando los ojos siempre que algo horrible sucedía frente a nosotras; fuera de eso, su estoicismo seguía idéntico.

Una noche el ejército chino llegó al Paralelo, y nuestros mismos huesos temblaron ante lo que sucedía. Esa noche Monsil me tomó de la mano y no la soltó hasta que amaneció. Después regresó a su façade rígida y, sin llorar, dijo que la Muerte nos pasaría a todos. Yo me estremecí y no le volví a hablar en unos días, hasta que los chinos regresaron y le volví a tomar de la mano.

* * *

Como todas las historias habidas y por haber, Monsil habla sobre la vida y su inevitable compañera: la Muerte. El tema es fuerte dentro del texto, puesto que a ello ronda la ejemplificación de los valores y las virtudes. El personaje crece un poco más cada vez que alguien muere, y el lector crece a la par. Algo primordial sobre el tema, es que la Muerte puede ser contemplada como una cuestión ambivalente: cuando las madres de Monsil mueren, se denota con lástima que el mundo ha perdido a dos buenas personas. Por el contrario, cuando la abuela Kim muere, se le es descrito como algo malo y siniestro, puesto que ella nunca se portó como un individuo que valiera la pena.

Entonces pues, ¿qué es esta oportunidad de existir, a la cual se le llama vida? El profesor Choi habla de la vida como un camino, al cual uno debe entra completamente preparado. Se debe saber qué tan largo será el camino, y qué se necesitará para transitarlo. Esto habla de cómo una persona es responsable de su propio camino, pues sólo ella decidirá qué tan lejos quiere ir y adónde quiere llegar. Como todo trayecto, estará repleto de sorpresas y turbulencias, por lo que uno debe estar preparado para lo que pueda venir.

La Muerte no es más que parte de un ciclo, puesto que la existencia de los seres empieza con los antecesores y termina con el último de los descendientes de una misma familia. Mientras se está con vida, hay que hacerle honor al nombre de la familia y a la historia, mediante acciones buenas y correctas. Aunque hay que mencionar que la Muerte no es exclusiva, es decir, no se atiene a que el individuo sea bueno o malo. Ella llega para todos, independientemente del camino que se haya elegido. Sin embargo, lo que espera más allá de la Muerte no es tan importante como el camino mismo, es decir, tiene mayor prioridad lo que uno hace en vida.

Se dará el caso de que algunos espíritus desesperados, obligados por las circunstancias, tomen decisiones malas que los hacen sobrevivir. Aunque no sea digno, algunas mujeres se convertirán en princesas extranjeras, otros en limosneros o rateros. Tal vez a algunos se les enseñe a matar a sus semejantes, y la presión acabe por acostumbrarlos a hacerlos. Sin embargo, es importante aprender que todo acto de maldad tiene una razón profunda por detrás, y que ignorarla sería como negar al tiempo y al espacio. Nadie tiene el derecho de denigrar a otra vida humana, sin importar su condición u oficio.

Por lo mismo, el individuo no puede permitirse ser mediante engaños. La debilidad es inadmisible, porque implica que el individuo no puede tomar control de su propio ciclo. De ahí que la vida de la comunidad no le interesa a aquellos con mayor poder, puesto que ellos son quienes inician las guerras y provocan el caos. Es increíble que una mayoría viva subyugada por decisiones ajenas, que generalmente llevan a resultados malos. ¿Quien cuidan a los ciudadanos? Evidentemente no los gobiernos, puesto que permiten que poblaciones enteras perezcan bajo el fuego y la miseria.

En contraste, México es un país católico, por definición. A pesar de que la globalización y las oleadas de inmigrantes del último siglo han extendido sus ideologías, haciéndonos un país más diverso, la cultura sigue influenciada por la religión católica. En ella, la vida es u puente para la eternidad, que es lo que realmente cuenta. Uno debe honrar a Dios en vida, para poder llegar a él después de la Muerte. El consuelo a una vida llena de sufrimiento, es que la eternidad nos recompensará con creces nuestro valor. Aunque la diferencia entre creencias es esencial, esto no significa que el individuo pueda ser negligente con su comportamiento.

Y es que el autor enseña que una de las cosas principales en el trato social es el respeto a la vida ajena. Hay que entender que factores como el color, el oficio o la nacionalidad no deben separarnos más, sino hacernos regocijar por nuestra diversidad. Si los individuos pudieran comprender eso, el odio desaparecería del mundo. Porque, ¿qué sentido tiene matar a un bebé negro a patadas? ¿De qué sirve fusilar a quienes son comunistas o nacionalistas?

No puedo asegurar que la existencia sea un ciclo, y que nuestros cuerpos no sean más que maletas que llevan el equipaje de nuestro espíritu. A veces prefiero pensar que la vida es la chispa entre dos nadas (una chispa similar al Paralelo). Sin embargo, la Muerte -como el Amor- puede hacernos sentir extremadamente solitarios, por lo que es preferible imaginar que somos parte de un ciclo. Al fin, si resulta que no hay más allá, difícilmente nos importará después de muertos.

Bifurcaciones

Oh arena, ¿qué tan insignificante soy?
Oh viento, polvo, pasto, ¿qué tan insignificante soy?
Exactamente, ¿qué tan insignificante soy?
"Emergiendo del viejo palacio", Kim Suyong.

La Navidad llegó un día al Paralelo, a pesar de que yo estaba demasiado lejos de casa como para saberlo. En realidad, no nos habríamos dado cuenta sino hubiera sido por aquel soldado estadounidense, de cabello de paja y ojos metálicos, que desinteresadamente tiró su periódico por donde nosotras estábamos, como si fuésemos enormes cestos de basura con pares de piernas y orejas.

El periódico descartado era el New York Times, cuya primera plana incluía, como cada año en esa fecha, una carta escrita por una niña de 8 años de edad llamada Virginia O’Hanlon. La carta dirigida al periódico The Sun en el año de 1897, preguntaba al editor si Santa Claus en verdad existía. Francis Church, periodista y editor del Sun, respondió fervientemente con una frase famosa: Sí, Virginia, Santa Claus existe.

Eso me hizo preguntarme, ¿en qué cree Monsil? Seguramente no en un gordito bonachón invisible, que desde el Polo Norte hace una lista con los nombres de los niños que se portan bien y mal. Estoy segura que no esperas regalos preciosos por parte de un alma caritativa, que aparecerán ahí de la noche a la mañana (los regalos y la caridad no son permitidos en tiempos de guerra y miseria). La pequeña Virginia O’Hanlon y ella no creen en lo mismo, definitivamente. Lo gracioso –y esto me arranca una sonrisa del rostro- es que Francis Church, quien responde la carta, tiene mucho más en común con Monsil.

Ambos tienen fe en la generosidad, la devoción y el amor. Claro, son difíciles de encontrar, pero existen. Su intrínseca presencia es más poderosa que cualquier ente benévolo, porque creer en valores significa tener esperanza en el hombre, y eso requiere mayor convicción. En ese momento tuve una epifanía. Claro que vivimos alejados los unos de los otros en un mundo tan grande, habitado por muchísimas personas, pero al menos los corazones infantiles no son tan disímiles.

Creo firmemente que los niños son más puros, pues no se han llenado de ese resentimiento que está presente en la mayoría de las personas. Son estas personitas las que absorben lo que los mayores les enseñan, aunque lo filtran con su inocencia. Tal vez Virginia tenía razones para dudar de Santa Claus porque los niños que le rodean han perdido la inocencia, esa habilidad de creer en lo que no pueden ver.

Francis Church, al contrario, sigue con un corazón de niño, dispuesto a ver más allá de lo que sus sentidos le permiten. Monsil, aunque haya tenido que madurar rápidamente- como todos los niños huérfanos e hijos de la guerra tienen que hacerlo- al menos sigue consciente de que el individuo debe tener valores. Es un concepto un poco abstracto, el de los valores, pero no por ello son menos palpables e importantes.

Ah, Virginia, ojala nunca te cruces con una guerra y tu corazón siempre crea en Santa Claus. Y ojala tampoco quedes indiferente ante los demás niños del mundo, que no tienen tiempo para creer en eso porque están ocupados tratando de sobrevivir. Hay algunos huérfanos que no tiene que comer; hay otros que se los llevaron de sus casas y los convirtieron en soldados, y ahora los obligan a matar a sus vecinos. No a todos los niños se les permite ser felices, Virginia, pero espero que tu carta despierte consciencias y nos haga cambiar como especie.

Debo decir que, cuando le leí la carta a Monsil, ella respondió con una ligera sonrisa, que me llenó de tal manera que por una semana no me sentí enferma. Gracias pequeñas, y feliz Navidad.
* * *

Nuestra filosofía y pedagogía son ampliamente influenciadas por la cultura griega, que representa los cimientos de la cultura occidental en general. Finalmente esa cultura se mezcló con enseñanzas teológicas y, a través de un proceso de comunicación altamente complejo, llegó a forjar la moral mexicana. De ello, surgen las cuatro virtudes cardinales: la templanza, la prudencia, la justicia y la fortaleza. Aunque la cultura oriental se rige por virtudes más palpables, vinculadas al ejercicio de la interacción humana, es evidente que Oriente y Occidente tenemos mucho en común, ya que, ante todo, somos humanos.

Monsil demuestra una templanza increíble, puesto que es moderada en cuanto a sus placeres y sus necesidades, dejando de lado el lujo y el egoísmo. Es prudente cuando pone en práctica su inteligencia, comprendiendo las limitaciones humanas y perdonando al comprender razones. Se demuestra justa al exigir lo mismo que recibe, y al dar a cada quien lo que merece, incluyéndose ella misma. Sobretodo es un ejemplo de fortaleza, ya que no se subyuga ante el miedo, así como tampoco depende de una ente mayor para salir adelante. Es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir independientemente, afrontando adversidades que no deberían presentarse a los niños. La firmeza de su carácter se afianza ante las palabras de la señora Bukchon, quien le enseña a no llorar, pues eso oxida lentamente la vida.

Con el libro se confirma que el individuo no nace con valores, ni los aprende en la escuela como si le enseñasen aritmética. Los valores se adquieren con el ejemplo, siempre y cuando el espíritu sea influenciado correctamente. Monsil decidió dejarse guiar por las enseñanzas de las personas más buenas que tocaron su vida: su madrastra, la familia Choi, las abuelas, los soldados diferentes, sus amigos y el profesor Choi. Todos ellos le inculcaron algo que, así no fuera ella una persona educada formalmente, significó que ella pudiera caminar valerosa.

Y es que el autor afirma (a través del personaje de una joven comunista), que sólo dejaremos de asesinarnos cuando nos reconozcamos como humanos. Pienso que esto es muy cierto, porque eso significaría considerarnos como iguales. ¿Quién podría matar a su imagen en el espejo? Si todos somos humanos, seguir con la violencia sería como suicidarnos. Matar cruelmente a un recién nacido bebé negro implicaría matar a todos los bebés del mundo. El bebé negro no falleció solo: toda la descendencia humana se fue con él.

Qué fácil sería dejar de suicidarnos. Lo único que la vida nos pide es hacer lo correcto, y a veces parece tan complicado cumplir con ello. Lo correcto es mantener las relaciones filiales, trabajar honestamente, respetar la tierra y la propiedad ajena. Si se ha de poseer algo, es necesario merecerlo. Nada se nos puede dar de gratis, ni siquiera el lujo de vivir armónicamente. Cuidar de los demás como si cuidáramos de nosotros permite que vivamos unidos, soportando las adversidades. No podemos abusar de la generosidad, ni siquiera de aquella que provenga de nuestros familiares. La solidaridad es aceptable, pero el conformismo no lo es.

Bajo esos valores es que la lejana Corea se ha mantenido, sobretodo en tiempos de guerra. México no afronta guerras, aunque es un país que sufre terriblemente de diferentes males. Es un hecho que 78 millones de mexicanos viven en la pobreza. Si siempre ha sido un país pobre oprimido y manipulado para mal, ¿cómo es que hemos logrado sobrevivir? Me atrevo a suponer que por las mismas razones que mantuvieron con vida a Monsil. El camino es largo y turbulento, pero no queda otra opción más que aceptar los hechos y seguir viviendo. Los países del mundo, por más distintos y alejados que estén, sufren de maneras comunes; no importa quienes seamos y de donde vengamos, somos inevitablemente humanos.

Esto implica que la cohesión social es un factor que no debe perderse de vista, pues de ahí se deriva el odio y el resentimiento. Si unos tienen más que otros, y abusan de sus posiciones de poder, es lógico que el individuo acuda a métodos poco ortodoxos para conseguir la igualdad. Lo último que debe perderse es la consciencia moral, ya que ésta nos permitirá comprender al prójimo, y nos recordará que tenemos una responsabilidad para con el menos afortunado.

Ahora, hay que puntualizar que el individuo está condenado históricamente a sufrir. Durante siglos no se ha podido llegar a una armonía plena, y es muy probable que jamás se llegue. ¿Por qué? ¿Quién puede entender completamente la complejidad de las relaciones humanas? Lo único cierto es que moriremos y sufriremos, y no hay nada que podamos hacer para evitarlo.

Sin embargo, no es posible simplemente dejar de procrear para que las generaciones futuras no experimenten el dolor y la miseria. La única solución -y que el hombre ha aplicado desde el principio de los tiempos- es una aceptación estoica del dolor. De ahí surge el término Amor Fati, que significa, literalmente, amar al destino. Si bien algunas tienen que suceder -o simplemente suceden y no podemos hacer nada para detenerlas- el destino también se construye por medio de nuestras decisiones y acciones. La pierna coja tuvo que sucederle a Monsil, pero ella no afectó en que fuera capaz de sobrevivir y velar por sus familiares. Nuestro destino inevitable es morir, pero eso no impide que podamos tener vidas plenas y buenas.

Así pues, Amor Fati no sólo implica aceptar o resignarse ante lo que nos espera y desconocemos, sino amar el futuro incierto. Amar el destino, así sea bueno o malo, porque la vida espera que simplemente hagamos o correcto, nada más y nada menos. Monsil y Corea tienen una pierna coja, pero su camino no ha terminado y su destino aún está por verse. Mientras tanto, que persista el trabajo por la mejoría.

Uno por uno

La era está pariendo un corazón,
no puede más, se muere de dolor,
y hay que acudir corriendo, pues
se cae el porvenir.
"La era está pariendo un corazón", Silvio Rodríguez

El 27 de julio de 1953 se firmó el armisticio entre Corea del Norte y Corea del Sur, el cual suponía el cese al fuego por ambas partes. Las pérdida humanas fueron enormes, con más de 500,000 muertos tan sólo del Sur. La paz se buscaba con el fin de evitar perder más civiles, como hasta entonces había ocurrido. La historia subrayó el nombre de Panmunjom, Eisenhower y Malenkov.

Ese día pude pararme y caminar un poco, gracias a los esfuerzos y cuidados de la pequeña Monsil. La noticia nos llegó cuando las tropas, por ambos lados del Paralelo, detuvieron sus ataques y se retiraron. Me llevé una grata impresión, y tuve la ilusa esperanza de que eso fuera el fin. Pensé que todo cambiaría para bien, igual que el niño soldado que estaba a unos pasos de mí, secándose las lágrimas de alivio con las mangas de la chaqueta.

Admito ahora, en retrospectiva, que sentí un poco de desprecio hacia Monsil cuando la vi incrédula, como si la paz fuera una cosa imposible. Internamente la clasifiqué como negativa. Nunca fui buena en aceptar su hostilidad y aparente sapiencia; una pequeña niña era incapaz de comprender conceptos tan complejos como "armisticio". Sin embargo, a partir de ese día me recuperé notablemente; cada vez me sentía más como mi vieja yo. Monsil, por otra parte, seguía envejeciendo y adelgazando, como si nada hubiese cambiado.

Tristemente, realmente nada había cambiado. Me deprimió darme cuenta de que el Paralelo 38 no era el punto medio perfecto, donde la balanza se equilibraba armónicamente. Ahora la frontera dividía a familias enteras, que pertenecen a la misma raza y comparten la misma sangre. No hay más batallas sangrientas, pero las hostilidades se magnifican en el Paralelo, haciendo claro que el Norte y el Sur son enemigos. La reunificación es, hasta hoy, un concepto risible.

Monsil y yo estuvimos un largo tiempo ahí detenidas, decidiendo pacientemente cuál camino era el mejor, el correcto. Pero yo ya no aguantaba un segundo más en ese maldito Paralelo. Si algo me había demostrado el armisticio, es que la paz es imposible cuando todos los hombres no la desean. Tanto Norte, Sur, Este y Oeste habían sido malvados, despiadados. Nadie fue mejor que otro; al contrario, habíamos presenciado tanta asquerosidad que el bien había desaparecido completamente de esos lares.

Un día nada especial, idéntico a muchos otros días en la historia de la Tierra, decidí regresar a casa y nunca volver a Corea. Monsil se despidió de mí con una mirada fuerte (acostumbrada a las despedidas) y se fue del lado opuesto, caminando por la frontera. No nos abrazamos ni lloramos, pues ya habíamos comprendido que la fortaleza es lo único que nos puede mantener con vida. Ambas sabíamos que el Paralelo nos había enseñado todo lo que teníamos que saber sobre la raza humana, y que hacer lo correcto estaba en nuestras manos.

Mi viaje anacrónico me dejo un sabor a melancolía, pero que no me pertenece. Donde yo vivo está tan lejos de Corea, que la tristeza de la guerra no debería producirme este dolor en el corazón. Ésta guerra, éste genocidio, no ocurrió ni ocurre en mi país...pero eso no me importa. La distancia ha desaparecido y ahora, y como siempre debió haber sido, me siento ciudadana del mundo.

Qué cercana te siento desde entonces, Corea. Espero que tú pienses en nosotros como yo pienso en ti, Monsil. Y tal vez pensemos en la otra al mismo tiempo y, en ese momento donde el vacío se llene de ambas, nos convertiremos en una sola y viviremos por siempre. Así como el armisticio de 1953; como Hitler y su inauguración de los Juegos Olímpicos; o como Alva Edison y su Mary had a little lamb, tal vez nuestra unión se transmita por los aires eternamente.

Gracias por enseñarme a sentir piedad, valor, tristeza, miedo y amor. No es que antes de venir no las conociera, pero desde entonces las siento verdaderamente mías, y no parte de un país ajeno. Sé que la verdad anida en el camino de lo correcto, y que aquel que hace el mal lo hace con falsedades. También te agradezco haberme abierto los ojos, de manera que ahora puedo ver la suerte que tengo; me ha tocado una buena vida, y quiero que mis acciones le hagan honor a dicha suerte.

Por lo mismo, y para siempre, adiós Paralelo 38. Adiós, Monsil. Les deseo que su destino, seas cual fuere, los colme de cosas buenas y al fin puedan vivir en paz.



BIBLIOGRAFÍA


Clark, Donald N. Culture & Customs of Korea. Westport, CT, USA: Greenwood Publishing Group, Incorporated, 2000.


Jeong-Saeng, Kwon. Monsil. Ediciones del Ermitaño. México, 2007. Colección de Literatura Coreana.

McCann, David R. (Editor). Columbia Anthology of Modern Korean Poetry. New York, NY, USA: Columbia University Press, 2004.

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