Por Michelle Vyoleta Romero Gallardo
El llanto de todas las nubes se concentra a las faldas de los cerros, sin castigo, sin ira profética, sólo desnudo y auténtico como los primeros días del ser y el tiempo lo conocieron, pero invocado hoy por el pesar acumulado de los siglos, por el ruego acumulado de mil y más suspiros… Viene a lavar los pies de los que a su tiempo lloran el vacío de la existencia robada, una sin antes y sin después, y sin palabras capaces de traducir la impotencia. Existencia que no conoce los alientos que le dieron vida y que por eso está al borde del completo despojo en este universo.
Esa lluvia se conjura en las entrañas de México. Cimbra el interior de las rocas más secas y se deja escapar entre los dedos directamente sobre caminos por los que hoy ya no pasa nadie; pero lava también las caras de hombres y mujeres en los lugares más lejanos humanamente imaginables: con el solo toque de sus dedos fríos nos hermana a unos con otros, nos recuerda que compartimos el hambre permanente por ser, por vivir, por dar una bocanada de aire más aún en momentos en los que no se vislumbra que llegue a acariciar de nuevo nuestras frentes el hálito fresco de la inocencia infantil, esa que no conoce que lo que lleva puesto se llama miseria, y que al estómago, se lo tiene lleno de vacío… Esa que atesora la porcelana rota como a la vida misma.
En efecto, hay en Monsil, y en los rostros de la Corea que le fue dado conocer, rasgos que permiten abrazar su historia con una familiaridad que a primera vista sería insospechada tratándose, la mexicana y la coreana, de sociedades con diferencias considerables; sin embargo, de fondo el elemento que posibilita la identificación a un nivel personal con la joven Monsil se halla en las trazas de lo que todos podemos entender como esencial al humano. Conviene partir entonces de la base de que la historia de Kwon Jeong-Saeng es en esencia una obra sobre la actitud hacia la vida misma en el peor de los escenarios que los hombres son capaces de conjurar: la guerra, y que ésta es, lamentablemente, una herencia humana que no es ajena a ningún pueblo.
Se trata de la guerra vista desde unos ojos que son obligados a abrirse prematuramente a las responsabilidades ya no sólo de la propia sobrevivencia de Monsil, sino también de la de los más jóvenes entre los jóvenes que la rodean, si bien la conflagración bélica es abordada también desde la perspectiva de una sociedad entera, transida de problemas estructurales y coyunturales, internos y externos, legítimos y fabricados… La lista de las dicotomías no se acaba nunca allí donde la acumulación de contradicciones no ha encontrado ya otro cauce que el de la lucha armada, y donde quienes tienen la disposición de hacer pelear a otros por fines que les son ajenos no dudan en escindir naciones enteras por medio nada menos que de aire… Aire y armas.
Justamente en el punto en el que el siglo XX se dobló en dos, no sólo por la cuenta de los años sino principalmente por el dolor de presenciar lo que sus hijos fueron capaces de hacerse unos a otros a escala mundial, la historia que se teje en el país del alforfón es la de la tragedia humana a gran escala (la Guerra Total, la Guerra Fría, la propia Guerra de Corea) y, simultáneamente, la de interminables desgracias personales sólo comprensibles en el contexto del profundo sinsentido y caos que reinan en las guerras fratricidas. No se puede esperar menos cuando un día se hace saber a la gente que el suelo bajo sus pies, al que siempre llamaron patria, no les pertenece ya más, y al siguiente, el Estado se despoja del yugo que le había obligado a bajar la cerviz, pero sólo levanta el rostro para darse cuenta de que también se están resquebrajando todas sus instituciones y ha surgido una fractura entre sus propios hijos, tal como ocurrió con la emancipación coreana de Japón al término de la Segunda Guerra Mundial y su ya mencionada posterior guerra del 625.
Las vivencias de Monsil son prueba de que, como ninguna otra, la esfera de lo social es la que más fehacientemente nos llama a gritos para que no olvidemos los capítulos que nos han conmocionado en la Historia, pues son en gran medida los que nos hacen ser justo de la manera como hoy nos paramos bajo el sol. La estructura y lógica en torno a la que Monsil gira es la reconstrucción de la autoconcepción ante cada nuevo reto –cada vez más extremo- que se debe enfrentar en la vida, cuando para todos fines prácticos no se cuenta con el hombro de nadie, con la mano de nadie, con nada dentro de los muros de una casa y nada fuera de ellos, donde el mundo que una vez libre del colonialismo parecía promisorio, ha devenido la noche de los tiempos. En todo ello subsisten cuatro ejes constantes que si bien se matizan con las modificaciones que las perspectivas de la edad de la protagonista y de sus mayores o menores privaciones brindan, no dejan nunca de ser los pilares del cosmos de Monsil Chung, Monsil Kim, la madre de Ki-deuk, mil facetas para mil situaciones en la difícil vida de una mujer, y mil más por cada Monsil que, anónima, experimentó escenarios similares en la segunda mitad del siglo pasado: no se pierde nunca de vista la guerra y su estela de destrucción, la pobreza, el rol femenino en la sociedad y la fuerza del cambio, de la adaptación.
La guerra. La política continuada por otros medios… Pero por qué medios es capaz de transitar la política, que puede devastar aldeas, devastar hombres, mujeres y niños. No dar a sus carnes más valor que el que se invierte en municiones que las abatan. Lamentablemente esta herencia la sufrieron tanto México como Corea, porque aunque las guerras varían en extensión tanto espacial como temporal, en cualquier locación caído el primer hombre ya se ha perdido la capacidad de reconocimiento de la otredad, lo mismo si caen después diez o un millón. Esto Monsil lo sabe. Le es dado saber que el mundo no es una división maniquea entre buenos y malos, e incluso trasciende la división global que prevaleció en todas las esferas de la segunda posguerra en la que el comunismo tenía la connotación del cáncer de la humanidad, y ello lo logra quizá por vivir el conflicto de manera tan directa. Ella distingue que tanto entre perseguidos como entre perseguidores se ven involucrados hombres y mujeres capaces de comportarse con humanidad. Sabe que un arma puede apuntar a un niño y que un niño puede empuñar un arma, pero que si el primer contacto entre ambas posiciones –frente y tras de un rifle- fuera efectivamente humano, intentar tirar del gatillo sería absolutamente imposible.
Monsil ha descubierto la verdad que los hombres tras las guerras evitan ver a la cara: que no hay absolutamente nadie a quien se exima de pagar con su vida si ésta se interpone en la ruta de los grandes intereses.
¿No eran hermanos los mexicanos enfrentados en la Reforma? ¿No lo eran los que por millones se lanzaron a los caminos y las vías en la Revolución? ¿No lo son los que se internan en la selva porque ya no saben cómo defender su identidad, que es la de sus padres y sus abuelos, y los padres de sus abuelos, en una línea que no acaba y que les lleva al reconocimiento de “originarios”? De allí que a quien se pone un arma en las manos se lo deba convencer e ideologizar primero sobre la condición de enemigo de quien ha sido su vecino toda la vida.
Con la guerra, con todo tipo de guerra, se conjuran los pueblos vacíos, las tierras muertas, la madurez prematura, la orfandad. Kwon Jeong-Saeng sabe retratarlo: unos pies se van y les sigue un par y otro más, como si la única función de los hombres sobre esta tierra fuera andarla, transitarla. Se van los hombres a la guerra –o se los llevan por la fuerza-; se van las mujeres, unas a tomar las armas –rol nuevo… ¿Constructivo acaso?-, otras a procurar su sobrevivencia; quedan pueblos compuestos enteramente por ancianos y niños... Restan los niños cuidando de los niños. Queda Monsil, que no existe jamás para sí misma, que no sobrevive nunca para sí misma, sino para asegurar la vida y el bienestar, en la medida de lo posible, de sus tres hermanos menores, de su madrastra, de su padre, soportándolo todo: cada vejación, cada golpe, cada día sin comida. Al acabar la guerra, la realidad experimenta tan sólo una leve variación: regresan los adultos, pero continúan siendo los niños quienes cuidan de sus padres, destruidos como están éstos por la guerra, tanto como cualquier ciudad bombardeada hasta sus escombros. Corea se lo dice al mundo con cada honda cicatriz que le atraviesa el rostro, Monsil nos lo muestra andando en harapos de puerta en puerta para que Nan-nam tenga qué comer. Añora a su padre, pero la guerra le devuelve no un protector, sino las ruinas de un hombre herido. Monsil… Esta realidad, este dolor de la familia trunca y de la no familia en lo absoluto, México la conoce. El lazo en común se llama migración.
La desatomización atenta contra todos los tipos de redes sociales que existen, y la esfera familiar no puede ser la excepción. Las calles se llenan de fantasmas, de saltos generacionales, y ya no es posible distinguir si se describe al México migrante o la Corea de Monsil. La disyuntiva humana es de fondo la misma: se sale de la tierra propia porque se tiene hambre, y cuando el exterior amenaza también con la inanición, se opta por volver a la propia tierra pues si se ha de perecer, se prefiere al menos desaparecer en un suelo que se reconoce como el de los primeros días, esos que no presagiaban la debacle, días del vergel de la niñez… Se opta por volver a la propia tierra, y no se cuenta con que en ella la recepción será el desconocimiento, no se espera que los campos devengan yermos cuando se hastían de beber la sangre de sus propios hijos… Pero pasa. A los compatriotas se los trata de mendigos y se es más cruel con ellos de lo que a veces vivían en el exterior.
Vuelven por labranza, pero ésta, ya no es posible, no existe. La añoranza de la tierra propia pesa sobre el alma en México y en Corea, pues los dos conocemos que con nuestras manos hemos de ganar la tierra, y el despojo de ella nos hace sentirnos aún más desvalidos. De ella venimos, y sin ella estamos en la orfandad tanto como cuando acaece la ausencia de los progenitores… Soledad absoluta. “Nadie sabía que sufriríamos al volver al terruño por no tener un pedazo de tierra” escucha atentamente Monsil, y es cierto. Los deportados lo saben. Monsil lo padece.
Si tan sólo la niñez no se encontrara en el total abandono en los grandes momentos de crisis… Si tan sólo no se viera a los niños como algo que puede ponerse en la basura , fuere su raza la que fuere. Pero la historia nos ha demostrado que existen niñas y niños como Monsil en todas las esquinas del mundo. Nos es familiar el rostro de las generaciones de los hijos de la melancolía, en México fueron los hijos de 1910, los de la guerra cristera, de la guerra sucia. El suyo es el rostro de la desilusión, de la búsqueda doble: del sí mismo y de la raíz. Nos son familiares las generaciones de adultos nostálgicos, callados, marcados por un nacimiento en medio de las convulsiones de los tiempos. Al cuadro lo corona la pobreza. A la pobreza la corona ser lo único que se ha conocido toda la vida.
Quienes más sufren en un escenario así son las mujeres. Las adultas porque al ser perpetuadoras de las generaciones se las vuelve botín de guerra y mercancía de la ocupación, tenerlas cautivas asegura destruir la memoria de un pueblo y perpetuar la visión de los vencedores. Las más jóvenes, incluso las niñas, son reducidas a una esclavitud fáctica por estar concebidas tan sólo en su papel de aseguradoras del bienestar masculino dentro de la familia, pues si bien es cierto que hay honor en formar parte de un núcleo familiar y trabajar por el bien de los demás, de qué otra manera se explica si no, que el porcentaje de personas que no reciben instrucción sea mucho mayor entre mujeres que entre hombres, o que las niñas, que no van a la escuela por quedarse en casa ocupándose de los quehaceres domésticos, sumidas en la necesidad se privan de alimentos con mayor frecuencia que aquellos a quienes procuran. Ése es el rol social que conoce Monsil: el de olvidarse que existe como unidad y entregarse a ser un instrumento de sobrevivencia para alguien más, actitud que a la par de ser profundamente valiosa –pues encarna una entrega total y desinteresada, un sacrificio de vida-, descuida la construcción de la persona misma en las etapas tempranas de la vida de Monsil. Esta abnegación nos recuerda a dos realidades: la de las madres mexicanas como caso particular, y en la generalidad la deuda que aún se tiene con el fortalecimiento de la participación de la mujer en la sociedad, de modo que goce de oportunidades plenas de desarrollarse. México y Corea hacen avances al respecto, pero no es aceptable que paren si queda una sola Monsil consumida por la pobreza y la falta absoluta de posibilidades.
Monsil sabe lo que significa no tener nada y a nadie a quién acudir en los momentos de más profunda desesperación. Por ello entiende cómo fuera del contexto del hambre infinita, ladrones y concubinas no son diferentes a cualquier otra persona, y sabe que lo más importante es encontrar lo humanamente valioso en cada uno, desde el primer momento, y a cada instante no rendirse en la búsqueda de la manera en que cada uno lucha para poder vivir.
Ante los caminos tan intrincados que debe atravesar, Monsil pregunta proféticamente cuando por hambre su madre deja el hogar conyugal: “-Si nos vamos ahora, ¿Ya no volveremos?” , y ese miedo no es sólo el de no volver a encontrar los pasos por sobre los que se avanzó, sino el de perderse a uno mismo: perderse porque no se sabe cuánto más se puede caer aún, y también ante la necesidad de imparable reinvención para enfrentar el futuro, no sabiendo cómo éste cambiará (¿Destruirá?) lo que ya se conoce: la tradición milenaria, la familia, la manera de relacionarse con el mundo.
Si avanzamos ¿Ya no volveremos a nosotros? Se preguntan hoy México y Corea como sociedades que sostienen fuertes lazos con su historia primigenia, y que, lo mismo que el resto de actores de la comunidad internacional, no pueden sustraerse de un ritmo vertiginoso de modernización. En este doble proceso de compenetrarse con la innovación, y de hacer más hondos los abismos que separan a quienes no están en condiciones de serle funcionales (por vivir atrapados en un sistema darvinista de relaciones sociales), de aquellos que sí tienen cabida en las economías de mercado y era de la información, son dos los mensajes básicos en Monsil que no dejan de ser pertinentes. El primero: que quien no cambia y se adecua en un mundo rapaz, se extingue como una vela en medio del otoño... Pero también por otra parte: que nunca se debe aceptar como normal la desgracia. No puede verse como usual que a un niño se lo golpee. No hay por qué acostumbrarse a la guerra como lo común, ni a la pobreza como el sino inevitable de algunos cuantos. No hay razón por la cual deba abrazarse la opinión común de que un infante no sobrevivirá y es mejor aguardar que perezca a ocuparse de él, ni se debe aceptar como práctica generalizada que los niños crezcan en la guerra, ni que jueguen a la guerra.
Porque Monsil lo sintió así siempre, no dejó de luchar jamás, y fue justamente de este modo como -despojada de la responsabilidad de su padre enfermo y de su hermana menor dada en adopción a una familia adinerada-, más de uno podría haber pensado que Monsil se dejaría marchitar… Que su tránsito por los caminos de flores de neng-i finalizaría para siempre… Y sin embargo, ella da el paso más grande que puede dar quien sólo ha existido en función de alguien más, que es justamente existir por sí misma, pero no de una manera egoísta, sino por la importancia del reconocimiento del propio valor, situación que se ve coronada por la disposición personal de Monsil de seguir vinculada a quienes sabe llevan su sangre. Es el momento de plena madurez: cuando se hacen las cosas no porque no hay más alternativa que hacerlas, sino porque hay un deseo intrínseco de dedicarse a ellas.
Subyacente al texto hay una idea constante: no se puede hacer un acercamiento a las personas visualizándoselas con etiquetas: “los culpables”, “los pecadores”… Monsil es sobre todas las cosas una invitación a pelear contra el endurecimiento del corazón en la más extrema de las realidades, y es una llamada también a entender la naturaleza del “otro”, del distinto, del que nos han adoctrinado para creer que es contrario y que no es un hombre, no es una mujer, y puede matarse… Porque esa y no otra es la naturaleza de la guerra contra la que Monsil -y todos los niños y niñas como ella- experimentan. Es la tarea que sus hermanos y padres asumen: cegarse, dejar de ver en el contrincante el miedo en los ojos, no pensar siquiera que tras ellos está la nostalgia por una familia. Nada. La tarea que unos pocos instan a muchos a emprender es borrar de sus mentes que el cuerpo que yace a nuestros pies es un hombre.
De allí la importancia de desarrollar, lo más pronto en la vida como sea posible, un sentido receptivo hacia la otredad. Si se la buscara entender, si no se la temiera, nadie permitiría que millones de hombres y mujeres de todas las edades vivieran en estado de calle; no se aceptaría que del otro lado del mundo se extinguiera una cultura y una sociedad vía las bombas de la ocupación; nadie estaría dispuesto a juzgar normal que, enfermedades para las que existe cura, se cuelguen cuales cadenas de las vidas y destinos -fatales- de los ciudadanos y ciudadanas en la periferia del mundo; nadie lo permitiría porque cualquiera que fuera su contexto una persona sabría que es a sí mismo a quien execra, a quien ignora, a quien margina, a quien condena. Monsil se ve a sí misma en un bebé negro abandonado; se ve en los mendigos, se reconoce en los rostros que han conocido la soledad. Monsil ha abrazado el mensaje antes que nadie, y es capaz de decirse con una voz que hace eco a todo lo largo y ancho de un valle: “el otro, soy yo”. Por ello carga niños en su espalda. Por esa y no otra razón aguarda en una fila interminable para tener acceso a la entrada del hospital, aunque lo único que la alcance, sea la muerte.
Esta no es una cuestión secundaria en las complejas y cada vez más diversas y plurales sociedades que el siglo XXI conoce. Es un reto para Corea, y es una tarea a emprender por México, que a la necesidad de habilitar nuevos escenarios para los actores que se incorporan, debe sumar deudas históricas con respecto a la integración de sus grupos indígenas originarios, sus mujeres, las personas que viven con discapacidad, los ancianos. Ambas labores deberán abordarse de manera simultánea, pues tan urgente es responder a las contingencias como no soltar la mano de quienes desde hace décadas y siglos reclaman un espacio para vivir, vivir con dignidad, en la sociedad.
Por ello, por el ejercicio indispensable de entender al rostro frente a nosotros, no juzgamos a Nan-nam –y no lo hace la propia Monsil tampoco-, si siente emoción en su mentalidad infantil por conocer algo distinto a las privaciones, aún si eso implica separarse del lado de su hermana, quien ha consumido sus primeros años sobre este mundo cuidándola. Incluso no se juzga a la madre de Monsil, aún cuando no logremos entender los impulsos bajo los cuales una madre permite que se le procure un trato indigno a su hija, y, finalmente, se aparta de modo definitivo de su lado… Después de todo, nadie sabe de qué manera reaccionaría ante el despojo de todo lo indispensable para sobrevivir.
“Todos son mis hermanos” piensa Monsil. Los hijos de segundas nupcias de su madre, de su padre, los hijos de sus empleadores, sus amigas que también sufren las penurias de la guerra en el pueblo en el que se encuentre. Todos son sus hermanos… Y aunque pudieran pedirle que se apartara de ellos: no lo haría, porque ha dejado de comer por ellos, ha mendigado con tal de que no les falte nada. Ante la visión de un lazo tan poderoso y constructivo a nivel individual, no puede evitarse la reflexión sobre la cohesión que suscitaría a un nivel social mucho más amplio y, por qué no, potenciado incluso por la institución máxima: el Estado, desde el aparato educativo y de construcción de redes sociales. La figura de la familia, institución básica, vuelve a aparecer cuando se evoca la función de inculcar en un pueblo los principios más básicos de la solidaridad y cooperación. Una sociedad en la que el individuo se preocupa por la manera en que viven miembros con los que incluso no tiene contacto, es una sociedad articulada y –en el mejor de los sentidos- colectivista: es una sociedad informada en la que el poder fáctico –de clamor y freno- de la opinión pública es ejercido, y la soberanía no queda como asunto de unos cuantos representantes, sino en las manos de sus principales detentores. Eso, deben todavía entenderlo y ejercitarlo las democracias modernas.
Debe lucharse contra la miseria, no contra los miserables. Contra las condiciones que históricamente han posibilitado que exista la leva, la satanización de ideologías, la corrupción de la beneficencia, las luchas fratricidas, pero no contra las novias extranjeras directamente, ni contra los niños que arrebatan pan a la protagonista de la historia porque ellos mismos mueren de hambre. No contra la Monsil limosnera, sino contra lo que la ha llevado a serlo. Toda otra acción se aleja de lo estructural y se limita a lo coyuntural, que no evitará que en un futuro esta estremecedora historia se repita tantas veces como sea necesario hasta que la humanidad entienda que los huérfanos de la guerra son hijos de todos.
Monsil explora el reto de crecer, de no dejarse morir en Japón, de continuar en Corea, de superar las bombas, las armas, las ruinas… Explora el dejarlo caer todo capa a capa a su alrededor, hasta que está lista para vivir su parte en estos días que nos empeñamos en llamar nuestros. Llegará con el tiempo la Monsil madre, la esposa, la que tiene más que sólo un techo sobre su cabeza: un hogar, y un empleo, y ropas sobre sus espaldas. Si se da la oportunidad de hacerlo es porque se niega a ser una víctima de los tiempos, y esa es una posibilidad que deberíamos darnos también los hombres y mujeres comunes, desde los campos diarios de batalla contra la muerte de todo lo creativo en nosotros, eso que nos hace ser únicos y al mismo tiempo nos hace compartir vínculos indestructibles y constantes con todos los demás.
Y si hemos de preguntarnos si es mejor olvidar totalmente la miseria experimentada con anterioridad, en pos de disfrutar de forma plena cuando finalmente llega a nosotros la ventura de los tiempos, al momento de respondernos debemos de tomar en cuenta que todos y cada uno de los episodios en los que hemos sido actores principales y secundarios marcan quienes somos, y negar la penuria es en gran medida negar un detonador de nuestra fortaleza actual. Tal y como quienes percibiéndose al borde del abismo se preguntaron “¿Para qué tener poetas en tiempos de penuria? ”, sólo para convencerse en su respuesta de que justo en los segundos negros es cuando ellos son más necesarios, la pregunta contemporánea“¿… y para qué recordar los escenarios más negros de la Historia e incluso los de nuestra historia personal?” es igualmente válida, en tiempos en que las vidas humanas son más breves que la luz de una vela; horas que nos lanzan a una aparente disyuntiva entre adentrarnos en el saber de los que vinieron antes que nosotros y sus acciones, o hacer lo más posible de los breves instantes del presente en que tomamos cuerpo dentro de la inmensidad de lo existente, cuando pende sobre nuestras cabezas la amenaza de la imposibilidad de alguna vez volver a ser nosotros de entre todas las combinaciones dables que el universo no cesa ni cesará nunca de ensayar... Pero ¿Existe en verdad tal disyuntiva entre ser hombres de lo histórico o de lo que ahora acontece? En la continuidad del tiempo no cabe desechar lo uno a favor de lo otro, aún si se trata de las guerras más dolorosas para la memoria (por la división de familias y territorios completos), sino más bien es necesario esclarecer los mitos sobre los que hasta ahora se nos ha prohibido reflexionar . Por eso no deben salir de los elementos de análisis y construcción de la identidad nacional episodios como la Guerra de Corea y las dos Guerras Mundiales.
A qué, si no a trizas del vacío y menos que espejos rotos quedarán reducidas las razas que se pretende no lleven a la reflexión (fuere incluso la que se lleva a cabo a través del arte y más particularmente en el caso de Jeong-Saeng a través de la literatura) sus episodios más delicados. Quienes se nieguen a darles nuevos soplos de vida y nuevas perspectivas en su modo de abordarlas, se encerrarán en su canción milenaria y se perderán en el mundo sin que meza nuestros cabellos el viento levantado por sus pies que se marchan, porque sencillamente, no lo sabremos, no notaremos que su historia ha muerto, y la parte en ellos que respondía al sufrimiento de sus abuelos, también se extinguirá.
Sin poder hacer del ejercicio de reabordar el sufrimiento y penurias personales y nacionales, quedan los hombres y mujeres verdaderamente en la más profunda de las orfandades y en la auténtica noche de los tiempos aún cuando estén rodeados de todas las luces y tecnología posibles.
La vieja voz latina Historia magistra vitae o la Historia es maestra de la vida parece ser intuida por Monsil, no sólo en el sentido de que sabe obtener de la historia de sus mayores diferentes experiencias, sino también enteramente en cuanto a que la ha enseñado a vivir con lo que escribe en su página de historia diaria, sin olvidar jamás de dónde vino y quién es. La Historia le permite a Monsil no morir... Y para nosotros, hace posible que nos irgamos para finalmente hacernos oír en las tierras perdidas, donde antes sólo resonaba en nuestras bocas la frase impuesta, y en nuestras mentes una función histórica marginal o secundaria que -con arte, pensamiento y ciencia propios- bien sabemos, bien sentimos, no nos corresponde.
En el Pacífico, en el Atlántico, si se está cercano a las nubes de la ciudad de México o allí donde comienzan las costas de Corea y ya no se detienen las aguas en su eterna misión de correr por sus ríos y descansar en sus lagos, en todos los lugares hay un dejo de pesimismo que podría impregnar el rostro joven de una niña huérfana que, nadando a contracorriente y luchando por bocanadas de aire, encara el panorama de tomar en sus manos el rumbo de su vida, el destino de su historia, cuando puede sentir que se le ha hurtado el presente, marginada como está aún del pueblo que la vio crecer, estigmatizada en la miseria... Podría cundir de esta manera el pesimismo… Pero no se trataría de Monsil sin duda alguna, ni de su voluntad de vida.
Qué gran contradicción es que, no sólo en el siglo XXI sino a través de los tiempos, para el mundo el máximo valor sea la juventud… siendo que simultáneamente la desprecia, y condena a la marginación.
Poner en crisis los destinos en apariencia incuestionables (como perecer si se es joven y no se tiene a nadie), es la aspiración razonable y básica con la que los actores a la sombra (los poetas, los niños, las mujeres, países e incluso continentes enteros) han de reclamar el agua para sus labios desertificados de la fuerza de la voz de protesta; ello se hará por las frentes quemadas bajo el sol en suelos muy alejados de los que nos vieron venir al ser, y se hará porque es deuda eterna con los que ya han desaparecido sin tener oportunidad siquiera de regalar su canto al mundo; sin la oportunidad siquiera de danzar por la simple celebración de la vida y el ser consciente aún si se tiene un guardarropa vacío y el arroz se ha acabado mucho tiempo atrás. Rilke plasmaba en sus Sonetos a Orfeo:
“Si bien el mundo cambia rápido
como formas de nubes,
todo lo acabado vuelve
a casa, a lo primigenio.”
Y lo primigenio para Monsil, el inicio y el fin, está en la familia. No hay otra casa para ella que el espacio en el que puede ser, para y por los demás, con el añadido extraordinario de que también ha encontrado un espacio para su felicidad. En este proceso de construcción destaca en el texto la importancia que se concede a la educación como clave para abrir los sentidos al mundo, ser críticos y autoconscientes.
Existe un referente permanente de lo sufrido por nuestros abuelos y lo trabajado por nuestros padres, una huella indeleble de la infancia sacrificada, de lo derruido a nuestro derredor, lo hurtado, lo perdido, lo vejado, todo proveniente directamente de los horrores del siglo XX, parte innegable de todas las civilizaciones. Todas estas flechas envenenadas de infinita tristeza heredada una y otra vez, no pueden sino compeler a aprender de la historia de nuestras penas, de los errores y victorias de nuestros países. A abrazarlos y, como hace Monsil, aceptar que son parte de nosotros, sin que por ello debamos estar avergonzados.
Ante la infinita incertidumbre que la violencia en nuestro entorno siembra en no pocos, ha sido una preocupación constante y tarea de hombres y mujeres a través de todos los tiempos darse a imaginar la naturaleza de las piezas que integran y hacen funcionar nuestras vidas reconstruidas de las más inimaginables tragedias. Naturalmente el conjunto de piezas aludido, la sustancia misma de la persona, célula y ladrillo, hebra y sílaba, se ha representado en Monsil, y en su largo viaje hacia sí misma.
¿Cómo luce alguien que lucha y sobrevive? Unas veces su faz ha sido lo inimaginable, conjunto vacío, éter resbalando entre los dedos; otras casi se la puede sentir materializada en un tejido grueso, las más de las ocasiones impenetrable por tantas cicatrices de lo vivido. Sea como fuere, de fino mosaico o máscara de oráculo, si recurrir a la vivencia personal es una necesidad inmarcesible, lo es también celebrar a quienes como Kwon Jeong-Saeng y su Monsil, nuestra Monsil, logran renacer de las cenizas de la nostalgia y la adversidad como aves fénix patrimonio de todos quienes los hemos leído. Ahora, sus circunstancias, personajes, alegrías y penas son también los nuestros, pues ellos son ahora también nuestros hermanos.
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