Por Roberto Zapata Pérez
México, DF, octubre del 2008.
Introducción
Presento unas pequeñas reflexiones en torno a la novela de Kwon Jeong-saeng intitulada Monsil. La narración es un viaje donde, como dijo Víctor Hugo, se nace y se muere a cada instante. Donde la indiferencia ante los otros cede paso a la necesidad de comprender los motivos que laten atrás de cada decisión.
Los ejes de este ensayo son la madures, el replanteamiento de los sueños, el estigma, la cosificación de la persona, el reconocimiento de la otredad y el papel de la memoria, ya como carga, ya como liberación, así como la importancia de afrontar la vida y aceptar la redeterminación de uno mismo a la luz de los otros, estableciendo vínculos con la novela citada, y, en la medida de los posible, refiriendo nuestro aquí y nuestro hoy.
La complejidad de cada tema desborda los alcances del presente trabajo, cuyo objetivo tal vez sea, sólo abrir o mostrar ventanas de reflexión. No me invade otra pretensión.
Octubre, 2008.
De los sueños maduros
Al leer un libro, mientras se dialoga con los personajes y son su creador, suelen venir a la mente imágenes pasadas, rostros casi olvidados y vagas voces que acompañan la lectura. Monsil es un caso así. Mientras las páginas pasan renacen emociones tan añejas como universales, se siente en cada personaje un reflejo propio que impulsa a descubrir la propia mirada en los ojos del otro, a sentir que, ni siquiera, nuestros dramas y nuestros anhelos son patrimonio exclusivo.
Una de las referencias que se vuelve persistente es una lejana afirmación de Roger Bartra quién, al comenzar su libro La jaula de la melancolía, señala que las líneas que observamos en un mapa, resultan ser una manera de cicatriz producto de guerras, de saqueos y de conquistas. Y resulta ser persistente dicha idea, no sólo porque Monsil se desarrolla en el contexto de una guerra que marcaría la geografía de la península coreana y el destino de incontables personas, sino porque me parece que Monsil, la pequeña gran protagonista de la novela, posee un alma que, como el de todo ser humano, ha quedado marcada por las guerras cuyas batallas se ganan y se pierden en nuestro interior –aunque detonadas en un exterior que ocasionalmente resulta hostil- y que le dan forma y sentido al mundo interno.
A través de Monsil, de sus actos, pensamientos, esperanzas y frustraciones se filtra nuestra propia vida, y con ello, presenciamos un reflejo de nuestro orgullo o de nuestro pesar, de nuestras cadenas o de nuestras alas. En fin, de nuestro paraíso, ya perdido, ya por perder. Ese es uno de los valores centrales de la novela: tiene la virtud de potenciar un estallido en el núcleo de nuestras emociones, de generar tensiones que a Monsil la llevan a su prematura madurez y a nosotros, lectores, nos conduce a recordar nuestra humanidad y nuestra barbarie.
Ahora algunas preguntas: ¿Necesariamente vivencias adversas llevan a un ser humano a la madurez? ¿Qué elemento, circunstancial o voluntario, permitió que Monsil, ante el dramatismo de su vida, alcanzara un grado de reflexión que le permitiera tomar decisiones susceptibles de atribuir a un adulto? ¿Qué factor, pues, determinó que Monsil no se desmoronara?
De momento quisiera sugerir una respuesta a la primera cuestión: de vivencias adversas no deriva necesariamente la madurez. Ha habido casos en los que, frente a situaciones extremas, se activa una especie de renuncia a la posibilidad de decidir y de afrontar la realidad. Casos en los que nos encerramos en una pequeña casa donde aceptamos estérilmente, sin pensamiento y sin acción el destino. No solemos identificar como madura a una persona que ha interiorizado el fatalismo en su mente. No al menos, en el llamado mundo moderno, vientre donde se han gestado –dolorosamente, hay que decirlo- muchos países y donde se han forjado muchas mentes, aunque algunas hayan resultado –hay que recordarlo- onerosas para el género humano.
También es justo decir que madurez no es sinónimo de felicidad, pues aquella lleva en sí el germen del desengaño. A la madurez le es consubstancial la negación de la ilusión, el escepticismo ante una quimera multicolor. ¿Cuántos sueños infantiles son enterrados para afirmar la adultez? ¿Cuántos destellos luminosos deben dejar de ser vistos para aferrarnos a algo más terrenal? ¿Cuántas estrellas por simples antorchas?
Pero Monsil es una llama viva aún cuando todas las luces son sumergidas en un mar de irracionalidad. Monsil, es cierto, no es feliz en buena parte del relato, pero sus piernas, a pesar del daño físico ocasionado por su padrastro, toman mayor firmeza conforme el tiempo avanza. Sus ojos se acostumbran fatigosamente a ver más allá del propio dolor. Acepta la necesidad material de alimento. Acepta que las culpas son relativas. Experimenta los momentos íntimos: la muerte y el nacimiento. Es, pues, un fruto verde lanzado a una humanidad que busca devorarlo todo.
Simultáneamente, Monsil es un caso extraño: su madurez no está en pugna con sus sueños. Después de todo, no deja de ser niña. Sin embargo, es justo decir que sus sueños son cada vez más el tibio eco de la mesura. Están dimensionados a partir de referentes que han florecido en un contexto de guerra y hostilidad. Son sueños que vuelan entre banderas quemadas y olor a orines. Son sueños agridulces que responden a una madurez llegada a destiempo. Los nutrientes de esa madurez serán objeto de las siguientes reflexiones.
Del estigma o la calidad de objeto
Hay una ola que golpea en el sector académico y activista del mundo político y económico actual. Es la ola de los derechos humanos en general, y los derechos del niño en particular. Este discurso ha recibido un importante impulso desde el fin de la Segunda guerra mundial. Ello no es gratuito, pues los niños han sido uno de los grupos tradicionalmente más vulnerables ante violaciones en sus derechos y abusos de poder.
Es cierto que el contexto de guerra es especialmente incisivo para con la infancia. Pero la realidad en los países que no sufren de una conflagración bélica no es precisamente mejor. En México, por ejemplo, la normatividad destinada a proteger a los niños es cada vez más abundante, lo cual suele ser la base para que algunos políticos se vanaglorien de estos logros. Pero ¿Realmente se pueden medir estos logros a partir de la cantidad de leyes que regulen los derechos de los niños? Habría que señalar, y no olvidar, que cada ley, cada norma jurídica transpira una realidad que la alimenta y le da sentido. El ideal jurídico puede ser la evidencia misma de que la realidad está lejos de lo deseado.
Es inevitable no referir algunos datos que pueden iluminar nuestra reflexión. Tomaré esa licencia, aclarando que, el interés principal de este trabajo, más que en el dato estadístico, radica en las múltiples identidades que se esconden atrás de un número que suele disfrazar profundos dramatismos de gris neutro. Los datos que se presentan fueron publicados por la Red por los Derechos de la Infancia en México en 2005.
En esta fecha, en México aproximadamente trece mil niños vivían solos (la categoría niño, abarca a los menores de 18 años); del 100% de mexicanos con alguna discapacidad, el 16 % son niños; 6.6 millones de niños (17% del total) viven en familias donde sólo está presente su mamá o su papá; El 17.7% de los niños menores de 5 años viven en estado de desnutrición; el 27% de los niños entre 5 y 11 años tienen anemia; tres de cada diez niños no terminarán las primaria; 19 millones de niños mexicanos no tienen acceso a agua potable. Otros datos: del 100% de menores agredidos, 19% eran menores de 3 años, 12% de 3-5 años, 40% niños de 6 a 12 años.
Resulta pues que, enfatizando, el dramatismo de estos datos se magnifica si consideramos que atrás de cada cifra, categoría o porcentaje hay miles de identidades negadas, nombres sin pronunciar y voces calladas. Esa negación bien puede fundarse en la creencia de que los niños no son seres humanos plenos, que su minoridad de edad tiene su equivalente en un estatus humano reducido. Los niños constituyen una otredad muchas veces no reconocida. Se les percibe como objetos sobre los que se puede sembrar el destino que los padres o tutores quieren, y no el destino que el infante desearía. Sacrificamos sus sueños, en nombre de los sueños de los adultos. Arrancamos flores silvestres, para diseñar jardines pretendidamente simétricos.
Así se forma la vida en sociedad. Así le damos forma a nuestro mundo. Modificamos nuestro rostro originario en aras de la aceptación y el reconocimiento. Debemos abandonar el paraíso anhelado para acceder al mundo donde ocurren los encuentros y los desencuentros con el otro. La cuestión es que, esos encuentros y desencuentros son valorados a partir de posiciones, opiniones, percepciones, deseos y miedos generados en un momento histórico dado y en un lugar específico. Si una persona no responde a esas demandas sociales, si no cumple con las expectativas, si no representa potencialmente los valores dominantes, entonces estamos ante una persona que es susceptible de ser excluido, de ser un paria.
En efecto, cada sociedad, cultura o grupo identitario construye su propio concepto de humanidad. Uno se torna paria, desde el momento en que no nos amoldamos a ese jardín simétrico. Uno se vuelve un anormal desde el instante en que nuestra vida resulta atípica a las demandas de nuestro grupo.
Se puede afirmar que hoy en día prevalece una afirmación a manera de apotegma: los niños, esas almas neutras –en ocasiones salvajes- deben ser moldeados para que, una vez que la edad –o la sociedad- lo requiera, respondan al mundo de los adultos. Se trata de la educación tradicional: sometamos el árbol joven al rigor de una vara casi pétrea, evitemos que el tronco se tuerza.
Pero tal vez el drama mayor sea tener la convicción de que el mundo creado por los adultos no es el mejor. Somos nosotros los que creamos guerras. Somos nosotros los que asignamos a una bandera o a cualquier otro símbolo un significado tal que haga depender de ellas la vida o la muerte. Somos nosotros, los pretendidamente adultos, los que creamos estigmas para los demás. Somos nosotros, los que hemos abandonado la infancia, los que creamos las condiciones de violencia, de humillación, de muerte en vida para el otro distinto.
Educamos a los niños para que dejen su estado silvestre, pero les abrimos la puerta de un nuevo jardín social donde la barbarie suele ser comúnmente la soberana. La guerra es el estado extremo de esa barbarie. Pero también el estado de supuesta paz padece esta contradicción. En México, casi la mitad de las mujeres mexicanas fueron víctimas de actos violentos en su infancia. Adicionalmente, la cuarta causa de muerte para los niños entre 5 y 14 años es el homicidio y entre los menores de 15 a 18 años, es la segunda causa de mortandad. ¡Y no estamos en estado de guerra! ¿Acaso nuestra paz ha institucionalizado la violencia? Hemos dado un rostro de ángel a nuestra barbarie. Hemos construido mitos en cuyos cimientos están cuerpos de miles de humanos que no respondieron adecuadamente a las expectativas de su lugar y de su tiempo.
Para la gente común, los marcados por la sociedad, los parias, los excluidos llevan en algún rasgo propio, la justificación de su segregación, es decir, son ellos mismos la causa de su desdicha. Según esta idea, bastante extendida por cierto, la responsabilidad no es de la sociedad. Si alguien tiene culpa, nos dirían los incluidos, es el propio estigmatizado. Los que cumplen con los requerimientos de aceptación social, los que de acuerdo al criterio dominante están dentro y no fuera, no suelen aceptar ninguna responsabilidad en la exclusión de otros. La responsabilidad o la culpa de una condición desventajosa corresponde a cada uno.
Así, la vida social se mueve en buena medida por los estigmas. Éstos pueden ser físicos (un ciego, un amputado o, como Monsil, una coja, una cojita), por ideas (el caso de los perseguidos políticos o los que creen en un símbolo enemigo –un himno, una bandera), por alguna actividad (es el caso de Keum-nyun, mujer que, como muchas, son señaladas por su oficio, o el caso de Monsil, cuando se ve en la necesidad de pedir comida), heredados (cuando los hijos heredan la religión, el color, las culpas, los errores de sus padres o de sus antepasados). En fin, un largo etcétera puede hacer tantas modalidades de estigmas como seres humanos.
El autor de Monsil, Kwon Jeong-Saeng, en buena medida usa los estigmas como impulso de la narración. Los usa porque los conoce. Los ha padecido. De hecho, después de leer Monsil, los pocos datos concretos que sabemos de su autor, toman una significación impresionante. Igual que Monsil, el vivió los estigmas. Materialmente pobre, Kwon Jeong-Saeng no accedió a una educación elaborada (hecho que, hay que decirlo, dado el contexto que le tocó vivir, ayudó a garantizar una vida difícil). Cargó el estigma de la pobreza. Pero también enfermó, y su padecimiento fue uno de los más estigmatizados en la historia de la humanidad: tuberculosis. ¿Cómo habrá sentido Kwon Jeong-Saeng las miradas de un mundo que no solía, y no suele, ser muy receptiva con los enfermos? ¿Se le habrá visto como hoy vemos a los que tienen cáncer o sida? ¿Se le habrá estigmatizado, tal como hoy lo hacemos con nuestros enfermos?
Cuantas emociones compartieron Kwon Jeong-Saeng y su creación, Monsil. Ella también era pobre. Ella también padeció, no uno, sino varios estigmas. Cargo con la culpa de ser hija de una mujer que abandonó a su marido (de una puta para muchos). De manera análoga, sufrió el estigma de ser hija de un hombre pobre y alcohólico. Vivió burlas o comentarios suspicaces por estar coja. En el ámbito político, estuvo a punto de morir por el estigma que supone que su padre peleara en un determinado bando.
El padre, a diferencia de Monsil, sucumbió al estigma. Él sí murió a causa no de la enfermedad en sí, sino de la indiferencia que recae sobre los que no tienen influencias o dinero para acceder a un hospital de beneficencia sin hacer esa fila enorme que, más que para recibir atención, es para dar la bienvenida a la única entidad o fuerza a la que no le importan los estigmas: la muerte. Sólo ésta le quito la pesada carga que supone ser pobre.
La pobreza material es una de los lastres más irracionales de nuestro mundo. En México, uno de cada tres niños tiene anemia y/o bajo peso. El sur es especialmente vulnerable ante esta realidad. Y el sur, étnicamente hablando tiene una mayor presencia indígena. Luego entonces, en México, hay quienes cargan más de un estigma simultáneamente: indígena es sinónimo de pobreza. Si se es mujer, peor. Si se es niña, ni qué decir. Y si se es discapacitada, nada. Monsil, en ese sentido, es también mexicana. Tan mexicana como guatemalteca, somalí o nepalí. Y es que la pobreza no es una condición nacional, aunque sin duda hay países en los que resulta crónica. O tal vez debiéramos decir que la pobreza es un síntoma de otra enfermedad humana: el impulso de dominio, el afán de riqueza, la ambición de poder.
Nuestra sociedad, la actual, no se conforma con valorar la riqueza material. A parte, juzga a los que llevan la peor parte de la relación. Los pobres son pobres porque así lo han querido. Su estigma es ese: no adaptarse al mercado o a una propuesta política o económica. Pero al mismo tiempo, a parte de hacerles cargar con el pecado de la pobreza, se requiere que estos, los pobres, acepten su condición. Después de todo, si quiero dominar, necesito que alguien acepte ser dominado, sólo así legitimaré el ejercicio de mi poder.
Veamos el caso del señor Kim. Este hombre, con un nivel de bienestar notable, acepta en su casa a la señora Milyang, madre de Monsil. Conforme transcurre el tiempo, Kim empieza a ejercer una especie de dictadura que requiere la aceptación de la parte en situación de desventaja. Él sabe que, en buena medida, es el nivel de vida que puede ofrecer el motivo que impulsa a la señora Milyang a permanecer con él. Para ello requiere legitimar ese dominio. Se vale de algunas argucias. Primero, le hace notar que la ha aceptado con una hija. Segundo, le hace notar que sin él, ella no es nada. Finalmente, ejerce violencia.
La cuestión es que si bien la señora Milyang, a los ojos del señor Kim, es desechable, no deja de resultarle útil. Él también la necesita. Ella no sólo le da hijos, también le aporta una persona –Monsil- que fungirá como auténtica esclava. Cuando las lanza a la calle, dañando la pierna de Monsil, el señor Kim ejerció su poder y legitimó su dominio sobre ellas. La trama nos muestra que Monsil pudo librarse. Su madre no.
El afán de dominio, como actitud, lleva el sueño de grandeza, mismo que suele ejercerse sobre los que consideramos débiles. Y las armas, son los estigmas mismos. El señor Kim, fuerte físicamente y rico materialmente, quiso ser más grande que las sometidas. Lo logró. Pero esa grandeza no es por el mérito de la violencia en sí. El señor Kim, sin Monsil y su madre, esto es, sin las humilladas, no era nada. En efecto, es la grandeza humana de Monsil la que otorga sentido a la pobreza interna de su padrastro. La mediocridad suele disfrazarse de riqueza y de violencia. El dominio es sólo el camuflaje de un Kim diminuto.
Así, las personas y los grupos estigmatizados son aquellos a los que atribuimos adjetivos o calidades negativas a partir de cierto rasgo o característica. Cada sociedad, cada época ha tenido sus propios excluidos. La valoración negativa hacia estas personas suele fundarse en rasgos de diversa naturaleza, que no obstante, pueden operar de manera conjunta, esto es, ciertas personas pueden incluso encarnar más de un rasgo que fomente su estigma social. Los ejemplos van, desde la propia protagonista, hasta las Monsiles del sureste mexicano o de cualquier parte del mundo.
Y es que el tema de los estigmatizados es un tema que desborda los períodos históricos y las fronteras políticas. En México, por mencionar un caso, el estigma se transparenta con el fenómeno de la discriminación, y a ésta, no escapa prácticamente nadie: los adultos mayores, las mujeres, los niños, las minorías religiosas, los discapacitados, los indígenas, los enfermos de sida, los homosexuales, las prostitutas, los extranjeros, los pobres, los ex presidiarios, las familias de delincuentes, los demandantes de servicios públicos de salud. Todos. Todos somos potenciales víctimas de algún Kim, porque nadie está libre de marcas que, en opinión de algunos, justifique el ejercicio del dominio.
Los dilemas morales que despierta una cuestión como la que hemos venido discutiendo son abismales. La cuestión puede complicarse si consideramos que, si bien todos podemos ser Monsil, también, existe la posibilidad de que lleguemos ser Kim. En efecto, todos podemos ser o participar del reinado de esos mitos que el hombre construye en sociedad: el afán de riqueza, el deseo de poder. Todos podemos hacer del dominio del otro una necesidad. Todos podemos reducir al semejante a la calidad de objeto.
Pero el deseo de dominio, ya a nivel personal, ya a nivel de ejércitos, o bien, presente en la realidad o en el tejido de la novela, necesita del opuesto. Kwon Jeong-Saeng conocía los claros y los obscuros. La trama de Monsil recoge la barbarie, pero también al opuesto que le da sentido: el reconocimiento del otro.
Del reconocimiento del otro o de la universalidad humana
Reconocer en el otro los rasgos que nos asemejan es descubrir la conciencia de nuestra humanidad común. Sólo mirando los ojos de otro nos damos cuenta que compartimos las mismas emociones, deseos, pensamientos y miedos. Variarán las formas, pero un componente común hace posible que comprendamos códigos de acercamiento. Así, tenemos que el significado profundo de una sonrisa o el del llanto es comprendido de manera similar en distintas culturas.
Sin embargo, el reconocimiento es una situación excepcional. Es raro que se encuentre. Se ha dicho que, por ejemplo, el caso de los enamorados es una de estos extraños casos. Los enamorados, nos dice Octavio Paz, al mirarse a los ojos se reconocen, comparten la vida. Esa mirada sostenida es, pues, poco común.
Pero si el reconocimiento del otro no es lo que predomina ¿Qué relación es la constante o la regla en las relaciones humanas? Insinuamos una respuesta: lo que predomina es lo que en la historia del pensamiento ha recibido diversas denominaciones: objetivación del sujeto, reducción del fin en sí mismo a medio, instrumentalización de la persona, enajenación, etc.
Monsil esta llena de referencias a relaciones de éste tipo. El contexto mismo, el de la guerra entre miembros de un mismo pueblo es una muestra de ello. Y es que, la guerra supone que veas en el enemigo, no las semejanzas, sino las radicales diferencias que justifican la violencia. El señor Chung, por ejemplo, difícilmente sería reconocido como un igual por parte de los miembros del Ejército Popular. En la guerra la tendencia es deshumanizar los rostros para justificar su muerte. El enfrentamiento armado requiere que los milicianos sean aptos para desechar el dolor del otro, el sufrimiento del enemigo. Esto es así porque para que un soldado sea eficaz debe subordinar su capacidad de reconocimiento del otro a una ideología o un pretendido espíritu colectivo que le exige eliminar al enemigo. Si Chung, o cualquier soldado hubiera otorgado el reconocimiento de humanidad al oponente, llegaría a un estado emocional para el cual no fue preparado: al matar o herir a su contrario se aniquilaría a sí mismo, cada lesión infringida en el otro, sería una herida en el propio cuerpo. Al matar al otro, al sentir su dolor y su sufrimiento moriría una parte de sí.
La contienda militar necesita la ceguera ante el dolor tanto como las armas. Necesita que florezca la sordera ante el llanto, requiere que nazca la extraña capacidad de ver en los otros no seres humanos, sino “lobos” y “serpientes venenosas”. La encarnación de la eficacia castrense la encontramos en el capitán que se mostró implacable ante los ruegos del anciano de la casa del cerezal para que no matara a un grupo indeterminado de personas. Una ideología había deformado su capacidad de sentir. Era el reino de la brutalidad.
Entre las víctimas indirectas del enfrentamiento armado se encuentra, siempre, la población civil. Los hombres, mujeres y niños cuya vida se ve alterada súbitamente por la confrontación. El mundo está salpicado de puntos de conflicto, cada uno con su respectiva estela de refugiados, desplazados y, por supuesto, los que permanecen, los que no parten, los que por decisión o porque no tuvieron alternativa, se quedan en el lugar de conflicto. Todos ellos pierden toda o parte de su humanidad en la medida en que experimentan cambios súbitos en su vida cotidiana.
El caso de los refugiados o desplazados está marcado por el abandono muchas veces repentino de los proyectos de vida, de los sueños, de lo amado. La necesidad de conservación de la vida, los lleva a abandonar, generalmente de manera súbita su tierra, con la esperanza de regresar coexistiendo con el miedo a que al regreso sus raíces hayan sido arrancadas.
En México, el caso más cercano es el los miles de centroamericanos que huyeron de la violencia en sus países. Miles de guatemaltecos, por ejemplo, llegaron en los años ochentas a territorio mexicano buscando preservar lo único que les quedaba: la vida, por supuesto, la vida desnuda. Ahora siguen huyendo, igual que muchos mexicanos, pero no de la guerra convencional. Tampoco son, por tanto, refugiados comunes, porque hoy en día buscan escapar no de una guerra, sino de la pobreza extrema que tiene a millones de ellos, subsistiendo con menos de dos dólares al día.
El camino que recorren hacia el norte está plagado de sed y de extorsión. El paisaje desértico también simboliza la aridez y la sequía de trato humanitario. Tampoco ellos son reconocidos como humanos. Son instrumento de ganancia vulgar tanto de los polleros, como de las autoridades corruptas.
El círculo es redondo. Los migrantes ilegales son perseguidos y criminalizados no sólo en el país de destino, también en el país de paso. El reconocimiento que de ellos se hace, es un reconocimiento deforme. No se les ve como sujetos, sino como objetos de ganancia, primero del traficante y sus cómplices, ya particulares, ya autoridades. Después, objeto de ganancia de muchos contratistas que, salvo excepciones, contratan ilegales para pagarles míseramente y evitar obligaciones laborales.
El colmo llega cuando las autoridades del país expulsor, el nuestro concretamente, claman con orgullo los importantes montos de las remesas percibidas. Expresan un absurdo, primero se les expulsa, y luego los toman como bandera política. Los migrantes son, repito, instrumentalizados incluso en su ausencia.
Pero la cuestión del no reconocimiento del otro, también se proyecta a nivel individual. No sólo las guerras o las migraciones, fenómenos más visibles por su magnitud, muestran la negación de calidad de sujeto al otro. A nivel interpersonal es también una constante. Monsil fue instrumentalizada cuando todo su ser fue reducido a elemento útil. Valía en tanto servía para lavar pañales o hacer la comida. Su madre, la señora Milyang, valía en tanto era capaz de dar hijos al padrastro. Éste a su vez, era un medio que garantizaba a la madre de Monsil dejar la pobreza. Cada soldado, ya del Ejército Popular, ya del Ejército Nacional, era el instrumento de un espíritu ideológico más fuerte. La señora Keum-nyun era un objeto para los hombres que requerían de sus servicios.
En todos y cada uno de estos casos los encuentros no son entre personas. Son entre instrumentos, entre medios, entre satisfactores. No parten del reconocimiento humano. El todos ellos se despersonaliza la mirada del otro. Se le reduce a un fin específico. Se trata de un vínculo opaco, sin sentido humano, o mejor dicho, con ese rostro humano que se alimenta de egoísmo.
En el otro extremo, tenemos los casos en los que dicho reconocimiento se hace presente. El lado donde la ley del fuerte no coacciona para subordinar. El lado que se funda en el descubrimiento de la propia mirada en la mirada del otro. El vínculo que requiere del reconocimiento recíproco, que siembra en cada uno la cualidad de encontrar al semejante, y no, como sucede en la relación de dominio o de fuerza, al enemigo, al sirviente, a la matriz o al objeto sexual.
La solidaridad, el altruismo, la compasión son expresiones del reconocimiento entre semejantes, y es que sólo entre ellos se puede presentar. Por supuesto que estas acciones también pueden ser instrumentalizadas. Es el caso, tan común hoy en día, donde se busca evidenciar ante la sociedad los actos benéficos, la bondad o el asistencialismo propio con el objeto subterráneo de obtener una ventaja, ya política, ya económica. Por ejemplo, cuando se pregona el compromiso de determinada empresa para con una causa legítima, resultando que, en realidad, su móvil es legitimar su producto o su servicio en el público, o bien, evitar de la forma más vulgar –aludiendo la asistencia a un sector vulnerable de la sociedad- el pago de impuestos. O cuando estamos ante una figura política prominente que, estimula los discursos propios y los de sus subordinados, para que lo vanaglorien, destaquen su virtuosismo o su compromiso social, pero que, disfrazan en su acción, para con las personas beneficiadas, no un deber moral, sino la oportunidad de sacar ventaja política.
Estamos, en estos supuestos, en la desvirtuación del reconocimiento. En realidad, presenciamos una modalidad del proceso de objetivación ya señalado. Es otra manera de hacer superfluos a los seres humanos, vaciarlos de contenido vital, para llenarlos de valor de cambio.
En oposición, decíamos, está el llamado reconocimiento recíproco. Monsil tiene varias referencias concretas al mismo. Fungen, en la narración, como los pequeños oasis que permiten abrevar esperanza y fe.
Refiramos el amor fraterno de Monsil para sus hermanos, y concretamente, el vínculo con su media hermana Nan-nam. En esta relación, el hambre y el frío de la recién nacida parecen tener sólo un pequeño y cálido atenuante: el cuerpo de Monsil. Después de la muerte de la madre biológica, la espalda de Monsil fue el contacto con la vida. Era hogar y tibieza. El altruismo era auténticamente desinteresado, pues ¿qué podía ofrecer la recién nacida sino una carga adicional en una realidad ya de por sí muy densa y turbia? Y sin embargo, Monsil no sólo no la abandono, sino que le procuró, en la medida de sus posibilidades, el alimento y la seguridad.
Es cierto que la solidaridad juega un papel axial en la novela. Es la abuela Chang-gol quien porta dicha actitud en el tejido narrativo. Ella es uno de los pequeños y deseados oasis presente en los momentos adecuados. Mastica el arroz que sería el primer alimento de Nan-nam, es apoyo moral de Monsil en la ausencia del padre, es quien la busca para informarle el retorno del mismo, y finalmente, es la que junta el dinero para que Monsil y su padre viajen en busca de la cura del maltrecho hombre. ¿Cuántas Chang-gol hay en el mundo? ¿Quién hizo germinar este hermoso personaje en la mente Kwon Jeong-saeng? Esta anciana es una dulce mezcla de solidaridad con canas. De compasión y ojos cansados.
Y qué decir de la familia del señor Choi, quienes durante una buena temporada brindaron a Monsil y a su pequeña hermana no sólo la seguridad material del alimento y del techo, sino el grato cobijo emocional de un hogar.
Pero tal vez, los momentos cumbres del reconocimiento mutuo son dos. Primero, cuando el soldado comunista salva a Monsil. Segundo, cuando Monsil no puede salvar al niño negro. Ambos instantes con desenlaces contrastantes. Ambos momentos con un dramatismo luminoso.
El personaje del soldado es un emblema. Simboliza el quiebre radical de la racionalidad bélica. Representa, además, la paradójica compañía amorosa que puede brindar alguien de quien se dice es el cruel enemigo. No es casual que Monsil se sienta extrañamente sola una vez que el soldado se ha ido. El valor de dicho soldado no radica en quemar la bandera que erróneamente Monsil había colocado, sino en quemar la posibilidad de que por una cuestión ideológica sacrificaran una vida. Pero tal vez, lo más hermoso son las palabras no dichas por el soldado, al menos en la versión que comentamos. A decir del propio autor, varias páginas de la novela fueron suprimidas. Entre ellas encuentros epistolares entre la protagonista y su salvador. “Monsil, los del sur y los del norte no somos enemigos. En este momento todos actuamos de manera insensata”, tales fueron, algunas de las palabras tristemente extirpadas. Y es que el peso que dicha frase tendría en la novela hubiera resultado explosivo. Un discurso de paz y de encuentro hubiera pesado enormemente, más que cualquier descripción épica, sin duda. Kwon Jeong-saeng lo sabía, tanto que esta ausencia es una de las que le permiten afirmar que Monsil es una historia inconclusa.
El otro momento eje del reconocimiento es un claroscuro. Ofrece un paisaje árido y fértil. Su aspecto es dual. Es la presencia del bebé negro que, presumiblemente hijo de una princesa extranjera, era por esa causa, susceptible de muerte y vituperio. Monsil intenta rescatarlo de los escupitajos y las patadas. Ella reconoce en el niño al ser humano que los adultos niegan. Ella supera el supuesto origen ignominioso del niño para rescatar lo valioso que el niño tiene: la vida, y con ella, la promesa de una identidad. A Monsil no le importa las circunstancias accidentales, sabe que el valor de las personas no puede depender de lo contingente.
Pero el niño muere. La tentativa de salvarlo se malogra. Así, mientras el llanto del bebé se apagaba, una parte de Monsil se extinguía. Ese día, la fuerza de Monsil parecía diluirse para siempre. Jamás sería la misma. La derrota del niño fue la derrota de Monsil. Y es que, después de todo, con la muerte del bebé negro, el mundo salía perdiendo. Con su ausencia todos nos empobrecimos.
Y sin embargo, cada derrota lleva ya otro germen, porque a raíz de ella se puede resignificar la vida. La vida se afronta de manera distinta después de presenciar la muerte de un semejante. Si los estigmas y las circunstancias nos diferencian, la muerte nos iguala. Es ella la que nos empuja a reconocer que al final, entre lo común, tenemos la conciencia de que la vida vale justamente por su temporalidad. Monsil lo supo. La conciencia de la vida-muerte implícita en el llanto que se extingue la hizo más humana. Cierto que no más feliz, pero sí la dotó de nuevas fuerzas que le permitirían afrontar los desafíos futuros.
La vida y la muerte, el tiempo, el futuro. Entramos ahora a la dimensión de la memoria, otro de las columnas de Monsil.
De la memoria y el olvido
El pasado pesa. Determina, si no todo, si una buena parte de nuestro presente. Nuestra manera de sentir ha tomado forma en el lento, o rápido, según se perciba, transcurrir del tiempo. Muchos odios derivan no del presente, sino del pasado. Muchos miedos miran al tiempo ido. ¿Cuántos conflictos ancestrales tatúan la geografía humana contemporánea? Los hijos de hoy, suelen arropar los odios de sus padres. También acogen las misiones incumplidas,
Una novela sin la memoria de los personajes, no es novela. Tampoco la vida real sería tal sin ella. La necesitamos y la padecemos. La memoria tensa dos extremos: ¿Qué sería de nosotros si todo lo recordáramos? ¿Qué si todo lo olvidáramos? El olvido y el recuerdo absoluto, teóricamente concebibles, son sólo referencias ideales en el mundo fáctico. Nadie está inmerso en el olvido absoluto, como tampoco lo está en la remembranza total. Pero es justamente toda la gama de grises entre estos dos polos la que imprime nuestra madurez, ya como personas, ya como sociedades.
La cuestión de la memoria ha tomado especial fuerza en los últimos tiempos en todo el mundo. En México, por ejemplo, está presente cuando referimos los sucesos de 1968 y la guerra sucia de los setentas. Ese pasado pesa porque, nos dicen los que conocen el proceso de democratización del país, representa lo oneroso en vidas humanas que puede resultar una conquista (se refieren a los derechos civiles y políticos que hoy gozamos de manera relativa).
Ante esto hay dos clases de memoria que ya Tzvetan Todorov había conceptualizado meridionalmente: la memoria singular y la memoria ejemplar. La primera, es aquella que no trasciende su unicidad, esto es, está atrapara en las barreras del recuerdo concreto. La segunda, es liberadora del pasado, es decir, mediante la abstracción –superar la singularidad del hecho- logramos proyectar la memoria hacia el futuro, tiempo en el que evitaremos que se repitan los dramas pretéritos.
Así, algunos de los que recuerdan ese período en la historia de México, serían los que se limitan a gritar sobre el asfalto cada año: “dos de octubre no se olvida”, sin interiorizar los complejos procesos que operaban en la época, siendo esclavos de unas palabras tan repetidas, como sin sentido. Los otros, serían los que, tomando ese pasado ejemplarmente, trascenderían el suceso concreto para iluminar el presente o el futuro. Estos últimos, son los que al afirmar “dos de octubre no se olvida”, buscan que se institucionalicen las conquistas logradas por esa generación para todos. Pero también son los que recuerdan que está pendiente la impartición de la justicia.
El caso citado, aunque emblemático, guarda similitud con todos los dramas susceptibles de ser recordados y que pueden marcar una sociedad. Un desastre natural, por ejemplo. La memoria del sismo de 1985, en la Ciudad de México, debía y tuvo que ser ejemplar. Había que colocar en su lugar la consternación y el dolor por los ausentes, para poder poner manos a la obra con vistas al futuro, uno donde la prevención y una nueva normatividad de construcción fueran reglas eficaces.
En el orbe, la memoria juega papel central, aunque no siempre se le reconozca, en los casos extremos que supone la guerra. Está el caso de despliegue de responsabilidades en las guerras con alto costo humanitario: Ruanda, la ex Yugoslavia, Timor Oriental, Sudán. Si revisamos el siglo XX, la lista es amplia: Ucrania, los judíos europeos durante la Segunda guerra mundial, Hiroshima, Vietnam, Sudáfrica, Centroamérica, las dictaduras en América del sur y, por supuesto, Corea. Y la historia de los grupos marcados por la adversidad: los gitanos, los kurdos, los palestinos. Muchos exigen que no olvidemos estos nombres que nos remiten a la historia reciente, a países y grupos nacionales, y que disfrazan miles de historias propias y memorias particulares.
Tal vez ese sea otro valor que nos ofrece Kwon Jeong-saeng. Sin pretender hacer una novela histórica, Monsil no deja de ser un auténtico testimonio de los años convulsos de la guerra entre el norte y el sur de Corea. Pero el panorama que ofrece no es el de la confrontación entre dos grandes ideología, ni nos presenta la geografía de los combates, tampoco biografías de los grandes personajes. En realidad, la guerra, aunque omnipresente, es el fondo para otros protagonistas: las personas de arado y sudor, los hombres con hijos, las madres moribundas, los abandonados, los hermanos que se extrañan, los que se quedaron sin atención médica, las princesas extranjeras. Los protagonistas son los que los libros de historia generalmente olvidan, son para los que la memoria no alcanza, los que, como hojas secas, se tornan polvo antes de que algún registro impreso haga constar su existencia. Son los olvidados. Los que Kwon Jeong-saeng busca insertar en la memoria de los potenciales lectores. Y así es, Monsil es un libro del recuerdo.
La memoria opresiva
El pueblo de Salgang, con su polvo y pobreza permanece en la memoria de Monsil. Estando en Detgol, con su madre, nunca olvida el lugar donde había jugado cuando más pequeña. Siempre, en toda la narración, será este lugar uno de sus puntos de apoyo emocional. La espera del padre ausente se da ahí. Salgang es el lugar árido donde lo único que nace es la esperanza alimentada por una primitiva infancia. ¿Cuántos Salgang hay en el mundo? ¿Cuántos lugares esperan el regreso de los que han partido? ¿Cuántos sueñan con regresar? ¿Cuántas veces aparecieron imágenes de Salgang en la mente del señor Chung mientras estuvo en el campo de batalla?
Las despedidas son duras para los que se van, también lo son para los que esperarán. Éstos se quedan con los recuerdos vivos, permanecen en el lugar de las raíces. Aquellos, por su parte, recordarán siempre un paraíso perdido, el jardín que nunca será igual a cada nuevo regreso.
Las partidas, los regresos, las permanencias son medidas del tiempo. Los caminos del pueblo cambian, las casas desaparecen, la yerba crece, los árboles mueren, los rostros son otros, aunque sean las mismas personas. Imposible aferrarse a un recuerdo que ya sólo existe en una memoria cada vez más confusa. Pero no deja de ser el bastón que sujeta a las personas. Monsil, hacia el final de la historia manifiesta su deseo de regresar. La hermana Nan-nam no es de la misma idea. Es natural, ésta no conserva sino pocos recuerdos de hambre y sed. La hermana menor arraigará, no en Salgang, sino en la ciudad. Salgang es sólo un recuerdo que por opresivo busca olvidar.
Así como hay quien recuerda, hay quien olvida. A veces, éste es una manera de liberación. Para seguir adelante, se debe abandonar ese pasado que se piensa doloroso, hay que mirar otros horizontes. Monsil, como muchos, tuvo que aprender que no a todos les agrada conservar la memoria, y que esto no necesariamente es malo. Cada historia plantea dilemas y decisiones diferentes.
¿Abría causa suficiente para juzgar a los que han partido en busca de horizontes que el lugar de origen no ha podido ofrecer? No. Hemos de aceptar, en todo caso, que su mirada se dirige hacia un futuro y un lugar que suponen mejor, y eso es un ejercicio legítimo de la memoria (una memoria que, paradógicamente, dirige su vista al futuro). Para ellos (que alguna vez fueron parte de un nosotros) es una manera de librarse de un pasado de privaciones. No a todos les gusta regresar a su propio Salgang.
La memoria opresiva la presenciamos también en el sentimiento del rencor. El padre biológico de Monsil, el señor Chung, nunca olvidó el abandono de su primera mujer. El odio y el deseo de venganza se incrementaron cuando se percato de la lesión que no permitiría a Monsil caminar con normalidad. Su memoria se ancló en eventos pasados, dolorosos e imposibles de cambiar. Así, el deseo de venganza no es más que la tiranía de la memoria, misma soberana que no permite que terminen las guerras.
Estamos ante la conquista del presente por la espada del pasado. Es la esfera donde los incisivos recuerdos son los que nos dictan a cada momento no olvidar los agravios del pasado, vengarlos, restituir nuestro honor. Es, además, hacer recaer en los hijos, la responsabilidad de los padres, heredar los odios a las generaciones sucesivas. Es pues, un círculo que eterniza la barbarie y que requiere el genocidio continuo.
Es en éste marco que Monsil aprendió dos de los actos más sublimes, escasos y grandiosos. La experiencia vital la llevó a la convicción de que se puede y se debe romper ese eterno espiral de violencia. Hay que redimensionar la memoria. Reposicionar el presente. La novela sugiere dos caminos: afrontar la vida y aceptar al otro.
De la liberación
Para aprender hace falta voluntad, no siempre bastan buenas instalaciones. El profesor Choi lo entendió así. Sólo necesitó algunos sacos de paja, leña para calentar el almacén, y por supuesto, quien quisiera abandonar el país del analfabetismo.
Pero lo que él ofrece no es, y tampoco es lo que le demandan, un bien objeto de transacción comercial, o un estatus que satisfaga la pretensión de ser más que otros, ambos supuestos tan comunes hoy en día. Al contrario, el profesor Choi revaloriza la enseñanza como una vocación de vida, y el aprendizaje como un camino que nunca acaba, y en donde el valor no lo otorga un título, sino el conocimiento de los que han pasado por la experiencia de la vida primero.
La metáfora de la búsqueda del destino nos habla de una manera de comprender el mundo. Tal vez, Kwon Jeong-saeng, habla a través del profesor Choi. Ambos coinciden que el corazón del aprendizaje late en la vida cotidiana, en el camino que demanda de nosotros estar bien alimentados, un buen par de zapatos y no ser soberbios.
Al mismo tiempo, el profesor Choi sabe que, aun cuando es importante valorar la experiencia de los mayores, hay que conservar la autonomía propia para elegir la propia vereda. Evidencia un mínimo de libertad indispensable. No es gratuito que nos diga “debemos averiguar por qué peleamos los del norte y los del sur, si es por nuestros propios ideales o somos títeres…”. Sólo conociendo los motivos nuestros, no los de otro, los nuestros, podremos conservar la soberanía personal, y por supuesto, social. Sólo así, responderemos a nuestra propia vida, conociéndonos a nosotros mismos.
Pero surgen las inevitables preguntas: ¿Cómo conocernos? ¿Cómo descubrir la propia perspectiva de vida? ¿Cómo distinguirla de la falsedad? ¿Cómo liberarnos? Las respuestas no han llegado al mediodía. No son tan explícitas como una receta de cocina digna. Y es que nos movemos en jurisdicciones personales.
La educación, decíamos, no funge como la pastilla de la felicidad. El conocimiento, incluso el de uno mismo, puede implicar más una actitud de reserva que una entrega al sueño idealista. Sin embargo, el conocer la vida es una forma de amarla, de adentrarnos en el coto más íntimo de la conciencia, para liberarla del peso de las ideologías, para romper las cadenas del pasado, para aprender a abrir los ojos y los oídos y con ello, alcanzar, si no la felicidad, si al menos construir la confianza para recorrer el camino, para no perder de vista el horizonte que, aunque nunca lo alcancemos, si, en cambio, nos podrá iluminar.
Aceptar al otro, refiere también la aceptación de uno mismo. Es una forma de reconciliarte con el pasado y las condiciones que deriven de él. Monsil acepta su condición de coja. Si hubiera permitido que esta situación gobernara su vida, no habría constituido el personaje ideal para protagonizar la novela. Monsil acepta que se mueve en un contexto de guerra, y que hay que decidir de acuerdo a circunstancias que ella no ha elegido. Por ello, no le importa mendigar comida. No es deshonesto, aunque para la niña de las rosas sea inaceptable aceptar limosnas; Monsil sabe que el honor, construcción ideal poderosa, tiene salvedades, y que sería más deshonesto no hacer lo que está al alcance para alimentar a la hermana menor y al padre enfermo. Misma salvedad para las prostitutas. Sobrevivir es legítimo, y ante ello, los señalados no están para llevar un discurso social en la espalda. Hay que colocar los convencionalismos (construcciones de la memoria social) en un lugar donde no entorpezcan la visibilidad tan necesaria en casos extremos.
Si se trata de aceptar al otro distinto a sí mismo Monsil es una lámpara. Monsil, a su corta edad, aunque no comprende cabalmente motivos y decisiones, no juzga perentoriamente a su madre. Su padre, en cambio, la culpa de su desgracia y respira ese resentimiento hasta la muerte. Aquélla, su madre, también carga un mal recuerdo hacia el señor Chung que le pesa hasta el fin. Monsil, en cambio, esta reconciliada con ambos, aunque padezca en su persona las consecuencias de sus actos.
Monsil entiende que hay que guardar cautela hacia los motivos del otro. Sabe que estos pueden desbordar violentamente las acciones, despertar la irracionalidad, enterrar los sueños. Sabe que en la medida que comprendamos al otro será más factible entender algo de su verdad, y con ello, simultáneamente, descubrir la propia. Y al explorar nuestros motivos y nuestra verdad, valorar nuestras propias falacias, incluso, las mentiras que nos hacemos a nosotros mismos. La vida humana requiere necesariamente de los otros.
Es por lo anterior que la guerra es inaceptable, pues su objetivo no es aceptar al otro, sino eliminarlo, y a los sobrevivientes, convertirlos al modo del vencedor. Guerra es someter la libertad. La guerra la hacen los inocentes que creen que sus sueños son los sueños de los demás, sin percatarse, que pueden constituir una auténtica pesadilla.
Monsil es la antítesis de la guerra. Ella se opone, sin saberlo, al remolino de la barbarie y lo primitivo que late en cada uno de nosotros. Nos presenta un ideal, que por ideal no es menos valioso, el de recuperar la capacidad de dialogar con las lágrimas propias y ajenas. Una virtud que debieran compartir todas las culturas.
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